'La mort i la primavera'
Foto: Sílvia Poch / TNC | 'La mort i la primavera'

Reseña

La mort i la primavera

4 de 5 estrellas
Marcos Morau se acerca al universo de la Rodoreda más literaria y poética en un montaje oscuro y precioso, más propio que rodorediano
  • Danza
  • Crítica de Time Out
Andreu Gomila
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Time Out dice

De entrada, hay que dejar clara una cosa: trasladar La mort i la primavera a otro lenguaje que vaya más allá de la página escrita, lejos de la casi perfección de cada frase, cada adjetivo, cada palabra, no es un trabajo titánico, sino imposible. Sumergirse en la novela inacabada de Mercè Rodoreda es una experiencia única, inolvidable. ¿Es posible, entonces, llevarla a escena, al directo de una función? Sí, claro, porque en teatro o en danza, se puede hacer todo y se puede hacer muy bien. Marcos Morau, a quien no le asustan los retos, se ha sumergido de lleno y ha levantado una pieza de aspiración monumental.

Durante el primer tercio de la función, Morau, sus siete bailarines y la cantante Maria Arnal nos dejan boquiabiertos. El coreógrafo tiene un dominio del espacio, de la artesanía teatral, que deja sin aliento: exhibe al mismo tiempo paisajes desnutridos y revela rincones exuberantes, hurga en cajones vacíos y sabe descender al sótano de las pesadillas. Y cuenta con un equipo de primera, desde la escenografía de Max Glaenzel hasta la iluminación de Bernat Jansà. Tenemos un escenario gigante, un órgano y un par de cachivaches más. No necesita nada más Morau para sumergirnos en ese universo violento, de pueblo cerrado y bestial, donde se mata a placer y nada deja huella, nada humano deja rastro.

Caen cadáveres del cielo, suenan tambores ancestrales, un cochecito recoge muertos y se baila con esqueletos en la penumbra

La mort i la primavera es la historia de un pueblo desolado, de casas de color rosa, que tiene la cueva de la Maraldina, las Montañas Moradas, un bosque “de un verde muy triste”, la fuente de la Jonquilla y un cementerio de árboles. Para Morau, caen cadáveres del cielo, suenan tambores ancestrales, un cochecito recoge muertos y se baila con esqueletos en la penumbra. Todo es compatible, todo puede ser real. Pero suenan órganos y campanas, cuando no hay ningún rastro eclesiástico en el texto de Rodoreda. Ni monjes, ni monjas, ni curas, ni inquisiciones, ni autos de fe. Ni incienso, ni nada que haga pensar en la Iglesia. La violencia que se ejerce es perfectamente humana, nada organizada. Para matar, nunca nos ha hecho falta ningún ente superior que nos mande hacerlo.

Morau se ha apropiado del texto de Rodoreda. No hay duda. Porque aquí tenemos los tambores de Sonoma y el pesimismo performático de su danza de la muerte, Totentanz. Morgen ist die Frage, incluso los maniquíes trasladados de un lado a otro por los bailarines. Y un universo visual que supera cualquier aproximación anterior a la obra rodorediana. Hace unos años, en el mismo TNC, Joan Ollé fracasó estrepitosamente en aquella versión naturalista de la novela inacabada de Rodoreda.

En la tercera parte de La mort i la primavera, Rodoreda colocó un epígrafe con dos versos de Four quartets de T.S. Eliot, que podríamos traducir así: “Dices que repito / lo que he dicho antes. Lo volveré a decir”. Y eso sí que Morau lo ha entendido perfectamente: el rito macabro e infinito del ser humano que se deshace de otros seres humanos, del mismo modo que sus frases coreográficas redundan en el mismo movimiento, repiten gestos y flexiones.

Tengo la sensación de que Morau ha leído el texto de manera libre, sin ninguna pretensión canónica. Esta es su Rodoreda. A mí me ha faltado quedarme hipnotizado ante una página. En este caso, ante una escena coreográfica.

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17-34 €
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