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En el Mercado de Sant Antoni, la frutería Giró es un negocio de referencia. Marina toma el relevo familiar para mantener viva la esencia del mercado, ¡sea en el barrio o en las redes sociales!

La mañana de la entrevista, el Mercado de Sant Antoni da gusto. Estamos en esas fechas entre Navidad y Reyes en las que nadie sabe qué día de la semana es y todo el mundo camina por la ciudad haciendo compras de última hora. El mercado, aquí, juega un papel especial: "la gente que durante el año no compra cerezas, ahora me compra cerezas", explica Marina. "Cuando vienen a la parada, muchos me dicen la misma cosa: ¡quiero quedar bien con mis invitados!". Ella acaba de cumplir veinticinco años, pero la parada que regenta tiene más de 140. La abrió su tatarabuela, y ella es la quinta generación de la familia que se dedica en cuerpo y alma al Mercado. Primero, era una parada de intercambio de trastos viejos. Después, de patatas y cebollas. Ahora ya hace años que la Frutería Giró es un establecimiento de referencia, pero desde que Marina trabaja allí, el negocio familiar también tiene presencia en TikTok. La joven aprovecha las redes para divulgar conocimientos sobre la fruta y verdura, explicar la vida en el mercado y hacer llegar la parada a nuevos públicos.
¿Ha cambiado mucho la parada desde sus inicios?
Mi abuela recuerda el día que compró kiwi por primera vez. Cada generación se adapta a los cambios que llegan, cambian los hábitos alimentarios, pero lo que no cambia es que la gente siempre tiene que comer. ¡Aquí vendemos un bien de primera necesidad!
¡Pero ahora el mercado tiene nuevos competidores más baratos! ¿Cómo se sobrevive entre la competencia?
El mercado es una mini-sociedad. Conoces a todo el mundo, sabes a quién le compras el pescado. Y la gente también te conoce a ti: a veces no hace falta que digas qué quieres, que el tendero ya te ha preparado la compra, porque sabe qué pedirás y a qué hora pasarás por la parada. Es mucho cariño, mucha tradición y mucho mimo al cliente. Y esto quizás cuando eres estudiante no lo valoras tanto, pero cuando empiezas a hacer vida de barrio, a tener hijos, es un factor clave para sentirte cómoda en el lugar donde vives.
Te refuerza el sentimiento de pertenencia.
Claro, Barcelona se está homogeneizando. Las diferencias entre barrios se borran, ¡en todas partes hay las mismas tiendas! A veces parece una ciudad uniforme, parece que el barrio se esté perdiendo. La gente viene por eso, pero también por la calidad. Por Navidad, mucha gente que no viene durante el año al mercado, llega buscando esa calidad. Aquí, si sabes comprar, ¡te puede salir barato, también! En vez de pechuga laminada de pollo, compras el pollo entero y la dependienta te dice cómo cortarlo, te da recetas… Cuando entras al mercado, cuesta renunciar a él. Pero de entrada, a la gente joven le da pereza, ¡o vergüenza! Ahora, yo les digo que entren y después... no creo que cambien de opinión.
El mercado es una mini-sociedad
¡Tu familia tiene parada en el mercado desde hace más de 140 años!
Cuando mi tatarabuela todavía tenía que nacer, su familia le compró un número en el mercado que se iba a construir. Para que tuviera una parada y abriera un negocio. Primero hacían de traperos, intercambiaban trastos, pero después mi bisabuela [pasó] a vender patatas y cebollas solo y de ahí se pasó a la frutería. De la bisabuela a la abuela, de la abuela a la madre... y ahora a mí.
De pequeña, ¿te imaginabas que acabarías trabajando en la frutería?
Sí, sí, sí. Lo tenía muy presente. Es muy delicado este negocio, es un oficio, y los oficios se están perdiendo. Nacen nuevos trabajos, no hay tanto relevo.
Para ti, ¿es un tema político trabajar en el mercado?
Es política, sin duda. Yo estudié Ciencias Políticas en la universidad, y me lo tomo así. Es una forma de cuidar mi barrio y la esencia que poco a poco se está perdiendo.
Las instituciones deberían poner más facilidades para que la gente joven tome el relevo de las paradas
¿Y sufres por este relevo generacional?
Veo cómo desaparecen negocios de toda la vida, y me da pena. Entiendo que la sociedad ha cambiado, pero las instituciones también deberían proteger algunos comercios. En el mercado hay gente que está a punto de jubilarse y, si no traspasan la parada a un conocido, les cuesta encontrar relevo. El mercado es una sociedad y no la quieres ver empobrecida, ni vacía, ni oscura. Pero Sant Antoni resiste, hay otros barrios donde el mercado ha perdido ambiente.
¿Qué tiene el mercado de Sant Antoni, que funcione mejor que otros?
Es un mercado muy vivo: entre semana es un mercado de alimentación, pero también hay los mercados de ropa y los domingos, el dominical de libros. Se hace mucho trabajo. Pero las instituciones deberían poner más facilidades para que la gente joven coja paradas. Aquí, la licencia te puede costar 20.000 euros; si te sale mal, pierdes mucho dinero. En cambio, si alquilas un local en la calle y no te funciona, solo dejas el alquiler. Hacen falta ayudas para que no se pierda este modelo.
¿Crees que se ha de ser de una pasta específica para trabajar en el mercado?
Todo el mundo puede trabajar ahí, pero ayuda mucho ser una persona dinámica y sociable. Yo soy muy hiperactiva, me encanta moverme. Si eres una persona muy calmada, muy chill, quizás no es tu lugar. Al final, te tienes que hacer amigo del cliente. Tengo muchas clientas que, aunque me hayan "puesto los cuernos" [o "sido infieles"] y vayan a otra frutería, nos seguimos encontrando y hablamos. Lo importante es que vengan al mercado, aunque no me compren a mí ese día.
¿Cómo nació la cuenta de TikTok del mercado? ¿Por qué creíste necesario abrirla?
Yo tenía un canal de YouTube de pequeña, me encantaba grabar y editar. Vi clarísimo que era una oportunidad de negocio para expandirnos. Y funciona muchísimo, porque hay mucho desconocimiento. La gente no sabe cómo comprar en el mercado ni qué es de temporada. ¡Me piden melocotones en invierno! En el supermercado no te lo explican, pero aquí hacemos este trabajo de divulgación: enseñar que comprar de temporada es mejor y más barato.
¿Has conseguido que gente joven se acerque a la parada gracias a esto?
Sí, hasta hice unas camisetas con un diseño chulo y venían chicas jóvenes, muy modernas, expresamente a buscarlas. Y de paso, se llevaban la fruta. Es una manera de hacer que el mercado vuelva a estar en el ojo de la gente joven, que sea un sitio del que también se puede alardear, de no llevar las marcas que todo el mundo.
Me gustaría jubilarme en la parada. Tengo ganas de hacerla crecer.
¿Qué es lo que más triunfa en los vídeos?
¡Las "abuelitas"! (ríe). Funcionan muchísimo porque son tiernas y reales, no tienen guion. La realidad es que nuestro público mayoritario es gente mayor. Cuando esta gente ya no esté, necesitaremos que haya relevo de clientes. Pero me encanta ver esta mezcla generacional: que si tu madre te ha llevado al mercado de toda la vida, tú de mayor quieras continuar viniendo para no romper este modelo de consumo e identidad de barrio.
Tienes veinticinco años. ¿Te ves toda la vida aquí?
Sí, me gustaría jubilarme en la parada. Tengo ganas de hacerla crecer. Mi madre dejó el listón muy alto introduciendo productos tropicales, y yo quiero aportar mi parte, quizás con eventos o modernizando la imagen, como con el tema de las camisetas o las redes. Soy optimista. Se ha de ser realista, porque hay paradas que cierran, pero creo que este mercado continuará siendo un gran protagonista de la ciudad.
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