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Star wars: #PostFunción

Por
Josep Lambies
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En 1977, cuando se iba a estrenar 'Una nueva esperanza', nadie esperaba que 'Star wars' acabaría cuajando como la saga de más éxito de la historia. Y eso que George Lucas tenía una fórmula comerical infalible, que consistía en fusionar los grandes héroes galácticos de la cultura pop, como el supersónico Flash Gordon, con las leyendas fundacionales de las mitologías de aquí y de allá. Lucas quería llevar el rollo 'artie' espacial del '2001' de Kubrick a la esfera del consumo familiar, como una película Disney. 'La guerra de las galaxias' era una película pensada para niños de entre 8 y 12 años. Y aquí dio en el clavo. Los niños que en 1977 tenían 12 años, ahora acaban de cumplir 50, y a lo largo de las décadas han arrastrado hornadas y hornadas de fanérrimos que se han unido al culto en el planeta Tatooine. Y son ellos los que han convertido el 'Episodio VII: El despertar de la fuerza' en un evento bíblico.

Si aún no la habéis visto, tapaos los ojos, porque lo que viene a continuación puede contener algún 'spoiler'. Yo fui el viernes 18 de diciembre por la mañana, en la matinal de la sala Phenomena, y tuve que esperar unas horas porque en caliente me salían chispas de los dedos. Muchos estaréis de acuerdo, es una película brutal, en cuotas asociadas a JJ Abrams, a la misma velocidad épica que hizo que nos tragásemos 'Lost' hasta el final, incluso cuando ya nos parecía infumable, hipnotizados aún bajo el poder del clímax de momentos estelares. 'Not Penny's boat'. El pulso se nos acelera desde el momento en que vemos al 'stormtrooper' con las tres rayas de sangre sobre el blanco de la máscara. El despertar de la conciencia, el individuo que se separa del rebaño. Decía Lucas que para construir la imagen del imperio del mal se había inspirado en las filmaciones de Leni Riefenstahl, la propagandista del régimen nazi, en aquellas cintas donde se veía la avioneta de Hitler sobrevolando las calles de Nuremberg en 1935. Aquí, la iconografía fascista es aún más obvia.

Tenemos un dilema moral, el del primer soldado de la guardia de asalto que decide cambiar su código alfanumérico por un nombre de pila. Tenemos un robotito esférico, una taberna llena de bestias tentaculades que emula aquel antro de los inframundos planetarios en el que Luke Skywalker conoció a Han Solo, y tenemos mucha nostalgia. En el fondo, todo parece meticulosamente diseñado para que nos recreemos en nuestro recuerdo de la saga original, para no decepcionar la expectación de los fans que siguen revisando los seis primeros episodios en 'loop', como si la industria del cine no hubiera dado nada más. 'El despertar de la fuerza' es en realidad un espejo del pasado, cortado bajo el mismo patronaje que hizo que la primera película arrasara.

El dron BB-8 –una especie de Wall-E de una galaxia muy lejana– lleva información clasificada en su 'back-up' como R2-D2 llevaba el mensaje de socorro de Leia Organa a Obi Wan. Los amores continúan, la herencia familiar sigue su curso. Hay una elipsis temporal, pero la historia se repite. La Fuerza que fue a elegir a Luke como el hombre entre un millón apunta su mirada astuta esta vez en Rey, una pobre chica en un planeta convertido en vertedero que espera a su familia desaparecida. Y nosotros nos pegamos a la pantalla por el atractivo magnético del 'has been', del que fue. Era lo que pedíamos, y J.J. Abrams sabe cómo satisfacernos, como ponernos la piel de gallina porque salimos del cine sin reprocharle nada. ¿Es todo una trampa? ¿Hay algo nuevo bajo el sol? Pensad en ello. Pensemos en ello. Tal vez, cuando se nos haya bajado la fiebre. Mientras tanto, disfrutad del espectáculo.

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