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Reseña
Al final del segundo acto de El barquer, la tía Maggie (Anna Güell), dice: "Si una cosa he aprendido, en esta vida, es que el amor no es nada más que dolor". Justo en aquel momento parece una frase fuera de lugar, una ida de olla de una mujer mayor que no está en sus cabales, que vive del pasado y que no está muy atenta al drama que se está cocinando ante ella, cuando hace nada que los Carney han conocido finalmente qué le pasó a Seamus hace diez años. Pero cierra el acto porque es una premonición, nos está diciendo, en el estilo mágico y metafórico de Jez Butterworth, qué pasará después, cuando el conflicto político y el conflicto íntimo que viven los Carney converjan.
Seamus es el hermano de Quinn (Roger Casamajor) y el marido de Caitlin (Mima Riera), militante del IRA desaparecido hace una década y que, en buena medida, ha marcado la vida de la familia Carney durante estos años. Su esposa y su hijo se trasladaron a casa de Quinn y Mary (Marta Marco) y, esperando, hemos pasado de 1971 a 1981, mientras el conflicto norirlandés crecía y se llegaba a las huelgas de hambre de prisioneros de la banda armada que acabaron muriendo.
Julio Manrique sabe muy bien lo que se hace con una compañía tan amplia
Butterworth nos cuenta todo esto a través de una obra maestra que tiene un aire de tragedia griega sin dejar de ser nunca muy contemporánea, porque el drama familiar de los Carney no es del siglo V a.C., sino muy actual. La complejidad de la obra es máxima, con el añadido de que requiere una veintena de intérpretes de tres generaciones que serán los encargados de lidiar con el conflicto político y explicarnos qué pasa cuando la violencia se enquista en un lugar y alguien quiere dejarla atrás.
Julio Manrique sabe muy bien lo que se hace con una compañía tan amplia, sabe mover a actores y actrices por un espacio relativamente pequeño para lo que es la sala Fabià Puigserver, se hace suyos los dos conflictos y nos los explica con la transparencia habitual. Tener a diecinueve intérpretes y conseguir que todos estén excelsos es mérito del director, incluso que nos llegue una historia tan local como si nos estuviera hablando de algo muy nuestro.
De todos los recitales que contemplamos, el de Riera es de traca. Debe mostrar una cierta contención expresiva porque su marido ha desaparecido y tiene un hijo adolescente que criar en medio de seis primos, pero no puede dejar de ser la mujer encantadora y luchadora que siempre ha sido. A su lado, Casamajor es el hombre firme que hace años tomó una decisión y piensa respetarla pase lo que pase, pero es humano y duda. Alrededor de ambos, tenemos a los viejos contadores de historias, unos brillantes Carles Martínez (tío Pat) e Imma Colomer (tía Pat), cara y cruz de una misma moneda. Y los jóvenes, que serán clave en el desenlace de la trama. Incluso los externos, como el padre Harrington (Santi Ricart), el granjero Tom Kettle (Norbert Martínez) y Muldoon (Ernest Villegas), la clavan.
A nivel humano, Manrique no falla. Otra cosa es hablar de la construcción imaginaria del espacio. No ha tenido mucha traza en ello. La escenografía es casi idéntica a la del montaje original del Royal Court de Londres que dirigió Sam Mendes, con algunos añadidos colaterales. Y un telón entre el escenario y la platea que aporta poco, más bien nos aleja.
Con todo, El barquer es un gran montaje teatral que lo tiene todo para convertirse en un éxito y no terminarse en las seis semanas que estará en el Lliure. Debería poder viajar.
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