Miró realizó siete viajes a Estados Unidos entre los años 40 y los 60. “Durante aquellos viajes, Miró no hablaba inglés, y los artistas con los que entabló amistad no sabían castellano ni catalán. Por lo tanto, la conversación entre Miró y EE. UU. fue puramente artística”, dice Matthew Gale. Él es el comisario de la exposición Miró y los Estados Unidos, junto con Marko Daniel y Dolors Rodríguez Roig, que la Fundació Miró, en el marco de su 50.º aniversario, dedica a la relación del artista con ese país que, durante la dictadura franquista, era un faro de libertad creativa.
La conversación no fue unilateral. En Nueva York, Miró fue protagonista de dos retrospectivas (una en 1941 y otra en 1959) y fue admirado por un gran número de creadores estadounidenses y de otros lugares del mundo que habían cruzado el Atlántico para expandirse artísticamente. La primera muestra de Miró en el MOMA coincidió con una exposición de Dalí en el mismo museo. “En la entrada, el público podía escoger entre los dos caminos que tomaba el arte contemporáneo: a la izquierda, el surrealismo ilusionista de Dalí y, a la derecha, la abstracción poética de Miró”, imagina el comisario. Los artistas americanos optaron por el segundo.
Por este motivo, en la exposición no hay únicamente obras de Joan Miró, sino también de todos aquellos creadores con los que el artista mantuvo intercambios, admiraciones y conversaciones. La muestra investiga la reputación internacional de uno de los artistas más universales de nuestro país, revela las conexiones de Miró con figuras como Mark Rothko, Robert Motherwell, Lee Krasner o Helen Frankenthaler y confirma que la abstracción americana encontró en Miró a un precursor. También se dedica un espacio a los grabados del Atelier 17, el legendario taller de Stanley William Hayter en Nueva York, donde Miró coincidió con artistas como Alice Trumbull Mason o Louise Nevelson.
La exposición, que después viajará a The Phillips Collection de Washington, comienza con las dos primeras obras que Miró expuso en Estados Unidos durante los años veinte, gracias a su marchante Pierre Matisse, hijo del artista Henri Matisse, sin el cual quizá no habría existido este fructífero intercambio entre los jóvenes artistas norteamericanos. También se dedican algunas obras a explorar el triángulo Calder-Miró-Sert, crucial para entender la génesis de la Fundación. El resultado es una exposición organizada en quince salas que reúne a más de cuarenta artistas y una selección de obras que abarcan medio siglo de creación. No faltan las Constelaciones, la serie de pequeñas obras sobre papel que Miró creó durante la Segunda Guerra Mundial y que aquí se exponen como un puente hacia aquella nueva pintura americana. El propio Jackson Pollock elogió su ritmo interno, su espontaneidad y su gesto libre.
De hecho, en 1944, Pollock situó a Miró a la altura de Picasso, destacándolos como “los dos artistas que más admiro”. Veinticinco años más tarde, Miró afirmaba: “Realmente fue la pintura norteamericana lo que me inspiró”. Las dos frases resumen el espíritu de Miró y los Estados Unidos, una muestra sobre el advenimiento de Nueva York como centro artístico mundial, sobre el espacio fértil de apertura y diálogo que fueron los Estados Unidos y, sobre todo, una exposición que habla del poder transformador del arte.

