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Hablamos con el humorista, que participa en el festival Hilària y presenta el espectáculo 'Vaques flaques' en el Teatre Borràs del 19 al 21 de diciembre

Sea en televisión, en la radio o frente a un micrófono sobre el escenario, Marc Sarrats es ahora mismo uno de los humoristas que más nos hace reír. Y quizá no sea la alegría lo que lo mueve, sino más bien lo absurdo del mundo que nos rodea. Sus chistes parten de una forma de pensar que nos obliga a cambiar de punto de vista con un crac, que es el ruido que hacen nuestros prejuicios cuando los parte por la mitad y abre la compuerta de la risa. Hablamos con él sobre comedia y sobre el fin del mundo en vísperas del festival Hilària (donde el 15 de noviembre presenta Marc Sarrats i Arnau Garcia amb actitud de còctel) y de su paso por el Teatre Borràs del 19 al 21 de diciembre con Vaques flaques. Cuidado, porque después de cada función puede volver a arder Urquinaona.
¿Qué le hace gracia a Marc Sarrats?
Gracia, gracia... muy pocas cosas. Despertarme un clic irónico en la cabeza, cada vez más: las desgracias. Cada vez más las desgracias me parecen algo que forma parte de la vida, y me resulta muy divertido cómo la gente se enfrenta a ellas.
¿Y qué no le hace ni puta gracia?
La mayoría de las cosas. De hecho, es una estrategia de supervivencia. Como nada me hace gracia y todo me parece superdramático y me afecta mucho, me autoimpongo esta capa de comedia para intentar no volverme completamente loco.
¿Cataluña es un buen lugar para hacer humor?
Cataluña es un buen lugar para la ironía y la sátira. Para el humor, lo estamos descubriendo. Te dirán que sí, pero la realidad a veces te dice que no tanto.
“Es muy divertido cómo la gente se enfrenta a las desgracias”
¿Que sea un país pequeño es mejor o peor?
Es mejor para hacer un tipo de humor específico. Funciona muy bien el humor autorreferencial. Como Cataluña no es un país sobre el papel, tiene que existir en la autorreferencia todo el tiempo. Tenemos que recordarnos constantemente que somos catalanes porque, a efectos prácticos, eso no significa casi nada. Por tanto, es un buen lugar para hacer humor que hable de Cataluña.
Tú que también has creado influencers, ¿son parte del motivo por el que todo se va a la mierda?
No son la causa, son una consecuencia. El influencer no deja de ser un producto, una especie de residuo del capitalismo. Esa conversión de una persona en una marca, o en la punta del tentáculo de una marca, es un residuo del capitalismo. Incluso cómo hemos pasado de hablar de creación o de arte a hablar de contenido. La etiqueta “contenido”, que se coloca en todas partes, básicamente convierte lo que podría ser arte o expresión en packaging.
¿Qué es lo mejor de ser humorista?
En mi caso, trabajar poco. Sin duda, trabajar poco es lo mejor de ser humorista, y que además te vaya bien siéndolo.
¿Y lo peor?
Que vas perdiendo la inocencia ante las cosas que hacen gracia. Cada vez ves más las costuras de todo y cada vez te hacen gracia menos cosas porque detectas el mecanismo con que están construidas. Y bueno, lo peor de ser humorista es la causa por la que te haces humorista: que eres un amargado o un neurótico. Es decir, lo peor es lo que viene antes.
¿Descansas del humor?
Cada vez menos. Y eso provoca que mi familia, mi entorno más cercano, sienta cada vez más pereza de que me exprese solo en clave cómica. Porque en el entorno doméstico buscan una honestidad que sí existe, pero como solo la puedo expresar en clave cómica, al final me convierto en un meme para mi familia y últimamente apenas me dejan hablar.
“Me autoimpongo esta capa de comedia para intentar no volverme completamente loco”
Iba a preguntarte si se te permite dejar de ser gracioso, pero por lo que dices es al revés, ¿no?
Yo no me lo permito. Mi entorno me lo permitiría... Vamos, con alegría. Lo que pasa es que me cuesta mucho, y cuando no soy gracioso soy una persona profundamente triste y amargada. Entonces prefiero aferrarme a esta parte divertida, aunque sea repetitiva y muy cansina para los demás.
¿Te autocensuras alguna vez? ¿Te has planteado cuáles son tus límites?
No, creo que la censura siempre viene de fuera. Cuando uno se autocensura, yo lo llamo reflexión, y eso me parece una herramienta bastante útil, no solo en el humor sino en general. El hecho de que me prive de decir algo quizá es porque he reflexionado antes y he considerado que quizá no era realmente lo que quería decir o que tal vez no era apropiado. Pero la censura como tal siempre viene de fuera. Y de arriba. De fuera y de arriba.
Si, por ejemplo, te metes con Rosalía, los fans se te echarán encima, que son millones. ¿Eso te frenaría?
Yo siento devoción prácticamente religiosa por Rosalía, pero no me privo de meterme con ella, porque soy capaz de disfrutar algo y criticarlo después. Vivo en esa dualidad que parece que hoy en día no puede existir. Adoro a Rosalía y hay muchas cosas que hace que no me parecen bien. Puedo convivir con esa contradicción.
¿El humor siempre tiene que hacerse de abajo hacia arriba o no siempre?
El humor se puede hacer en todas las direcciones que quieras, porque la finalidad del humor es que haga gracia. Luego entraríamos en los límites, no del humor sino de la ética o de la ofensa hacia los demás. Y, desde mi punto de vista, es más interesante hacer ese humor de abajo hacia arriba. Pero el humor como tal es un animal salvaje. Puedes hacerlo en la dirección que requiera.
¿Tele o escenario?
Escenario. Escenario 100%. La tele es para pagar facturas. El escenario también, pero es donde realmente se disfruta de algo que, entiendas la realidad en clave metafísica o no, es una conexión. Se establece una conexión con la gente que ha venido, cosa que en la tele no tienes. Principalmente porque existe la barrera de la pantalla y porque el público que suelen llevar a los programas de televisión está a dos o tres días de morirse.
¿La peor situación que has vivido en un escenario?
2021, mayo, el combate de corrandes de Montagut i Oix. Digamos que no subí al escenario en las mejores condiciones etílicas, y el público tampoco, después de cinco horas bebiendo como si aquello fuera un barco pirata a 40 grados. El material no entró. Tenía que hacer media hora e hice diez minutos; después de recibir insultos, cánticos y mucha violencia verbal, y de responder con el mismo grado de violencia, en una terrible decisión decidí que ese espectáculo no se cobraba y que me iba a seguir bebiendo. Y así lo hice.
¿Cómo lo arreglas si un chiste no hace gracia?
Hostia, eso no me pasa mucho [ríe]. No, no lo arreglo. Hago otro. En los opens, cuando vas a probar material, te puedes encontrar en esa situación y lo que haces después es obsesionarte con ese material e intentar modificarlo y tunearlo hasta que consigas que haga la gracia que creías que debía hacer. O sencillamente lo matas. La única manera de revertir un chiste que no ha hecho gracia es hacer otro, allí mismo.
“Trabajar poco es lo mejor de ser humorista”
¿Pero puedes disimularlo de alguna forma o no?
Si es un open, dices: “Vaya, no ha entrado”. Entonces eso hace gracia. El fracaso hace gracia. De repente, ese fracaso hace gracia.
¿Los humoristas sois los nuevos rockeros?
Vuelven a haber rockeros de verdad. Está bajando el urban y vuelve a subir el rock. Dentro de mí sí que hay una pulsión de querer transmitir rock and roll. Lo que pasa es que es muy difícil hacerlo solo hablando. Molaria que fuera así, pero es muy complicado. Y ahora mismo no veo que seamos el nuevo rock and roll.
¿Y los nuevos intelectuales?
La gente nos ve así. Que la gente nos perciba como intelectuales dice más de la gente que de nosotros. Yo no me considero una persona especialmente inteligente, y cuando a la gente le resuenan como inteligentes algunas cosas que digo, me planteo como de retrasada es la gente para que yo parezca inteligente. Que se nos considere intelectuales o portadores de discursos revolucionarios y demás dice mucho más del vacío del público general que de lo que podamos ofrecer nosotros.
“La gente que suelen llevar de público a la tele está a dos o tres días de morirse”
¿Se puede aprender a hacer humor o hay una parte innata que la tienes o no la tienes?
Hay una parte innata, pero también se trabaja la falta de vergüenza y la capacidad de ponerte delante de la gente a decir tonterías. El humor son matemáticas, matemáticas de expresión. La parte innata es lo que tengas que decir o lo que quieras decir. El humor es una herramienta para expresarlo, pero creo que en este oficio lo importante es tener algo que contar.
¿Hay mucho trabajo de escritura detrás? ¿Una parte más seria de lo que quizá la gente se imagina detrás de un monólogo?
Hay dos maneras de hacerlo. Está la más burda, la que haces quizá cuando eres más joven, que te obsesionas con generar mucho material nuevo, con decir siempre algo diferente, y a medida que te haces mayor te das cuenta de la importancia de la meticulosidad, de ser muy cuidadoso con la escritura y calcular muy bien las palabras y cómo dices las cosas. A medida que pasa el tiempo aumenta el volumen de trabajo en la escritura, y al final el escenario es el resultado de mucho trabajo previo.
Ahora que eres padre, ¿te inspira el mundo de la paternidad y de los bebés?
Inspira mucho, porque todo el tiempo pasan cosas nuevas. Si, por ejemplo, yo he construido mi discurso humorístico alrededor de señalar las cosas que no tienen mucho sentido socialmente, ahora me doy cuenta de que la paternidad quizá es la que menos sentido tiene en el ámbito social tal y como nos la han planteado. Me doy cuenta de que los padres somos personas que no tenemos ni la más remota idea de lo que estamos haciendo; entonces no solo cuestiono lo que hago yo, sino también lo que han hecho conmigo. Y de alguna manera eso pone en cuestión todo el sistema, porque al final somos muchísimas personas sin tener ni puta idea de lo que hacemos cada día.
¿Haces reír a tu hijo?
Él me hace reír a mí, porque aún no entiende mi humor. Quizá es que el chaval no tiene altas capacidades, pero yo entiendo muchísimo su humor, y me hace mucha gracia.
“No me suena ningún momento de la historia en que el mundo no haya sido una mierda”
La premisa de Vaques flaques es que todo se va a la mierda. ¿Te preocupa el mundo que se encontrará tu hijo?
No especialmente. Me preocupa el mundo que se encontrará mi hijo igual que me preocupa el mundo que me encuentro yo, igual que a todos los padres les ha preocupado el mundo que dejan a sus hijos. No me suena ningún momento de la historia en que el mundo no haya sido una mierda. Creo que ese miedo al futuro es una fobia endémica nuestra, al final no deja de ser miedo a la muerte, y creo que esa alarma permanente del doomsday clock, de que el mundo se va a acabar, siempre ha estado ahí de una forma u otra. Me parecen mucho más interesantes todas las cosas que pasan hasta que el mundo no se acaba, porque al final nunca termina de acabarse. Tarda mucho. Este apocalipsis, a mí, me está tardando bastante.
¿Crees en el humor como última trinchera? Eso de “solo nos queda el humor”.
No, me parece muy simplista, nos quedan muchas cosas. El humor nunca será la última trinchera, el humor siempre es una alternativa. Estaría muy bien ser la orquesta del Titanic, ser la última persona que ha hecho un espectáculo humorístico antes de que todo se vaya a la mierda, pero como no quedaría nadie para recordarlo, tampoco tendría sentido. Ser el último no tendría sentido. Ser el penúltimo sí estaría bien.
Tendría sentido que los últimos espectadores de tu espectáculo murieran pasándoselo bien.
Pero quizá podrían encontrar otros escenarios donde se lo pasarían mejor, ¿no? Quizá podrían irse a follar, por ejemplo. Perdón por ser básico, pero me sentiría con una carga muy grande teniendo la responsabilidad de que se lo pasen lo suficientemente bien como para que, cuando salgamos por la puerta, el mundo se haya acabado. No quiero esa responsabilidad.
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