Bares de barrio en Barcelona

La esencia de la ciudad está dentro de sus locales más auténticos. Bienvenidos a los mejores bares de toda la vida

© Iván MorenoBar la Ramona

No los encontraréis en el meollo de Barcelona. Difícilmente los pisa algún turista despistado. No saben qué es el diseño de interiores y prefieren las anchovas a los huevos Benedict. Más que bares, son puntos de reunión de los vecinos, sitios donde se cocina, y mucho, todo lo que se pone en el plato y el vaso. Donde la gente se saluda por su nombre. Si los queréis conocer, os están esperando.

Bar Andalucía

“Tenemos un pequeño don, que no se puede fingir”, dice Antonio Gutiérrez, en el Bar Andalucía. Se queda corto: en términos de bonhomía, Antonio es una fuerza de la naturaleza. Si tiene tiempo, al cabo de tres minutos ya te estará explicando que sus hijos no comen fruta porque no quieren pelarla. Este barazo, nada de barecillo, abrió en 1969, en el corazón del Poblenou fabril, y ha visto todas las transformaciones del barrio, siempre dando de comer y de beber a los currantes. Es un hombre de detalles: si vas a comer –un menú excelente a 10,90 euros con... ¡once primeros y catorce segundos!– te pondrá un platito con patatas chips y fuet de cortesía, también una botella de moscatel frío con la tarta de Santiago. Antonio sufre de verdad para que estéis bien.

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El Poblenou

Bar Casi

Xavi Montes es un tabernero vocacional, de esos que son mucho más amables que graciosos. Y en el Bar Casi, con una fachada de bareto de carajillo guerrillero, es donde despliega todo su encanto natural. En la parte más empinada y desierta de Gràcia, el Casi abrió el año 1978 (veréis la licencia con la mirada de orgullo de su padre enmarcada en un rinconcito). Cuando pasas por un barrio desierto y ves un bar a petar de gente, algo bueno tienen que dar. Son seis mesas en un bar que no está sucio, pero que no tiene nada del otro mundo. Aparentemente. Esconde una calidez y un dinamismo especial: Montes cada día pone en juego almuerzos de cuchillo y tenedor y un menú a diez euros (generoso, casero, fuera de serie) y su carisma. Aquí te llaman 'rey' y te atienden desde el primer día como si fueras cliente desde hace veinte año.

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Vila de Gràcia
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Surf Bar

Toda una rareza: un bar de barrio dedicado a la música surf y al garage-punk en el viejo Poblenou. Su propietario, Lluís Platas, pertenece a la vieja guardia mod barcelonesa –es decir, a los heroicos cuatro gatos– que eran los plameros de Los Negativos y Brighton 64 en los 80. El Surf Bar es como la sala de estar de los vecinos de la esquina –de hecho, alguno incluso se ha dejado el colgador– aliñado con memorabilia garajera: pósters de conciertos enmarcados, máscaras de luchadores mexicanos e incluso un cuadro de Ringo Julián. Lluís es simpático y si tenéis palique os dará cancha; su hija cocina su propia comida mexicana y las cervezas están bien tiradas (él era comercial de alcohol). Y el día menos pensado os podéis encontrar una sesión o un conciertillo a cargo de los clásicos mods locales.

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El Poblenou

Las Delicias

Queda mal explicar qué encontrarás en el Carmel si no has ido nunca. Las cosas han mejorado –supongo–, pero la herencia franquista y porciolista todavía se mastica en trocitos de miseria vertical. El Delicias es el alma de un barrio que nació desarraigado: en los 60, era el punto de llegada de centenares de familias andaluzas que venían huyendo de la miseria. Hoy todavía suben hasta allí los románticos que buscan la ternura de la alcantarilla de 'Últimas tardes con Teresa', y sobre todo quienes quieren comer a base de tapas sencillas, buen producto y medidas pantagruélicas. Hay que ir expresamente pero es un 'must': tiene el encanto de un bar de camioneros puesto en los más alto de Barcelona, donde abuelos con boina y corbata recapitulan el tiempo pasado con guasa. ¡Te puedes comer un plato de arroz negro más que digno por seis euros!

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Horta - Guinardó
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Cafeteria Palmer

Contra las panaderías satánicas que te clavan siete euros por un café horroroso y un bocadillo de chicle, la Palmer es sinónimo de café del bueno (Novell gama alta) y bocadillos memorables, de tamaño XL y precio diminuto: pan de primera, de la panadería Serra, y embutido y bull telúricos exhibidos en piezas enteras en un frigorífico metálico. Calientes por fuera y por dentro, con un vaso alto de café con leche son el paraíso del almuerzo. “Es un proceso fácil pero se tiene que hacer bien. Todo está inventado”, dice Josep Carrasco. Sus abuelos abrieron la cafetería en 1944 y él la lleva desde 1999. Sólido y sencillo: de lunes a sábado, de 6 a 15 h, bocadillos y café. Medio Poble-sec desayuna aquí, como quien dice.

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El Poble-sec

Santutxo

El Santutxo está lleno de radios de los Encants, primeras ediciones del Avui y del Diario de Barcelona, billetes y monedas bajo un cristal en la barra y vinilos que hacen las veces de manteles individuales. Tiene personalidad, como su dueño, Ismael, que es un encanto: te recibe con una sonrisa de oreja a oreja, siempre termina las frases con “vida meva” y te hace sentir como en casa –¡además de ser fenomenal tirando cañas! En el fondo del local hay un tesoro: un patio interior donde se está de maravilla. Para comer, sus saquitos de brandada de bacalao son una gran opción, o las chips de moniato con salsa brava casera.

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El Camp de l'Arpa del Clot
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Bar L'Olivera

En la amplia acera soleada, las cuatro mesas de L'Olivera son más preciadas que el oro: no es nada raro, sus platillos son excelentes y el trato de camareras tan atentas como Carolina, también. Por 6,25 euros te puedes comer un brie tibio con miel de trufa y jamón de pato curado por ellos mismos que es de lagrimita. Los buñuelos de bacalao, esponjosos como una nube salada, se deshacen en la boca. Por 3 euros, vermut y tapita. El diseño del local, sobrio y contemporáneo, lo aleja del bar tradicional y atrae a modernos y extranjeros. En la puerta, una olivera recuerda a la madre del dueño, que tenía ese apellido.

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El Clot

Celler Ca La Paqui

Delante del edificio más antiguo del barrio, la Torre de Sant Joan del Clot, desde el año 1983 está la bodega de Ca la Paqui, antes una mercería. Ella y su marido, Juan, se encargan de vender vino a granel –gandesa, priorat y rioja–, vermut de la casa y anchoas del Cantábrico, que limpian ellos mismos con mucha dedicación y acierto. También sirven patatas de Olot, rellenas con carne, y todo tipo de tapas –pulpitos, albóndigas con sepia, gambas saladas– a buen precio. La bodega es pequeñita y por las noches y a la hora del vermut se llena hasta los topes. El matrimonio es muy simpático y hacen que sea una gozada ir a tomar algo.

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El Clot
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Bar la Ramona

En abril hará tres años que Ángela y Cristina abrieron este local con ganas de juerga. En la salita interior, entre los sifones, tienen todo tipo de muñecas Barbie con los pechos al aire y faldas de mantel, cada semana cuelgan un playback musical en su Facebook: ellas son así, divertidas y gamberras. Desde la cocina a la vista preparan el bistec tartar (14 euros) al momento –¡como debe ser!–, unos raviolis de la sister (pasta filo, cebolla caramelizada, queso azul, mermelada de tomate y al horno, 7,5 euros) y el menú de mediodía (10,90 euros). ¡Hacen un café y un pastel de zanahoria buenísimos!

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Camp d'en Grassot i Gràcia Nova

El Moll d'en Rebaix

Una de las fiestas más populares de la Barceloneta son los coros, esos grupos del barrio que se reúnen una vez al año para gritar fuerte. En el Moll d’en Rebaix se reúne una cada viernes, unos 35 hombres que van a tomarse quintos y a comer pescadito, caracoles o la variada –combinado típico de la Barceloneta con anchoas, boquerones, sepia, calamares y gambas por 10 euros– del Paco, el dueño. El local está lleno de fotos de Marilyn Monroe y de frases como esta: “Deberían abrir los bares solo para cerrar las heridas y sentir que cada mañana es olvidar cada día”.

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Bodega Josefa

A simple vista, el Bar Bodega Josefa –Pepeta’s para los amigos– es un parque temático de lo kitsch: cada centímetro de esta taberna casi centenaria está cubierto por parafernalia reminiscente del Far West (pronunciadlo como lo haría vuestro abuelo: far best). La historia es entrañable: Pepeta, la tía de los propietarios actuales, los hermanos Jordi y Manel Balsalobre, trabajaba allí y se hizo cargo del negocio cuando murieron los propietarios. En los 80, Manel entró para ayudarla y lo heredaron. Son especialistas en bocadillos de tortilla: cuando pides uno, te hacen entrar en la cocina, echas un vistazo a las tortillas y decides cual quieres. También el menú de mediodía y las tapas están buenísimos. Si el Barça juega, estará abierto aunque sea Navidad.

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Sarrià - Sant Gervasi

Bodega Floren

En la frontera entre Sants y Hostafrancs, la Bodega Floren es un bálsamo para el trabajador cansado: cuando la ves de lejos aunque no hayas estado, intuyes que dentro encontrarás un respiro. Va más allá: entrar induce a la meditación y a la calma. Supongo que ha influido que en una plaza de peatones el aragonés Florencio Ibarra declinara la oportunidad de tener terraza. Demasiado trabajo. Y quizá tiene razón, porque su trato con el parroquiano, exquisito, ya implica dejarse la piel. Solo encontraréis el mejor producto con DO a precios difíciles de creer: longaniza de Graus, cecina de León, morcilla de Burgos y un jamón excelente.

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Sants
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L'Anònima

Desde mayo de 2015, el Clot tiene un casal popular independentista, una entidad abierta y participativa impulsada por los vecinos. La autogestión, la cooperación, la solidaridad y el activismo son sus pilares. Se hacen debates –sobre la revolución feminista de Kobane y Rojava, por ejemplo– y tertulias –una de las últimas, sobre los resultados de las elecciones del 20D– y se pasan partidos de fútbol para verlos juntos. Si os apetece tomar algo por la tarde-noche o hacer un vermut dominical a precios populares y en un ambiente libertario explícitamente opuesto a la dominación patriarcal y sexista, L’Anònima es vuestro lugar de referencia.

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El Clot

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