Donde hacer un bautizo de buceo en Barcelona

Aletas, botella, tubo respirador, traje de buceo y gafas. ¿Todo listo? Nos lanzamos a descubrir el espigón de la Mar Bella
Bateig Busseig
Por Carlota Martí (Lymbus) |
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¿Sabíais que bajo las olas que se mueven en nuestras playas barcelonesas hay mucha vida? Y por vida no nos referimos a la suciedad submarina. ¡Basta! Nuestras aguas tienen algún defecto pero también están llenas de fauna marina. Lenguados, langostas, gambas… Si queréis descubrirlo con vuestros propios ojos, poneos unas gafas de bucear y haced un bautizo de buceo en la Mar Bella.

Picamos a la puerta de Vanas Dive para descubrir en que consiste exactamente esto de bautizarnos. “Padre nuestro que estás en el cielo…” No, no va por aquí la cosa. Hay un instructor por alumno (o cada dos máximo) y primero, hace un sencillo pero completo resumen en tierra firme. “No hacemos bautizos industriales, garantizamos calidad y personalización, nada de grupos de vente alumnos”, nos remarca Oliver, responsable del centro.

 

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Con las gafas –o la máscara- cubriéndonos nariz y ojos, aprendemos a respirar por la boca a través del tubo o regulador que comunica con la botella de oxígeno. También, nos enseñan a inflar y desinflar el chaleco y a vaciar la máscara en caso de que se nos llene de agua. Una vez asimilado todo esto, llega el momento de descubrir como comunicarnos bajo el mar. Son dos símbolos, uno el clásico ‘ok’ y con el otro movemos la mano como temblando para avisar que queremos salir a la superficie. Básico y más fácil de lo que parece.

Es nuestro primer contacto con el buceo y nos dicen que no nos quieren estresar con teoría y técnica, que el objetivo es que descubramos sensaciones como la de flotar o respirar dentro del agua y las disfrutemos. ¡Todo entendido!

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Venga, va, que tenemos ganas de ver vida submarina. Nos ponemos el neopreno y vamos hasta el espigón de la Mar Bella. Con los pies sobre la arena ya cargamos la botella y nos ponemos todos los complementos –dios mío como pesa- y, dentro del agua, Alex, el instructor, nos ayuda a colocarnos las aletas. Nos miramos, nos damos las manos y hacemos una primera inmersión.

La segunda vez, apoyamos las rodillas en el fondo marino y sin darnos cuenta, ahora sí, avanzamos poco a poco. Y, también, sin prisa pero sin pausa desaparece el ‘piiip’ que notábamos en el oído y nos acostumbramos a respirar por el regulador. ¿Magia?

Son unos 40 minutos de inmersión, con Alex enganchado siempre a nosotros, en los que rodeamos el espigón de la Mar Bella, bajamos hasta seis metros y vemos de cerca bancos de peces inmensos y las anunciadas langosta -¡viva!-. Nos toca vaciar la máscara una vez y lo hacemos perfecto y, a veces, nos embalamos tanto que solo por ello dudamos más cuando toca respirar.

Hemos buceado pero sería más acertado decir que nos hemos olvidado del mundo, hemos huido, nos hemos sumergido y hemos meditado, sí. Es una experiencia tan relajante que hemos entendido qué significa la palabra zen.

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Cuando sacamos la cabeza del agua, un nadador ilustre de la zona nos pregunta si hemos visto economía sumergida, reímos y, con ayuda, todavía flotando, salimos del agua. ¿Hay mejor manera de empezar el día?

La experiencia sale por unos 40 euros en Barcelona y 50 en la Costa Brava. Si después de este primer contacto queréis más, os podéis sacar el certificado y después, uniros, por ejemplo, a las salidas nocturnas que hacen los jueves por la noche en Vanas Dive, bucear y cruzar los dedos para encontraos en el fondo del mar con la ‘Moderneta’, la virgen que veneran en el centro.

El primer paso ya está dado, estamos bautizados. Ahora a por más. Amén.

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