El viaje que nos propone la estadounidense Paula Vogel en Com vaig aprendre a conduir es de una potencia abrumadora, duro de ver y duro de asumir, porque lo que ocurre en esta familia de Maryland no es, ni mucho menos, extraño, ya que los datos cantan: la mayoría de los abusos sexuales a menores se producen dentro del núcleo familiar. El acoso que sufre Coseta (Mireia Aixalà) por parte de su tío Peck (Ivan Benet), desde finales de la infancia hasta la llegada a la mayoría de edad, es aterrador. Pero Vogel sabe plantearnos esta historia de terror con amplitud de miras, sin dejar cabos sueltos, a través de una mirada que, sobre todo, quiere entender.
Estrenada en 1997 en los EE. UU., Com vaig aprendre a conduir fue una de las primeras obras que trataban este tema. Y la autora siempre ha dicho que lo que más le costó fue no mostrar a Peck como un simple monstruo de manual, sino también como una víctima, porque quería desesperadamente saber por qué llegó a donde llegó. Hacia el final de la función, Coseta se pregunta si él también fue víctima de un abuso cuando era pequeño. Porque también es habitual que los verdugos hayan pasado antes por el cadalso.
Tanto Mireia Aixalà como Ivan Benet están extraordinarios
La tarea que tenía Marilia Samper a la hora de levantar el montaje no era nada fácil. De entrada, necesitaba una pareja protagonista creíble, y lo cierto es que tanto Aixalà como Benet están extraordinarios. Ella manteniendo el nivel demostrado, por ejemplo, en Coralina, cercana y atenta, consciente del daño recibido. Y él, en el papel más difícil de roer, el de este hombre con cara de buena persona, comprensivo, pero torturado y un poco escurridizo. Ambos tienen a su alrededor a tres intérpretes (Kathy Sey, Blai Juanet y Alba Gallén) que terminan de redondearlo todo, un coro griego que hace todos los papeles que completan la obra y que actúan como un metrónomo, controlando el tempo de la función.
Samper ha optado por un espacio modular, casi vacío, ya que casi todo sobra aquí. Resuelve muy bien el reto que suponen los saltos temporales de una obra narrada en presente, a los 48 años de Coseta, pero que da continuos saltos adelante y atrás, de los 18 a los 11 años, cambia de escenario con velocidad cinematográfica y nos asesta bofetadas todo el tiempo.
El impacto de Com vaig aprendre a conduir durará días, quizás años, porque es muy difícil mostrar un acto tan cruel con tanta sabiduría. Lo mejor de todo, sin embargo, a nivel teatral, es cómo los intérpretes consiguen eso tan sublime de mostrarlo todo sin exhibir nada.

