"Gracias a 3 capullos de BCN que molestan a los marcianos, igual nos destruyen"

El Sónar remata su 25 aniversario con el Premio Time Out 2018. Entrevista a Enric Palau, Sergi Caballero y Ricard Robles, Santísima Trinidad del festival
Sónar
© Iván Moreno Enric Palau, Sergi Caballero, Ricard Robles
Por Marta Salicrú |
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Hace ya diez años que los Premios Time Out distinguen a los protagonistas de la cultura de Barcelona. Nosotros elegimos los finalistas y vosotros, con vuestros votos, elegís los ganadores. Y desde hace diez años también entregamos el Premio Time Out Barcelona, que no está sometido a votación popular y con el que reconocemos la trayectoria de los proyectos que ayudan a tramar el tejido cultural y humano de la ciudad.

Este año, el Premio Time Out es para el Sónar, y por eso hablamos con Enric Palau, Sergi Caballero y Ricard Robles, la Santísima Trinidad del festival. Tres señores que durante 25 años han hecho de Barcelona una ciudad más estimulante, divertida y audaz (de día y de noche). Así, el Sónar remata el año de su 25 aniversario con una nueva distinción que se añade a dos premios Ciutat de Barcelona (Música, 2002; Proyección Internacional, 2009), un Premio Nacional de Cultura (2014), un Ondas ( 2017), un Laus (2018) y, entre muchos otros, el de la discoteca Scorpia, el trofeo que hace más ilusión a Caballero.

¿Hace 25 años el Sónar era una marcianada?
Ricard Robles: El fenómeno de las 'raves' había puesto al alcance del público generalista una música que venía del underground. En el otro extremo había eventos de música culta electroacústica para públicos especializados. Eran dos comunidades que no se encontraban. Teníamos pistas que era una buena idea que este discurso artístico innovador fuera acompañado de un posicionamiento social o casi político de transformar los usos habituales de un equipamiento museístico.

¿El Sónar ha sufrido prejuicios contra el hedonismo?
Enric Palau: Las nuevas generaciones ya no los tienen, y quien los tiene se queda fuera de juego. Los participantes agradecían la mezcla. A Atau Tanaka, que venía del mundo académico, acostumbrado a participar en simposios, ver que en el Sónar 95 su propuesta experimental convivía con electrónica de baile de celebración le parecía muy rompedor.

¿Las artes digitales estuvieron desde el principio?
R.R .: En el primer año ya había instalaciones. El festival exploraba las posibilidades de la tecnología para desarrollar discursos artísticos y lo queríamos ampliar a disciplinas más allá del mundo de la música.

¿Físicamente donde nace, el Sónar?
Sergi Caballero: Teníamos un estudio en el Poble Espanyol, el estudio de Jumo, el grupo de música de Enric y mío, Jumolandia. El primer año, en 1994, habíamos hecho el Sónar en el Apolo, pero el 95 y el 96 lo hicimos en la carpa del Poble Espanyol, que tenía alquilada un restaurante erótico. Para comer vendían panecillos con forma de pene.

¿La imagen del Sónar ha dado una visibilidad en el festival más allá de su público?
S.C .: En vez de seguir la tendencia de todos los 'flyers' de la electrónica de la época, la estética de diseño sintético de ordenador, decidimos hacer algo totalmente ajeno y buscar su manera de comunicar. Hemos conseguido que haya gente del circuito del diseño y las artes que siga la comunicación del festival. Hemos hecho películas, como 'Finisterrae' (2011) y 'La distancia' (2014), que han ido a festivales y que han ganado, como Rotterdam. Este año haremos otro, corto o mediometraje. Es la manera de disfrutar con lo que hacemos. Es divertido: si miras los carteles de los festivales del año pasado, todos están copiando Coachella, con palmeritas, con la misma tipografía y los mismos dibujitos. Si los artistas también coinciden, porque tengo que ir a este festival y no a otro? Es aburrido.

En 1997 la imagen del festival fueron vuestros padres: cada uno era un escenario.
S.C .: Mi madre era SonarClub, y el padre de Enrique, SonarVillage. Firmaron autógrafos.
R.R .: Venían de visita de familia, a ver qué hacían sus hijos. Pero la gente los reconocía y los paraba. Venían cada año, hasta que vieron que estábamos bien, y ya está.

Habéis celebrado los 25 años enviando música al espacio.
E.P .: No queríamos una celebración retrógrada ni de añoranza, era un proyecto de presente y de futuro, que mira a los próximos 25 años, y que entroncaba con discursos científicos, tecnológicos y de experimentación propios del festival. Hacíamos partícipes artistas y público, invitados a crear las piezas que enviábamos al exoplaneta a 12 y medio años luz. Dejábamos un legado.
S.C .: Gracias a que tres capullos de Barcelona deciden molestar a los marcianos, quizás nos envían un rayo láser. Yo les he dicho a mis hijas que si destruyen el mundo, será culpa de su padre.
R.R .: O quizás nos lo arreglan todo. Si no somos capaces entre nosotros que esto funcione mejor, quizá una inteligencia exterior nos viene a hechar una mano.

¿Cómo os veis, dentro de 25 años, cuando nos podrá llegar la respuesta alienígena?
E.P .: La vida del festival no es gracias a nosotros. Hay un equipo de gente con suficientes años aquí como para estar implicados en decisiones y direcciones que se toman, y al mismo tiempo el equipo se retroalimenta con gente mucho más joven, imprescindible para inyectar nuevas maneras. Nosotros no somos imprescindibles. El festival perdurará o no en función de sí mismo.
S.C .: ¿Ganas de cerrar el SonarClub con 76 años a las 6 de la mañana? Quizá no. Quizá me despierto a esa hora y vengo al 'after'.
R.R .: Vinculados de alguna manera en el festival, seguro que sí.

Como afrontáis las fechas de la próxima edición, un mes después de lo habitual: ¿con bermudas?
E.P .: La temperatura puede ser muy similar a la de junio, porque el Sónar siempre coincide con la primera gran ola de calor del verano. La noticia se ha aceptado bien: es un cambio sólo por un año. Como ventajas, podemos tener un público universitario que ya se ha librado de los exámenes.

Fira de Barcelona, gestores del recinto donde se celebra el festival, sabe que el Sónar se hace cada año en las mismas fechas. ¿No hay nada sagrado?
R.R .: Habría que preguntar a los responsables de gestionar el consorcio de la feria por qué un acontecimiento exterior tiene una categoría, y otro con una trayectoria, un impacto y un rol dentro de la ciudad recibe un tratamiento diferente. Esta feria pasará y no volverá. En el mejor de los casos se podría hacer cada ocho años, y no hay ninguna garantía de que esto sea así. Hemos estado solos en esta situación, y la resolveremos en clave de celebración, con una fiesta en pleno verano.

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