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Cisnes, patos, ocas y otras aves y peces conviven con los paseantes en uno de los lugares más bonitos de la Cerdanya. Se trata del lago de Puigcerdà, un estanque artificial que existe desde el siglo XIII y alrededor del cual se construyó el parque Schierbeck en el año 1884. El paisaje respira un aroma de principios del siglo XX, de la época en que la burguesía de Barcelona empezó a veranear allí y se empezaron a construir chalets de lujo también en los alrededores.
Las ocas han aprendido a picar en las ventanas de la casita de madera que hay en un extremo del lago, para pedir comida. "Quizás la persona que estaba antes les daba", supone Toni Alfonso, que es quien ha convertido, junto con Michiko Todome, este espacio tan pintoresco en el Miyagi. Por fuera, las generosas vistas al estanque y al parque; por dentro un viaje a una auténtica izakaya japonesa, estos establecimientos tan populares y emblemáticos de Japón.
Todo ello es un feliz hallazgo, porque no hay muchos lugares donde puedas pedir verdadera comida asiática en la Cerdanya. Hay un coreano en Saillagouse –Au Matin Calme–, y el ramen japonés que regenta Michiko en La Guingueta d'Ix (Bourg-Madame) –el Ramen Miyagi–, ambos en la Cerdanya francesa. Cuando llegaron a Puigcerdà, atraídos por el aire puro y cansados del estrés de Barcelona, ella echó de menos comida caliente de su tierra y en aquel momento era imposible encontrar una buena sopa de ramen en la Cerdanya.
Del ramen a la casita del lago
Abrieron el Ramen Miyagi tres años atrás, pero en abril de 2025 –ahora hará un año– decidieron atreverse con la casita del lago. Ahora Michiko sirve ramen en Bourg-Madame y Toni, que es cocinero y ha trabajado cinco años en Japón, lleva la izakaya de Puigcerdà. Su historia también es curiosa: se conocieron a 10.000 metros de altitud, en un vuelo de Narita a Roma, donde ella trabajaba de azafata. "Había sido una cafetería y una crepería –explica Toni sobre la casita de madera– pero nunca tenía éxito". Con su propuesta de comida popular japonesa parece que las cosas han cambiado, porque el boca oreja ha popularizado el Miyagi.
Pasión y conocimiento de causa
Una izakaya viene a ser "un bar de tapas japonés", explica. Hay brochetas, udon, okonomiyaki, takoyaki, tempura... tiene bastantes opciones veganas y ahora introducirá el sushi, "porque todavía hay mucha gente que relaciona la comida japonesa solo con el sushi", dice. Los platos del Miyagi son buenos, sencillos y económicos, y se nota que están hechos con pasión y conocimiento de causa.
La ambientación lo hace todavía más atractivo. Aparte del interior de madera y los ventanales que dan al lago, lo tienen decorado con objetos que traen cada verano de Japón, y no solo comprados, explica Toni: "cuando voy a un bar o un restaurante y me gusta algo, lo digo y muchas veces me lo regalan". Los farolillos de papel, los banderines, las telas, los utensilios de cocina y los productos que traen de Japón acaban de hacer del Miyagi un lugar tan auténtico que sorprende encontrarlo en un lugar de postal en pleno Pirineo.

