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Gimnàs
© Jordi Freixenet Gimnàs

Cosas que te pasan cuando vas al gimnasio

Máquinas por descubrir, gritos de euforia y chanclas que se quedan en casa

Por Carlota Martí (Lymbus)
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Dos veces por semana cogéis la bolsa, os cambiáis, os ponéis las zapatillas y entráis al gimnasio de turno a hacer deporte: clases dirigidas, máquinas, entrenador personal, solárium... algunos lo amáis y otros lo odiáis pero ir es toda una experiencia. ¡Da para escribir un libro más largo que la saga de Juego de Tronos! Para desahogarnos, hemos hecho una lista con un puñado de cosas que nos han pasado entre las cuatro paredes de un centro deportivo.

Perdón, ¿un mapa?

Es el primer día. Estáis emocionados porque, por fin, habéis pasado a la acción y os habéis decidido a apuntaros al gimnasio. ¿Lo primero? ¡Aprender a entrar! Que si huella, carnet, pulsera..., tiene su qué. ¿Segundo? ¡Orientaros! En la mayoría de centros deportivos se puede hacer de todo y eso es sinónimo de unas instalaciones inmensas donde el primer día no encuentras nada. "¿Dónde está el vestuario? Y, ¿la sala de máquinas?". Preguntad, preguntad porque será la única forma de que encuentréis el camino y no lleguéis tarde a clase. ¿Otro misterio? Encontrar la fuente de agua. Pero eso ya es otro nivel.

Ups, ¡me lo he dejado en casa!

Ya habéis encontrado el camino hasta los vestuarios, os cambiáis y... ¡lo de siempre! Os habéis dejado el candado, las chanclas, la toalla, el gorro de baño, los auriculares... una cosa u otra será. Algún día os pasará, rezad para que no sea nada imprescindible y podáis hacer deporte igualmente. ¿Os contamos nuestro mejor hit? Hacer la clase de turno, ducharnos y, al terminar, ver que no tenemos ropa interior de recambio. Bien limpias y perfumadas sólo nos quedaban dos opciones: vestirnos sin sostenes y bragas o ponernos los que habíamos utilizado para hacer deporte. ¿Qué escogimos? ¡Ah!

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Gimnàs Sardenya
Gimnàs Sardenya
© Jordi Freixenet

Clase de body pump o... ¿de yoga?

Va, ya estáis a punto. Hoy toca clase de body pump y tenéis ganas de exprimir la sesión al máximo. Entráis en la sala y hay algo que os sorprende: nadie ha cogido barra, ni discos ni banco aeróbico, sólo tienen preparada una esterilla. Bueno, pensáis, hoy haremos una sesión diferente. Cogéis sitio y esperáis. Entra la monitora, baja la intensidad de la luz y pone una música suave. Confirmado: os habéis equivocado de clase. ¿Qué hacéis? Os quedáis. Siempre será mejor iniciaros en el yoga que marcharos ahora que ya está todo el mundo listo para ponerse a trabajar.

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Spinning: fácil, fácil, fácil

La primera clase de spinning es como un máster de un día. Se verá a la legua que sois debutantes. A ver, ¿lleváis la toalla para el sudor y el agua? No... ¡Mal! ¡Lo necesitaréis! Si ya habéis superado esta fase, la siguiente es aún más complicada: aprender a colocar la bici para que se adapte a vuestra altura. Que si el asiento os tiene que llegar por la cintura, que si las piernas deben quedar estiradas cuando pedaleéis... Todavía no sabemos cuál es la fórmula correcta. Algunas máquinas tienen letras y números que nos orientan a la hora de subir o bajar el asiento y colocar el manillar. Traed una libreta y un boli porque si no, en la próxima sesión, ya no sabréis si sois más de H, de M o de B.

Gimnàs Ciutat Vella
Gimnàs Ciutat Vella
© Jordi Freixenet

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¿Las máquinas? Sí, las sé utilizar todas

Otra experiencia religiosa es acercarse a la sala de máquinas. Las más fáciles y que no necesitan instrucciones –bici, cinta o elíptica- siempre están ocupadas. ¿En el resto? Gente con cara de sufrimiento levantando peso; otros sentados observando el techo en un aparato de doble polea; un par mirándose al espejo... Bueno, habéis leído que muscular un poco el cuerpo siempre va bien y eso os disponéis a hacer. Elegid máquina al azar, seguid más o menos las instrucciones que hay dibujadas e intentad copiar lo que hacía el que estaba sentado ahí antes. Haced unas 20 repeticiones, mirad un rato el techo, volved a hacer una serie más y... con eso ya lo tendríais, ¿no? No os paséis de listos y ¡pedid ayuda!

Clases virtuales

Ahora cada vez son más los gimnasios que programan clases virtuales en las horas más complicadas -mediodías o noche- o que, directamente, apuestan sólo por eso y prescinden casi al 100% de los entrenadores 'reales'. ¿No lo sabíais? A nosotros también nos cogió por sorpresa. Íbamos motivadas a hacer spinning y, al entrar en clase, nos encontramos con una pantalla gigante y una chica hablándonos en inglés y animándonos a darlo todo. Vale sí, todo es acostumbrarse pero, de entrada, nos hace sentir un poco ridículos, casi como en un capítulo de Black Mirror.

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Gimnàs
Gimnàs
© Jordi Freixenet

La piscina: no recomendada

En serio, nosotros no somos personas de agua. Tenemos muchos traumas con la piscina del gimnasio que aún no hemos sido capaces de superar. ¿Es necesario que nos bañemos con ese gorro incómodo en la cabeza? Te arranca el pelo, da dolor de cabeza... lo odiamos. Esto lo superamos, pero cuando nos decidimos a ir a la piscina nos encontramos con los típicos pesados ​​que van de 'pros' y que a pesar de ver que nosotros hacemos brazadas a paso de tortuga, nos eligen para compartir carril: ¡parad de doblarnos! Gracias. Y una más: un día cometimos el error de ir a una clase de aquagym porque nos dijeron que el ritmo era pausado. ¡Mentira! Aún no hemos podido olvidar la imagen: mujeres y hombres de unos 70 años moviéndose a alta velocidad y, nosotros, a su lado, con la lengua fuera.

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Qué guapo es todo el mundo

Pantalones cortos, camiseta vieja, zapatillas, sudor por todas partes... ¡estamos de foto! De gimnasio, nos sentimos así, de gimnasio: vestidos de deporte, tirados y sin lucir mucho. ¿El resto? Es alucinante. Nuestros compañeros de fatigas cada vez nos sorprenden más: parecen salidos del último número especial de Elle sobre deporte. Están buenos, ¡coño! ¿Cómo lo hacen? Imposible saberlo. Y es que, además, todos son grandes amigos y tú estás ahí solo y marginado. Que nos lo expliquen porque nosotros no tenemos ni idea.

Piscina gimnàs
Piscina gimnàs
© Jordi Freixenet

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Gritos

'¡Ueeeeeee!', '¡Uaaaaaa!', '¡Va, va, va!'. Gritos, aplausos, risas... estás en una actividad dirigida pero el ambiente es de Apolo un miércoles por la noche. Euforia máxima. ¿Por qué se emocionan tanto? Es la magia del gimnasio. Es uno de esos momentos en los que todos están en comunión total con el profe, con la música y el ambiente y tu eres la única a quien esos gritos no le salen de forma natural. Es aquella reacción inexplicable después de un esfuerzo extremo. ¿Sabéis qué? Nosotros somos más de sufrir menos y cantar la canción por dentro.

La foto

Te apuntaste emocionada, te prometiste a ti misma que irías cada semana y, aún ahora, hay días en los que te pones el despertador a las seis con la intención de ir a primera hora. Pero no vas. Va, hoy te has decidido y volverás. Para reengancharte escoges una clase suave: una sesión de zumba. Todo el mundo se conoce, charlan, se besan y tu te escondes para no tener que saludar a nadie. '¿Nos hacemos una foto?'. Sí, un día que vas y es justo el DIA, aquella sesión en la que el monitor ha decidido que os fotografiéis todos juntos para colgar la foto en Facebook. Ya está. ¡Retratada!

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