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El despegue sideral de La Calòrica

Els ocells
Foto: Anna Fàbrega Els ocells

Hace muchos años que hablamos de las nuevas (y no tan nuevas) compañías, del contexto adverso que se han encontrado, del menosprecio de cierto establishment teatral para darles las entradas, apoyo, recursos. Y La Calòrica, que cumple diez años, ha sido siempre un ejemplo: ¿cómo es que con premios de la Crítica, Max, Butacas, en el zurrón, no han conseguido dar el gran salto? Con 'Els ocells', que está en cartel ahora en la Beckett, han roto la baraja. Porque han demostrado que las grandes infraestructuras, los grandes padrinos, ya no son necesarios cuando se trata de ofrecer la mejor obra de la temporada. Al menos, una de las dos o tres mejores.

'Els ocells' es casi una pieza perfecta. Perfecta para nuestros días: no olvidemos que el teatro siempre habla en presente. La puesta en escena de Israel Solà es digna de un Stravinsky, por el tempo que da a la función, que hace que los 90 minutos que dura pasen volando, por la excelente dirección de unos actores (Xavi Francés, Aitor Galisteo-Rocher, Esther López y Marc Rius) que saben que tienen que hacer en todo momento, que cambian de rol con una plasticidad contagiosa, que miran al público con decisión para comérselo. La escena de la comida de las palomas es, por ejemplo, de lo mejor que he visto nunca en teatro, una obra dentro de la obra.

¿Y qué decir del texto? Joan Yago, el dramaturgo de la tropa, me decía que para hacer 'Els ocells' habían cambiado de estrategia y habían hecho un proceso de creación colectiva que él, después, había ordenado. La excusa era coger la obra clásica de Aristófanes a partir de un hombre que huye de Atenas para levantar una sociedad nueva entre las aves. Se inspiraron en la realidad, en el mundo que nos ha tocado vivir. Y sale, claro, el populismo, el abuso de poder, la crisis democrática, la brecha de clases cada vez mayor... Lo mezclan todo para servirnos un cóctel explosivo disparado a chorro, sin pelos en la lengua, sin condescendencia, políticamente incorrecto, con nombres y apellidos. Sin metáforas. El teatro también debe dejarse de subterfugios.

No sé qué se debería hacer para conseguir que 'Els ocells' gire por toda Europa. Con el 'Falsestuff' de Nao Albet y Marcel Borràs y el 'Vania' de Àlex Rigola, esta es la obra que podría representar el mejor teatro de Barcelona en los principales festivales del continente. Debe de ser la más barata de las tres. Pero no tiene nada que envidiar a las piezas de excelente factura que nos llegan de norte allá. No sé, inviten a verla, todo pagado, al director del teatro Vidy-Lausanne, Vicente Baudriller, o a Salvador García, director de la escena nacional de Annecy, o a Borja Sitjà, director del Archipel de Perpiñán. Conocen muy bien nuestro teatro. Que el Grec programe un pase privado para programadores este verano. ¡'Els ocells' tiene que volar más alto!

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