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La nueva aventura de Grupo Godard quiere ser una plataforma cultural para la comunidad queer de Barcelona

En los últimos años, hay corrientes de pensamiento que han pasado de la marginalidad absoluta al centro de la opinión pública. Por el carril de más a la derecha, la ventana de Overton se ensancha y por ella irrumpen homófobos y partidarios del antiguo régimen. Por el de la izquierda, la teoría queer ha conquistado el pensamiento progresista. Y hoy se puede resumir, de manera epidérmica, en una frase bastante feliciana: todos somos iguales de raros y majos, nadie es normal.
Servidor escuchó el término por primera vez en la facultad de Filología allá por el 99. Sin meterme en arenas postestructuralistas –dios me libre, por algo soy juntaletras y no doctorando– en Barcelona tenemos una prueba del auge de la teoría queer: acaba de abrir Perritos Calientes (Aribau, 50. De mié. a do. de 18 a 2.30-3 h). No sé si es el primer bar declaradamente queer de Barcelona, ¡pero sí que es el primero que tiene todo un aparato cultural alrededor del término, sirve perritos calientes y presume de una coctelería con ruleta!
"Todos mis heroes son 'queer' , o sea que en el fondo esto es algo muy coherente", me cuenta Enric Rebordosa, uno de los impulsores de Perritos Calientes, junto con el Grupo Godard. Rebordosa, fértil conceptualizador y montador de bares – Focacha o Bar Universal entre los más recientes– tiene todo el aspecto de un chaval la mañana de Navidad mientras me guía por este inenarrable garito. Sito tras la fachada de madera modernista de Aribau 50, tenemos una primera sala inspirada en un diner made in USA, que sirve perritos calientes, patatas y cerveza a precios de derribo, si tenemos en cuenta la calidad precio. "Son de fabricación artesana, de Ultramarinos, el perrito caliente bueno en Barcelona no es que esté maltratado, es que no existe, y quería servir algo popular a buen precio", aduce Rebordosa. Por 13 te calzas dos perritos más una birra, y se comen solos.
Siguiente fase: una sala de showroom en el que vemos el merchandising del local y obras de arte –a la venta– en exposición, de artistas como la diseñadora Marina Salazar –la de la teta gigante de Rigoberta Bandini– y el ilustrador El Dios de los Tres, que harían que un votante de Vox pidiera el libro de reclamaciones y/o el teléfono de Abogados Cristianos.
De rosa chicletoso chillón, este espacio también acogerá una revista digital que funcione como altavoz del mundillo queer de Barcelona, una marca de ropa y una editorial de autores como André Gide, Proust o Thomas Mann (la segunda vocación de Rebordosa, además de montador de bares, es de editor). "El mundo queer tiene una hipersensibilidad que se extiende a todas las artes. Y yo no quiero que la gente salga del armario, que ya lo ha hecho ¡Lo que quiero es que no haya armario!", proclama entusiasmado mi guía.
Zamparte una salchicha fálica entre estatuas de discóbolos con bañador a lo Borat y vaginas marianas tiene mucha gracia. Apunto que su visión queer tiene mucho de camp y kitsch de toda la vida, un sentido del humor que a veces se echa en falta en el amistoso conglomerado mainstream de lo queer. "¡Absolutamente! ¡Quiero que pases de John Waters a Visconti! Luces espectrales, terciopelo, rosa brillante, quiero la emoción estética, pero también el sentido del humor". Y pasamos a la tercera habitación.
El mundo queer tiene una hipersensibilidad que se extiende a todas las artes
Nada más ni nada menos que un bar inspirado en las lanchas Riva de Venecia, en el que sirven cócteles, ostras y los camareros visten de marineros en honor a Jean Paul Gaultier y la iconografía gay vintage. Un receso sobrio que nos prepara para las dos siguientes explosiones.
Dirty Casino: una coctelería equipada con tapete de cartas y ruleta, en la que un barmen-crupier juega con los bebedores, que pueden ganar o perder copas y verse obligado a interactuar con otros clientes, según su suerte. "Un poco como la actualización del juego de la botella o el duro pero en elegante", ríe Rebordosa. Es una barra con cinco taburetes, de rojo chillón y motivos de póker tallados en el espejo. Hasta aquí, todo el local es del estudio Pichiglas.
Y el quinto espacio, y final, es la sala Palomo: un jardincillo íntimo, obra del modisto y diseñador Palomo Spain. Con paredes que reproducen el cielo y asientos de terciopelo verde, nos sentamos entre torsos griegos: "Palomo se inventó una habitación que es como una naturaleza idealizada, como un jardín del Edén con figuras de efebos", explica Rebordosa.
La carta de coctelería está en las antípodas del barroquismo rosa: tragos de autor directos y fáciles de beber, con predominio del cítrico y la fruta tropical, que reivindican a iconos tan variopintos como Prince, Divine o Leslie Cheung. Y la facción de cliente hetero CIS recalcitrante lo tiene fácil: cerveza muy bien tirada a tres euros. Es decir, precio de bar esquinero en uno de los antros más singulares y exquisitos en el podemos aposentar las nalgas ahora mismo en Barcelona.
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