“Machacar a Hitler gráficamente”. Este fue el encargo que el Ministerio de Información británico hizo al artista catalán Mario Armengol en el año 1940, cuando lo contrataron como caricaturista. Las palabras las pone Plàcid Garcia-Planas, jefe de la sección Internacional de La Vanguardia y comisario de la exposición Tinta contra Hitler junto con Arnau Gonzàlez i Vilalta. La muestra nos acerca a esta figura desconocidísima que se convirtió en el único artista catalán y español en colaborar masivamente en la propaganda de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial.
Su tarea no era fácil: había que ridiculizar al Führer, sí, pero también criticar estrategias militares, avergonzar a los países neutrales y señalar errores, incongruencias y malestares en el enemigo. El humor gráfico, en tiempos de guerra, debía ir acompañado de una sensibilidad especial que obligaba al artista a evitar las bromas absurdas, afilar el ingenio y, sobre todo, estar pendiente de la actualidad bélica. El encargo era crucial para mantener la moral de los Aliados durante la guerra y para empequeñecer, a ojos de los civiles, la amenaza del Eje. Mario (a veces firmaba así sus dibujos, otras con el apellido Armengol) luchó en la Segunda Guerra Mundial como un soldado que disparaba a golpe de tinta.
Pero antes de combatir el nazismo con el humor, Armengol lo hizo con el fusil. Hijo de industriales textiles de Terrassa y republicano desencantado, en 1938 se alistó en la Legión Francesa y fue destinado al Sáhara y a los fiordos noruegos de Narvik para frenar la expansión alemana hacia el Ártico. Lo plasmó en caricaturas en el Reino Unido, recién llegado de las batallas de Noruega de 1940 y de la retirada aliada de Francia. Es entonces cuando el gobierno de Churchill lo contrata, aunque ni antes ni después ejerció como dibujante de caricaturas.
Esa falta de experiencia se nota en los dibujos, que podrían parecer de caricaturistas bastante distintos. Armengol varía de estilo, de personajes, de trazos y de colores, como si él solo fuera dos o tres personas. “Es un caricaturista en busca de sus caricaturas”, dicen los comisarios. Alguien que debía encontrar rápidamente su estilo y dibujar para llegar a países lejanos y conectar con maneras de ver el mundo diferentes de la suya. Tras la tinta hay influencias de David Low y Stephen Roth, dos cartoonists con quienes entabló amistad, pero también se percibe la tradición del humor gráfico catalán de En Patufet, L’Esquella de la Torratxa, Papitu o El Be Negre, de la cual Armengol se sentía heredero.
Así, hasta 1945, Mario Armengol dibuja unos dos mil cartoons contra Hitler y sus aliados, publicados en periódicos de todo el mundo, desde Nueva Zelanda hasta Chile pasando por Haití, que ahora decoran las paredes del MNAC. Algunos hacen reír, otros estremecen. Viendo lo impactantes que son los dibujos, sorprende que el caricaturista sea tan desconocido en Cataluña y en España, pero también en Gran Bretaña. Su colección de cartoons conservados es de las mejores del mundo en referencia a la Segunda Guerra Mundial, y el espectador podrá encontrarse cara a cara con dibujos originales, que se han conservado gracias a la colaboración fundamental de la familia del artista.

