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Sin el sentido de la vista desde el 2012, el surfista de Zarautz es seis veces campeón mundial de surf adaptado. Publica el libro ‘Surfear la vida’

El mar dejó ciego a Aitor Francesena, Gallo, pero también le dio la oportunidad de volver a surfear, y no solo eso, sino que desde entonces ha sido seis veces campeón del mundo de surf adaptado. Pionero de este deporte y fundador de la primera escuela estatal de surf en España, el de Zarautz publica Surfear la vida (Espasa), una crónica en primera persona sobre cómo ha logrado superar sus miedos y sobreponerse a ellos. Es su tercer libro, antes había publicado Las olas contadas y Querer es poder.
El surf parece una de las prácticas más difíciles que existen, principalmente porque la superficie sobre la que te deslizas, el mar, está en constante movimiento y cada ola es diferente.
Sí, tienes toda la razón. En la nieve te deslizas, pero la superficie está quieta. En cambio, en el mar cada ola es un mundo, cada una es diferente. Por eso es tan difícil: te tienes que adaptar primero al movimiento de la ola, luego a su ritmo, y finalmente controlar en cada momento, consciente o inconscientemente, lo que tienes que hacer para dominarla.
Siendo ciego, me fascina tu capacidad para orientarte en un medio que se mueve constantemente. ¿Cómo lo haces? ¿Desarrollas una especie de sexto sentido para entender dónde se formará la ola o por dónde tienes que salir?
Cuando me quedé ciego, lo que más me agobiaba era pensar que me iba a marear. Tres meses después de salir del hospital, entré al mar con olas microscópicas. Enseguida me di cuenta de que podía orientarme por el tacto: cuando las ondas me tocaban en la cadera de frente, sabía que estaba mirando al norte. Si me daban en la cadera izquierda, miraba al este; en la derecha, al oeste; y en la espalda, al sur. ¡Esos datos fueron alucinantes! Me senté en la tabla y comprobé que no me mareaba. Sentí cómo una onda me levantaba y la tabla cogía inclinación. Pensé: "Ahí me podría haber puesto de pie". Pero ese día, por respeto a la chica que me acompañaba, no cogí ni una ola.
Al día siguiente volviste. ¿Cómo fue ese momento de ponerte de pie en la tabla de nuevo?
Al día siguiente le insistí para volver. Noté que el mar sonaba un poco más grande. Entré al agua más rápido, sintiendo que ya controlaba las ondas. Me senté en la tabla y, de repente, sentí pasar una ola de la serie y pensé: "Si viene una, igual viene otra". Me puse a remar, noté la curva, la fuerza de la ola y... ¿qué iba a hacer? ¿Dejarla pasar? No. Me puse de pie y grité "¡Guau!", de pura emoción. Y todo el mundo en el malecón se puso a gritar conmigo. Desde ese día empecé a surfear a diario, con tablas cada vez más pequeñas y olas más grandes. En tres años, conseguí ser campeón del mundo.
Cuando te quedaste ciego, se te pudo caer el mundo encima. ¿Crees que el surf te ha salvado la vida?
El surf es mucho para los que lo practicamos: es naturaleza, es libertad. Para mí, ha sido fundamental en tres etapas. Primero, lo disfrutaba como surfista. Luego, mientras me estaba quedando ciego del único ojo que me quedaba, lo usé como terapia: entrenar a la generación de Aritz Aranburu, Hodei Collazo o los hermanos Acero me ayudó a centrarme en sus problemas y a no pensar en el mío. Y finalmente, cuando ya me quedo ciego, pensaba que no podría volver a hacerlo. Pero vuelves a surfear, y de ahí sacas una nueva vida, una nueva historia. El mar te ayuda a darte cuenta del valor que tiene para sobrellevar la ceguera.
"(Sobre elegir entre surf o sexo) Los surfistas de verdad sabemos perfectamente lo que diríamos. Más de uno ha preferido un buen baño en Mundaka"
Esa primera ola que cogiste ciego me recuerda a la primera ola de cualquier surfista, una sensación única y muy difícil de explicar. ¿Por qué crees que el surf engancha tanto?
Es una sensación que no te da ningún otro deporte. Tirarte por una pendiente de nieve virgen es espectacular, pero para mí no llega ni a la mitad de una ola bien surfeada. Desde que la remas, te pones de pie, sientes el control en la pared, le metes la maniobra que te pide, la destrozas y sigues surfeándola... cuando todo eso encaja, es algo increíble. Tienes que hacer tantos cálculos a tal velocidad que, cuando sale bien, la satisfacción es brutal. Y eso no es solo a nivel profesional. A cualquier persona que le empujes una ola, aunque sea tumbado, el simple hecho de sentir esa energía de la naturaleza impulsándola es algo que no olvidará en su vida.
De hecho, muchos surfistas se ven en apuros cuando les pones a elegir entre el surf o el sexo. ¿Te lo has planteado alguna vez?
(Risas) Los surfistas de verdad sabemos perfectamente lo que diríamos. Más de uno ha preferido un buen baño, sabiendo que hay una marea perfecta en Mundaka o en Rodiles, a eso que tú has dicho. Todo el que vive y disfruta de este deporte sabe de qué estoy hablando. Lo dejo ahí.
Con 55 años, ¿sigues compitiendo?
Sí, acabo de ganar el circuito mundial por sexta vez. Soy una persona de retos. Si no me pongo retos en mi vida, no soy feliz. Cada mañana, en cuanto mi cerebro se pone en marcha, necesita un porqué para saltar de la cama y empezar el día a tope.
¿Te pones nervioso antes de competir o antes de una buena sesión?
Eso es ley de vida para un tío que ha mordido este deporte. Ese nerviosismo lo tenemos todos. En Mundaka, la escena más graciosa era ver al amanecer a todo el mundo en el mirador y, de repente, todos corriendo a buscar un baño. Porque la adrenalina te crea un potencial ahí dentro que tienes que soltar. Esos nervios dos días antes, viendo el parte y pensando "¡vaya olas que va a haber!", los entendemos todos los que vivimos el mar así.
En el libro cuentas que a veces surfeas de noche. Para ti no hay diferencia de visibilidad, pero ¿qué desafíos presenta?
El frío no es lo que te frena. Lo que más te puede cortar es que haya crecido el mar sin que te des cuenta. La seguridad es lo primero. Estás solo, y si te das un golpe, la persona que te espera en la orilla no te va a ver. Si tú no sales y no silbas, date por muerto. Por eso solo lo hago cuando conozco perfectamente el tipo de ola, la corriente y el fondo.
Para competir utilizas un caddie.
El caddie entra conmigo al agua, sobre todo en competición. Es mucho más fácil, porque ellos son mis ojos. Me marcan la ola, me dicen si es izquierda o derecha y, si son muy buenos, te dicen si va rápida o lenta. La comunicación es un código que creé yo: ellos me avisan y me hacen un conteo "tres, dos, uno...". El "uno" es el momento exacto en que tengo que hacer la remada más fuerte para ponerme de pie. Cuando tengo la suerte de surfear con gente como Aritz Aranburu, que tiene una mirada láser y ve las ondas antes que nadie, los baños son espectaculares.
Siempre vas en pantalón corto y chanclas, incluso en invierno. Incluso hiciste el Camino de Santiago en chanclas.
(Risas) Bueno, y he subido al Teide y he hecho muchas cosas en chanclas. Hubo una época de mi vida en que lo hacía todo con ellas: trabajar en el monte con la azada, subir a las cabras... me daba igual pisar zarzas. He hecho hasta carreras con chanclas. La gente me veía pasar y alucinaba, pero yo iba sin ningún problema, y no precisamente lento.
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