Bodega Montferry: Imperio de la bota

Reciclar un sitio con alma es mejor que disfrazar de antiguo un sitio nuevo. La Bodega Montferry es un buen ejemplo

Bodega Montferry
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En enero del 2013 escribí una crónica sobre Cal Marino y la bodega como red social. Citaba en ese artículo el blog En Ocasiones Veo Bares, tapadera tras la que trajina el abogado Alberto García Moyano. Desde entonces, el letrado ha pasado de la teoría a la práctica: rescata bodegas amenazadas. Es otra forma de arqueología urbana. Unos se dedican a los mosaicos romanos y, otros, a las ánforas. Tenía curiosidad por saber quién era hombre con capa jurídica por las mañanas y camisa desabrochada por las noches. Me envió un correo largo como una sentencia y quedamos en la Montferry, una de las dos tabernas de su protectorado. La segunda es Carol, asociado con otro activista, Shawn Stocker, de Moviment de Defensa de les Bodegues de Barri.

Llegó el jurista Moyano con corbata y, al minuto, con el vermut, se transformó en el tabernero Alberto. Buen vermut, de lo mejorcito que he probado, aunque tendrían que pinchar la aceituna en un palillo largo para no tener que salvarla con los dedos de una muerte por ahogo.

La Montferry, abierta en 1965, se la quedó Marc Miñarro, un geólogo que cambió rocas por cazuelas. Alberto supo del traspaso y lo ayudó con las tribulaciones jurídico-financieras. Hoy sigue como vocero de los platillos de la casa. Y como ideólogo de los antiguos abrevaderos reflotados con sangre nueva. La filosofía es limpiar sin cambiar. Conservar la memoria en barriles. “Intentamos mantener al público de toda la vida y abrirlo a las nuevas generaciones”, apuntala Marc. Entra uno de esos clientes con poso y, al rato, otro con rastas, tatuajes y pantalones surferos.

Pudiendo elegir vinos con etiqueta, me apuntó al granel. Primero priorat y, después, daurat de Gandesa. En el trasfondo de este sitio hay una amistad antigua y un pueblo de Castellón, Coves de Vinromà, donde unos veranearon y otros son originarios, como Marc y Ana, camarera de la Montferry.

Buenas croquetas (de rostit y de queso con calabacín), patatas de la variedad agria con chipotle y romero (una suerte de bravas), albóndigas correctas (en el límite de sal) y un cap-i-pota con nota alta, según la receta de la suegra, Rosita. La pareja del cocinero, Raquel, prepara tortillas. Y son terapéuticos los bocadillos, uno distinto cada día. En su testamento, Alberto escribió: “Se han convertido en la estrella, aunque de ninguna manera iban a ser elemento principal”. La oferta es corta. Mejor pocas cosas pero bien hechas que una inabarcable desmesura. Marc es nuevo en el oficio y conoce sus límites.

En la bodega Carol, Alberto sí es copropietario: “Hemos querido hacer un bar con una orientación más cañí con clásicos poco conocidos por aquí. Cecina (de vaca y de toro), chicharrón de Cádiz…”. ¿Crecerá el imperio de la bota? “Ofertas tenemos, pero hay que consolidar primero”. Aviso a los emprendedores: reciclar lugares con alma es más económico y coherente que contratar a un decorador para que disfrace lo nuevo de viejo.

En un cartel escriben: “Aquí solo se aceptan tarjetas black”. Humor black.

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Esta taberna clásica, reabierto por blogueros apasionados por la bota y la tapa, aplica su filosofía en unos desayunos en los que sobresalen los bocadillos, que por su dimensión, merecen el calificativo de desayunos de cuchillo y tenedor: el de butifarra con dados de berenjena o el de atún del bueno con queso y tomate seco son algunas de las sorpresas que os esperan.

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