Helen Levitt fue, paradójicamente, una de las fotógrafas más famosas y a la vez más desconocidas del panorama fotográfico de Estados Unidos del siglo XX. Comparable a artistas como Henri Cartier-Bresson o Walker Evans —grandes inspiraciones para ella y, también, amigos—, la diferencia que le restó visibilidad fue que nunca se preocupó por hacer gala de su oficio y fue siempre muy celosa de su intimidad.
La Fundación Mapfre KBr abre el obturador para rendirle homenaje y revertir la falta de exposición de esta gran autora con la primera exposición de Helen Levitt (1913-2009) que parte de la totalidad de su obra y de sus archivos, solo recientemente abiertos a la consulta pública. Puede visitarse del 24 de septiembre al 1 de febrero.
Fotos inéditas, callejeras y teatrales
La muestra ofrece una completa antología de su trayectoria a través de nueve secciones y más de 200 fotografías. Además del recorrido por el cuerpo principal de su obra, incluye imágenes inéditas, los trabajos realizados en México en 1941 y buena parte de su obra en color, técnica que empezó a explorar a partir de los años 50. También se presenta el documental In the Street (1948), del cual fue codirectora, y una proyección de sus diapositivas en color.
El ejercicio de omitir información también formaba parte de su obra, no solo de su manera de exponerse ante el mundo: Levitt evitó deliberadamente construir una narrativa explícita en sus imágenes y siempre prefirió no explicarlas ni comentarlas. De hecho, por no explicar, no tienen ni título, y muchas de las que tomó en México aún no se sabe de qué barrios son.
Lo que sobresale en las fotos de Levitt es su capacidad para capturar el instante preciso que refleja la humanidad y la vitalidad de las personas que habitan las calles pobres y marginadas (donde ella veía más vida y comunidad). Cada persona se convierte en un intérprete de ese teatro al que llamamos vida. Sus fotos podrían pasar por fotogramas de una comedia o de un drama surrealista, pero son solo momentos fugaces del día a día, atrapados con una precisión y una ternura extraordinarias. Una característica que rompe con los códigos fotográficos documentalistas de la época —que a menudo buscaban el instante más dramático o el retrato desde una superioridad moral— y que compartía con sus compatriotas Cartier-Bresson y Evans, amiga y cómplice. De hecho, los dos eran tan amigos que viajaban juntos en el metro de Nueva York para hacer fotos a escondidas, ya que por aquel entonces estaba prohibido usar una cámara en ese medio de transporte. Como explica el libro Biografía de Helen Levitt, y en palabras de la propia artista: “lo único que puedo decir de mi trabajo es que la estética está en la realidad misma”.
Una denuncia social sin serlo
El tema principal de Helen Levitt es la vida en la calle de Nueva York, en barrios de clase popular como el Lower East Side o el Harlem hispano. Era una fotógrafa que vivía en los márgenes y que ilustraba los márgenes, pero desde una visión aparentemente desenfadada, aunque muy profunda. Casi como quien no quiere la cosa, acababa convirtiendo su arte en una forma de fotoperiodismo precisamente por ir en dirección contraria a ese género, y es que el propio Evans describió su trazo como un ejercicio de antiperiodismo.
¿Un ejemplo de esta paradoja? En la exposición veréis muchas fotos de niños. “La gente cree que me encantan los niños, pero no es verdad. No más que a cualquier otra persona. Es solo que los niños estaban en la calle”, decía ella. Fotografiar a niños puede parecer un acto inocente, pero no olvidemos que durante los años 40 y 50 estar en la calle ya era, en sí mismo, un acto de rebeldía. Las autoridades aplicaban leyes que, con eufemismos como el bienestar infantil o la salubridad, expulsaban del espacio público a las personas racializadas y pobres. Por eso, una fotografía de Helen Levitt de aquellos años no es solo una imagen bonita: también es un gesto de resistencia, una forma de dar visibilidad a quienes estaban siendo excluidos.
Otra de las facetas más militantes y aún menos reconocidas de Levitt es la de directora de cine, aunque uno de sus documentales —The Quiet One (1948), codirigido con Janice Loeb y Sidney Meyers— fue el único hasta la fecha nominado al Oscar a mejor guion. La película retrata la vida de un niño afroamericano con dificultades emocionales y destacó por su mirada humana y su tratamiento narrativo innovador.
Una mujer pionera
Nacida en una familia judía de clase obrera, Levitt arrojó algo de luz sobre la parte más sombría de la sociedad. Igual que muchos otros artistas de éxito, fue mala estudiante y dejó la secundaria en cuanto pudo para volcarse en el arte desde muy joven. Obsesionada con ser artista, encontró casi por casualidad una vía a través de la cámara y de la filosofía más artística del oficio, que habían inaugurado autores como Eugène Atget o Henri Cartier-Bresson.
Con una Leica de segunda mano bajo el brazo —que se compró siendo adolescente—, y movida por su afición al cine, la música y la comedia de Charles Chaplin y Buster Keaton, siguió disparando sin descanso para dejarnos todo este legado que hoy podéis ver de cerca en el KBr de la Fundación Mapfre. Gracias a esa búsqueda incansable, a partir de los años 30 —igual que otras figuras como Consuelo Kanaga, Imogen Cunningham, Dorothea Lange o Tina Modotti— Levitt se posicionó entre las primeras mujeres que lograron abrirse camino en el ámbito de la fotografía en un mundo tradicionalmente dominado por hombres.

