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Rocío Muñoz Cobo
©Lardiez

Rocío Muñoz-Cobo: "Me ha costado interpretar a una mujer que está por debajo de su marido"

La actriz interpreta a Doña Dolores de 'Las bicicletas son para el verano' en el Teatro Fernán Gómez

Por Álvaro Vicente
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Fernando Fernán Gómez ganó el Premio Lope de Vega con 'Las bicicletas son para el verano' en 1977. La obra, que cuenta la historia de una familia de Madrid durante la Guerra Civil Española, se estrenó en 1982 en el Teatro Español, de donde pasó al Centro Cultural de la Villa para seguir con éxito en cartel varios meses. En 2017 se volvió a montar y estrenar en el Teatro Fernán Gómez, con Llum Barrera en el papel de Doña Dolores, madre de la familia protagonista, papel que luego en gira haría Nieve de Medina y que ahora recae en Rocío Muñoz-Cobo en su vuelta a un teatro, el de los bajos de la plaza de Colón, que está celebrando su 40 aniversario. 

Se cierra el círculo: 'Las bicicletas son para el verano', de Fernando Fernán Gómez, vuelve al Teatro Fernán Gómez.
Vuelve conmigo, después de Llum Barrera y Nieve de Medina. Precisamente vine el año pasado al Fernán Gómez a ver a Llum hacer este personaje. Tengo una foto en la que estoy mirando el cartel que se me ve toda la carilla de: ay, cómo me gustaría hacer esta obra a mí. 

Así que cuando te llamaron tuvo que ser una fiesta…
Fue una sorpresa increíble, porque también para mí era meterme en el reto de hacer un personaje completamente distinto a lo que venía haciendo hasta ese momento, después de Lady Macbeth  o de 'Alma', la adaptación de 'Persona', de Bergman. Es ese tipo de cosas que se vienen repitiendo y, claro, hacer a Doña Dolores, que no tiene nada que ver con esas mujeres, es un auténtico regalo. 

Berta Riaza, Gloria Muñoz, Llum Barrera y Nieve de Medina han sido Doña Dolores antes que tú. Es una lista en la que mola estar, ¿no?
Para mí es como que me hagan un 'upgrade', como estar en un avión y que venga una azafata a decirme que puedo pasar a primera. Lo recibo con mucha alegría porque, bueno, me tocaba por edad, pero como tampoco tengo un físico que corresponda a mi edad, aún no me habían situado en esa franja de mujeres. Es todo un honor, recién llegada al olimpo de las damas del teatro, ¡por fin!

Bueno, para algunos ya eras una dama del teatro…
Te lo agradezco muchísimo, pero yo necesitaba una confirmación (risas). 

En el momento en el que sabes que vas a hacer la obra, aunque conoces el texto y has visto el montaje, ¿qué sensaciones te recorren?
Cualquier actriz te va a decir lo mismo y la que te diga que no, miente: fue horroroso, porque tienes en una balanza lo que más te apetece, lo que sabes que puedes hacer, que por fin te han dado la oportunidad, y por otro lado un pedazo de texto enorme, muy complicado, con un arco de personaje muy bonito que hay que contar, y además te subes a un carro en el que los demás llevan un año ya y ya han tenido dos madres, con dos energías diferentes. Pero me he encontrado con gente hermosa y muy generosa que me decía: vente a mi casa a tomar un café y hacemos lo que necesites, pasamos las escenas… Que es lo que debería ser, porque al final el trabajo revierte en la obra, pero no es lo que te encuentras habitualmente, y cuando lo encuentras tienes que decirlo: es gente generosa al límite. 

¿Qué ha sido lo más complicado?
Lo que más me costó, fíjate, es encarnar a este tipo de mujeres que había en la guerra que estaban un peldaño o dos por debajo del marido, porque al principio yo le hablaba a Patxi Freytez, que hace de mi marido, pero le hablaba de tú a tú, y no es así, hay que bajar un par de escalones, para todo: según entras por la puerta quitarle la chaqueta, llevarle las zapatillas, ponerle el cenicero para que se fume un puro… este punto claramente inferior, que yo no tengo, porque yo nací sin él, es algo que no he tenido que revivir, sino encontrar para estar cómoda y no sufrir.

Qué paradójico tener que bajar dos escalones como mujer para estar cómoda como personaje.
Es que, a ver, ellas no se lo planteaban, ellas habían nacido ahí, sus madres y sus abuelas se comportaban así. Ya sus hijas empezaban a querer dejar de estar esos dos escalones por debajo, pero esa generación había nacido ahí y era lo normal. Ha sido muy interesante y tengo que decirte que en algún momento he llegado a pensar que no se está tan mal aquí en casa, cosiendo, sin tener que salir a la calle a buscarte un sueldo. Cuando estudié con Juan Carlos Corazza, en nuestra muestra de final de carrera hice 'Nuestro pueblo', de Thornton Wilder, y ahí encontré ese placer de no aspirar a nada más, que no digo que sea bueno ni malo, sino simplemente vivir una vida donde no se aspira a más que a dedicarte a tu casa y a tus hijos. 

Si es una decisión consciente y voluntaria, no impuesta, es respetable, ¿no?
Bueno, mi personaje es así y en ningún momento quiere salir de la casa, ella lo que quiere es que se acabe la guerra para que su familia vuelva a ser lo que era, nada más. 

A la hora de introducirte en este contexto de Guerra Civil, ¿investigas o te dejas llevar por el texto? Porque el texto es una maravilla…
Si tú estás bien, estás tranquila, estás respirando y has hecho todo el trabajo inicial, es imposible no entrar con ese texto, y aparte el montaje ayuda, porque tiene muchos efectos que ayudan, suenan las bombas, los aviones... El texto te arrolla, te lleva, y llega un momento en el que Dolores va recibiendo una detrás de otra, es acumulativo emocional y vivencialmente, hasta que llega el final y ves que aquella mujer del principio que dominaba la situación es otra. 

¿Habías trabajado en alguna otra obra o película con la Guerra Civil como contexto?
No. La tengo muy presente porque mi pareja, Arturo Ruiz Serrano, es un erudito. Él hizo un corto, 'Paseo', que habla de esto, y lo siguiente que hizo fue una película que habla de esto también, 'El destierro'. Entonces, para mí es una constante en mi casa, tiene todos los libros, el cine que le gusta es este, le gusta hablar de esto… me ha ayudado muchísimo, imagínate, porque para mí, tengo que reconocer que era una historia cerrada, olvidada, y a él le gusta continuar contando esta historia. Y ha sido una suerte tenerlo ahí, claro, porque me ha ido desgranando un texto que está lleno de referencias. 

¿Qué crees que tiene esta obra de especial respecto al tema, que ha sido tratado hasta la saciedad, sobre todo en el cine?
Esta obra, a pesar de que nos dicen que está contada desde un punto de vista, yo creo que no, porque en la casa están todas las visiones de la guerra. En la familia, mi marido es más de izquierdas, mi hijo es súper idealista y yo soy una mujer muy conservadora. Y al final la guerra nos pilla a los tres. Dolores representa a una generación de mujeres que ni siquiera creo que tuvieran ni ideología, porque ella se pasa la obra entera preguntando qué es un golpe de estado. A ella le da igual quién gane, lo que quiere es que esto se acabe. 

¿Conociste a Fernando Fernán Gómez, por casualidad?
No, ya me hubiera gustado, me hubiera encantado. El documental de Trueba me lo he visto 500 veces, en mi casa somos muy fans. Es un tipo de persona, por su forma de pensar y de comunicarse, que me gusta mucho. Dentro de mí vive un pequeño Fernán Gómez, uno pequeño…

No vas a mandar a la mierda a nadie así como él…
No… bueno, no sé… Antes seguro que no, pero ahora con 46 años me lo pienso. Camino de los 50 o los 60, un buen día mandaré a la mierda bien alto. Era su forma de pensar y de reaccionar, y por qué no. Era un tipo súper íntegro y sobre todo era un escritor cuya talla no se conoce realmente, porque esta obra es redonda, no da puntada sin hilo, es espectacular cómo está construida. 

Pues habrá que ir al Fernán Gómez a descubrir al escritor Fernán Gómez…
Sí, tengo muchas ganas de que la gente venga al teatro, y te diré por qué: creo que esta es una obra que cae en selectividad (risas). No, es broma, es una obra para todos los públicos, ahí están reflejadas todas las edades, todas las situaciones y además es nuestra Historia, nos guste o no. Y es un sitio al que ojalá nunca tengamos que volver. Aunque solo sea por ver lo que ocurrió con estas personas, merece mucho la pena verlo, y verlo en familia. Porque yo lo he podido comprobar cuando ha venido mi familia: cuando acaba esta obra, la familia está como más unida, hay algo muy bonito, porque después de las desgracias, la familia se mantiene erguida como un tronco. 

Qué bonito que ocurra eso en un teatro y que sea a través de eso, de nuestra Historia…
Claro. Yo nunca había pensado en la guerra, pero ahora sí pienso. Sobre todo porque mi hijo, que tiene 8 años, que quiere saber siempre qué estoy haciendo, me ha preguntado de qué va la obra y, después de contárselo me ha dicho: pero mamá, ¿aquí puede haber otra guerra? Y le digo: no. Pero, ¿estamos seguros de que no? 

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