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Un día de playa en el Prat de Llobregat [FOTOS]

Naturaleza, mar, aviones y cultura a 20 minutos en tren de Barcelona

Por Eugènia Sendra
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Si solo citáramos los 3,4 kilómetros de litoral aptos para el baño de El Prat de Llobregat nos quedaríamos cortos. Añadamos el exotismo y la exuberancia de los humedales, pinares, lagunas y dunas, de un paraje del delta que convive con el tráfico adrenalínico del aeropuerto vecino. Sin olvidar las alcachofas y las otras verduras que durante muchos años ha dado esta tierra, y los chiringuitos que refrescan al visitante a pie de playa. Todo muy cerca de una ciudad del área metropolitana con un bonito núcleo histórico. Os proponemos descubrir El Prat en un paseo en bicicleta.

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La excursión

Bicicleta, tren y hacia El Prat de Llobregat. En menos de 30 minutos desde la Estación de Francia te plantas en un lugar con una riqueza y variedad sorprendentes. Escogemos ir en bici para movernos con libertad por la localidad hasta llegar a los caminos de tierra y al parque del Delta, pero también podéis llegar con otros medios de transporte (metro, bus) y completar la ruta a pie.

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Vida de pueblo

A un minuto de la estación de Renfe, está la plaza de la Vila: el mercado, bares animados, el teatro Moderno y una calle (la de Ferran Puig) con casas bajas y fachadas esgrafiadas que permite hacerse una idea de cómo era el Prat hace unos años. Circulamos por la calle paralela, Jaume Casanovas, para dirigirnos al mar.

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La torre de aguas

En el número 80 de la calle Ferran Casanovas nos topamos con la Torre Muntadas, una caseta noble de finales del siglo XIX que funciona como sede del Teatro Kaddish y también acoge el Centro de Arte. Más abajo, coronando el Cèntric, otro de los equipamientos culturales de la ciudad, hay una torre de aspecto futurista. No es una tránsfuga de las torres de vigilancia del aeropuerto sino el depósito de aguas de la compañía de El Prat.

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Pasado fabril

Al final de la calle Ferran Casanovas están las Casas de la Seda. La urbanización se hizo en los años 50 para acoger los trabajadores de la empresa y aún hoy llama la atención por su obra vista, los postigos de colores de las casas y sus parcelas verdes.

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Bienvenidos al delta

Tomamos la carretera de la Playa, dejamos las antiguas granjas lecheras de La Ricarda a mano derecha, y nos adentramos en los espacios naturales del delta del Llobregat. Hay diferentes itinerarios posibles, que conducen hasta los puntos de interés de la zona. Agudizamos todos los sentidos mientras pedaleamos; vemos a una gallina que corre perseguida por sus polluelos, sentimos el olor de la higuera y los árboles en verano y las golondrinas alocadas hacen de las suyas.

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El huerto del Delta

Haciendo ruta nos cruzamos con caminos secundarios, de acceso restringido, que llevan a las huertas del Prat. Nos detenemos sigilosamente, y vemos trabajar el tractor y al agricultor. Hasta mediados del siglo XIX, aquí crecían los cereales; más tarde se introdujeron los cultivos de regadío y la producción fue intensa hasta el inicio de la Guerra Civil. Hoy conviven grandes plantaciones con los huertos urbanos lúdicos y la alcachofa es uno de los productos estrella de la zona.

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Espacios protegidos

Circulamos junto al canal del delta en solitario por la carretera de la Bunyola y dejamos atrás campos de cultivo, juncos que nos doblan la altura, pinos y otra vegetación. Finalmente llegamos al mirador: a la izquierda está la playa de Ca l'Arana, un espacio protegido donde se reproducen especies de aves acuáticas escasas en Cataluña. A la derecha, en primera línea de mar, intuimos un par de construcciones. Y ni rastro del hombre.

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El mirador del semáforo

Tienen un punto fantasmagórico los restos del antiguo cuartel de carabineros y el edificio del semáforo, y nos hacen volver al siglo XIX, cuando la zona costera del Prat tenía un cierto tráfico marítimo. Desde esta casa solitaria y misteriosa como una villa de Martha Vineyard, que hoy es también un buen espacio para divisar pájaros, los guardas se comunicaban con Montjuïc mediante señales lumínicas.

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Avistando los otros pájaros

No hay que ser un 'spotter', experto en la observación de aviones, para quedarse quieto mirando las otras aves que habitan el Prat. Verlos llegar planeando, sentir las turbinas ensordecedoras, que te pasen casi rozando y que su sombra te envuelva durante unos segundos es bestial. En 2009 se instalaron hamacas junto a la pista de aterrizaje del aeropuerto y el mirador se ha convertido en atracción. Siguiendo hacia la playa, hay otra zona de avistamiento, más elevada, donde se reúnen fans de la aviación, la fotografía y curiosos que sueñan con volar lejos.

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La Ricarda

Tenemos un destino, la arena y el agua, pero no perdemos de vista el entorno. Nos atrapa una casa blanca con esgrafiados y azulejos que decoran los balcones; según indica un cartel a pie de carretera es Can Vallejo, que funcionaba como casa de los cuidadores de la finca de La Ricarda. Dentro de la finca hay un lago, pero también la casa Gomis, una joya racionalista construida por Antoni Bonet Castellana en los años 60.

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Campos de dunas

La playa de El Prat está conformada por diferentes tramos, que van de la desembocadura del río Llobregat a la playa del Remolar, ya muy cerca de Viladecans. Las dunas son uno de los elementos característicos de este paisaje paradisíaco.

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La playa

La del Prat es una playa de arena fina, con metros y metros para correr y plantar la toalla, vigilancia y espacios lúdicos. En temporada de verano, un día de finales de agosto entre semana, se puede disfrutar de la inmensidad del mar sin necesidad de viajar al Caribe...

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Los chiringuitos

El Calamar es el chiringuito más veterano de la zona. Abrieron hace catorce años, antes de que el Prat fuera el 'great scape' para los urbanitas que quieren una playa diferente, y los habituales recomiendan el lugar por sus paellas y la música en directo. Podéis refrescaros después del paseo en bici y antes de la zambullida aquí, en el Dunas o en el también popular El Maravillas.
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