Cuando L'amor venia amb taxi baja el telón, cuando la compañía ha encontrado una solución a una de las tramas de la obra, cuando la función está en lo más alto, a pesar de llevar casi dos horas y media en el teatro, nos asalta una chispa de tristeza, porque nos habríamos quedado una hora más contemplando un espectáculo redondo, divertido, riguroso, musicalmente delicioso, y con unas interpretaciones de aúpa. Habríamos querido preguntar a la compañía de la parroquia de Nuestra Señora de la Luz qué obra harán el año que viene, si piensan ensayar los martes, como siempre, quién hará de protagonista, si el tramoyista tendrá, finalmente, un papel, qué ha pasado con los que se iban a ir a Sevilla. Como en las mejores obras, estos personajes pasarán a formar parte de nuestras vidas.
La Cubana ha conseguido crear un icono a través de un mecanismo que llevan explotando muchos años, que no es otro que hablar de teatro desde un escenario. Llevan 40 años dedicándose a esto. Y lo llevan a cabo, además, ejecutando un homenaje brillante a toda la gente tocada por el veneno del teatro, todos los aficionados que, semana tras semana, se reúnen para montar una obra que representarán un día. Eso es L'amor venia amb taxi, la inmersión en una compañía amateur que, tras hacer Els pastorets, decide enfrentarse al último éxito de Rafael Anglada, la pieza que da título al montaje.
Tenemos homenajes a Bella Dorita, a Capri, a los Santpere
Seguiremos sus ensayos mes a mes, de enero a septiembre, nueve escenas que la tropa intercalará con un muestrario bastante amplio de lo que era Barcelona, teatralmente hablando, en 1959, año en que se sitúa la función. Tenemos homenajes a Bella Dorita, a Capri, a los Santpere, que van en paralelo a las mujeres y los hombres que mantuvieron vivo el teatro catalán en pleno franquismo, anónimos muchos, pero otros con nombres y apellidos como los hermanos Peris, los hermanos Salvador o la editorial Millà... Todo aderezado con música de vodevil y temas nuevos no menos valiosos escritos por Joan Vives y Xavier Mestres, como las ocurrentes Cançó del tresillo o Per amor a l’art. Todo un lujo de montaje musical.
Pero no hay duda de que el meollo lo encontramos en el guion escrito por Jordi Milán, Toni Sans y Rubèn Montañá, rico, poroso, sin ningún cabo suelto. Además, Milán, alma mater de La Cubana, dota su dirección de un ritmo endiablado, en un montaje con pocos altibajos y, cuando los hay, dotados de una intensidad emocional notable, como cuando aparece el apuntador, en un monólogo de tono shakespeariano. De principio a fin, la trama de enredos de L'amor venia amb taxi nos atrapa, y pronto sentimos muy cercanos a los personajes. Hay guiños para todos los gustos.
De principio a fin, la trama de enredos de L'amor venia amb taxi nos atrapa
Oriol Burés, Anna Barrachina, Bernat Cot y Maria Garrido destacan en un reparto con caras conocidas de La Cubana de los últimos años donde todo el mundo brilla con luz propia. No hay nada ni nadie que sobre, nada ni nadie que no esté a la altura. La cohesión que ha conseguido Milán es digna de mención.
Con Gente bien (2016), seguramente se quedaron a medias. Con Adeu Arturo (2021), no acabaron de encontrar el tono. Ni siquiera Campanades de boda (2012) se acerca a la versión de La Cubana que ha estrenado L'amor venia amb taxi en el Romea. Seguramente, las dimensiones de la sala les han obligado a recortar, a limitarse en algún sentido, a evitar los fuegos artificiales. Y de cerca, ganan mucho. No os la perdáis.

