Las cenas, en el teatro, las carga el diablo. Colocar en escena a unas cuantas parejas alrededor de una mesa es sinónimo de comedia, de confesiones y de juerga asegurada. Y, en este sentido, Perfectes desconeguts no es muy diferente a algunos de los clásicos, teatrales o cinematográficos, de los últimos tiempos, como El sopar dels idiotes, The party o Els veïns de dalt. El tema siempre es qué provoca que la comida descarrile. Y aquí Paolo Genovese decidió hacer que sus comensales, amigos desde hace dos décadas, aceptaran la apuesta de abandonar los móviles en la mesa y compartir todo lo que les llegara mientras cenaban.
Estamos en casa de Mònica (Marta Bayarri) y Ferran (Eduard Farelo) la noche de un gran eclipse de luna. Los primeros en llegar son Toni (Albert Prat) y Carlota (Vanessa Segura), seguidos de Edu (Cristian Valencia) y Alba (Júlia Molins). Pep (Biel Duran), el divorciado del grupo, viene solo. Todos son profesionales liberales, excepto Edu, que conduce un taxi, y todos representan un cierto estereotipo: la madre agobiada, el padre despreocupado, la taciturna, el buenazo, la divertida... Todos, también, tienen algún secreto. Y el juego del teléfono, propuesto por Alba, les pone nerviosos: algunos aceptan enseguida, confiados, otros se resisten, sospechosos.
Los intercambios son rápidos, fluidos, el movimiento es continuo
David Selvas dirige una función que entra sola, como las copas de vino que bebe Carlota. Los intercambios son rápidos, fluidos, el movimiento es continuo. No están ni cinco minutos sentados a la mesa. La coreografía es perfecta. Las desavenencias no son políticas, sino más bien de tipo sexual, en lo que sería una típica comedia pequeñoburguesa contemporánea. Con todo, hace reír, sobre todo porque los intérpretes saben muy bien qué tienen que hacer en todo momento.
El problema es más bien de orden dramatúrgico. Genovese nos planta en las narices un texto naturalista, donde vemos pronto que la comedia corre el riesgo de transformarse en drama. Pero en un momento determinado de la obra, decide dar un golpe de timón y llevar la función hacia otro lado, en un giro muy eficaz, brillantemente pensado y ejecutado. Remata la cuestión sobre el fondo del asunto: ¿queremos saberlo todo de la gente que queremos o preferimos mantenernos en la ignorancia, reír y pasárnoslo bien?
La segunda opción es la fácil y no sé si, a nivel teatral, aporta gran cosa. Genovese podría habérsela jugado, ir hasta el final e imaginar un desenlace para su historia. Pero decidió jugar la carta de la fantasía.

