Por fin llega LUX, el cuarto disco de Rosalía, que tanta expectación había generado desde que publicó Berghain hace unos días. La fuerza de la orquesta, la iconografía religiosa, el registro vocal, el uso de varios idiomas, las colaboraciones… todo ha sido objeto de debate y filtraciones durante estos días de espera, en los que algunos privilegiados han podido escuchar el álbum completo. Yo asistí a una audición en las oficinas de Sony en Barcelona, y un contrato de confidencialidad me ha impedido revelar nada hasta ahora. Lo que sigue es lo que escuché en aquel momento y lo que a partir del viernes 7 de noviembre podréis escuchar vosotros también.
Desde las primeras notas de piano de Sexo, violencia y llantas, donde introduce la retórica religiosa (“Primero amaré el mundo, luego amaré a Dios”) y los elementos musicales (coro y orquesta in crescendo), hasta Magnolias, donde imagina su propio funeral, pasa aproximadamente una hora. Son 18 canciones en cuatro movimientos en los que ocurren muchas cosas, y la primera reacción es de asombro: wow, sí que ha hecho algo diferente. En tiempos de escuchas fragmentadas, esto es un doble álbum pensado para oír de principio a fin.
¿Cumple el disco las expectativas creadas con Berghain? Sí. LUX muestra en Rosalía más una voluntad de reivindicarse como creadora que de escribir hits. En ese sentido, es un disco exigente, pero que los fans escucharán una y otra vez buscando mil interpretaciones, y que consolidará a Rosalía como la artista de vanguardia que es. Aunque a ella le gusta decir que lo suyo es pop, es el tipo de pop que hace Björk, más que el que hace Karol G, para entendernos.
¿Hay catalán?
Es posible que el inglés le hubiera abierto las puertas a un éxito más masivo, pero se ha mantenido fiel al castellano, y el uso de los otros doce idiomas parece responder más a criterios conceptuales y estéticos/artísticos que comerciales. Las santas y místicas que aparecen en el álbum dictan el uso: el alemán por Hildegard von Bingen y el francés por Juana de Arco, por ejemplo.
Sé que os preguntáis si hay catalán. Sí, en el primer movimiento, la canción Divinize es principalmente en catalán, con algunos versos en inglés. Todo el que escuche el disco, en la tercera canción, la oirá cantar: "Fruita roja i rodona, qui l'endevina, òbviament és la poma, que està prohibida, i si només la mires et salvaries, però sense mossegar-la". Es curiosa la continuidad que logra a través de la voz, a pesar de cambiar de idioma. Hay quien dice que a veces cuesta entenderla; yo digo que tiene tan claro que usa la voz como instrumento, que el timbre, el fraseo y la intención que envuelven los versos dicen tanto o más que las palabras.
La reina del caos
En el primer movimiento asistimos al despojo de las cosas terrenales –Reliquia– y a un proceso de divinización. En Porcelana canta en latín “ego sum lux mundi” (“soy la luz del mundo”) y parece que escuchamos a Frank Ocean (¿o Travis Scott?) repitiendo “scare, scare, scare / fear, fear, fear”. Siempre hay una ambivalencia entre lo terrenal y lo divino: mientras se reivindica (en japonés) como “la reina del caos”, aparecen percusiones electrónicas, las cuerdas se intensifican y entran las voces celestiales de la Escolanía de Montserrat. Es un movimiento que termina con la balada Mio Cristo, de aires sorrentinos (“mi Cristo llora diamantes, mi Cristo engalanado de diamantes”).
El segundo movimiento parece consagrado a la decepción, la búsqueda de una verdad y de un amor a Dios que hay que leer desde la ambigüedad, quizá inspirada por la dualidad intrínseca del misticismo erótico de Santa Teresa de Jesús. El corazón roto de Berghain abre la puerta de la divinidad, mientras que las palabras de Yves Tumor (una cita del boxeador Mike Tyson) nos hablan de una relación tóxica: “Te follaré hasta que me ames”.
La perla está colocada justo después de Berghain con toda la intención. Nos habla de alguien que es un “terrorista emocional”, “una decepción total”. Esta “red flag andante” dará pie a todo tipo de interpretaciones. ¿Parece más dirigida a C. Tangana que a Rauw Alejandro? ¿A otra persona? A ritmo de vals, es claramente la canción de despecho, como las que Shakira ha dedicado a Piqué.
Es claramente la canción de despecho, como las que Shakira ha dedicado a Piqué
En Mundo nuevo, melismática y flamenca, Rosalía encarna esa voluntad de ruptura (“quisiera renegar de este mundo”, “por ver si en un mundo nuevo encontraba más verdad”). Y en De madrugá, una de las dos canciones del disco hechas con El Guincho tiempo atrás (la otra es La rumba del perdón), se transforma en Santa Olga de Kiev. “No quiero venganza”, canta en ucraniano, pero ¿seguro? Olga masacró al pueblo drevliano para vengar la muerte de su marido. “Traigo mil lenguas de fuego, todas en mi pelo”, añade.
El tercer movimiento se inicia con Dios es un stalker, la focus song del álbum, según la discográfica. Rosalía continúa con la ambigüedad que mantiene a lo largo del álbum porque, si es Dios quien habla en primera persona (“soy tu sombra”), mirad las cosas que dice el Dios de Rosalía: “no soy la zorra de un momento, soy el laberinto del que no puedes salir”, “no me gusta hacer intervención divina, pero a my baby le voy a stalkear, para poderlo enamorar”.
"No me gusta hacer intervención divina, pero a my baby le voy a stalkear, para poderlo enamorar"
La yugular, con los coros angelicales de la Escolanía de Montserrat (suponemos, aún no hay créditos), expresa la magnitud de ese amor: “por ti destrozaría el cielo, derribaría el infierno”, canta en árabe, y termina con un audio de Patti Smith hablando de atravesar paredes y –como en la canción de Sisa– el séptimo cielo. Aquí aparecen dos de las canciones exclusivas del formato físico del álbum –Focu’ ranni y Jeane–, pero la balada de piano y voz Sauvignon blanc parece tener más peso. Se despoja definitivamente de lo material (perlas, caviar, el Rolls Royce, los Jimmy Choo...) en un ejercicio de virtuosismo vocal.
Un robot sexual
El robot sexual que encarna en Novia robot parece un poco fuera de contexto aquí –de todos modos, es otro tema exclusivo del formato físico–, pero funciona como un divertimento que da aire al disco: “soy RoRo, llevo tutú”, canta (¿directa o indirecta?). “Guapa para Dios, me pongo guapa para Dios, nunca pa ti ni para nadie”, dice también en una canción con letras en chino y hebreo. Pero entonces llega La rumba del perdón, otra de las canciones importantes del disco junto a Sílvia Pérez Cruz y Estrella Morente, con versos que llaman la atención como “el amor clavó el cuchillo tan hondo que lo perdió” y “técnicamente eso sería un trío, pero si solo miro esto no contará”. Es una canción que recuerda a El mal querer (2018).
Quizá sea el último clímax antes de un final mucho más sereno. Memoria, el dúo dramático que comparte con la fadista Carminho, ya habla de la muerte (“cuando muera solo pido no olvidar lo que he vivido”), pero Magnolias, la canción que cierra el disco, escenifica su funeral: “Sobre mi ataúd Ktms quemando rueda, gasolina y vino tinto”, “lo que no hice en vida lo haréis en mi muerte”. Y se despide: “Dios desciende y yo asciendo”, “yo que vengo de las estrellas, hoy me convierto en polvo pa volver con ellas”.
"Yo que vengo de las estrellas, hoy me convierto en polvo pa volver con ellas"
El álbum termina y, en una sexta planta del Paseo de Gracia, se crea el silencio. Nos miramos buscando reacciones. No podemos decir nada: hemos firmado un contrato y durante unos días tendremos que guardar el secreto. Tenemos una libreta llena de notas y, aunque sabemos que ha habido filtraciones, debemos permanecer en silencio.
Me piden una primera reacción para poner un corte de voz en un programa de radio este viernes: “No decepciona, es lo que Berghain prometía”, más o menos. Sé que habrá una avalancha de comentarios, hilos en redes, teorías de fans y expertos de distintos campos. Rosalía no es perfecta y puede ser criticada desde muchos ángulos y luchas –la falta de posicionamiento político en algunos ámbitos, sobre todo–, pero tampoco pretende serlo: es simplemente una artista llevando a cabo su visión.
Y en esa empresa tiene éxito: ha conseguido crear una obra mayúscula, que gustará más o menos, pero que es valiente, arriesgada, que desafía al oyente y a la industria de la inmediatez. Requiere una escucha activa, y eso la sitúa en la liga de la vanguardia, con la intervención divina de Björk.

