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Billie Eilish: un público de otro planeta

Billie Eilish, Palau Sant Jordi (Barcelona)
Foto: M.J. Gómez Billie Eilish, Palau Sant Jordi (Barcelona)

Billie Eilish, Palau Sant Jordi, 2 de septiembre de 2019

Lo de Billie Eilish es de otro planeta. Solo necesitó diez segundos para poner 16.000 personas a saltar y a gritar palabra por palabra la letra de 'Bad guy'. Después, había quien se quejaba de que el estentóreo griterío del público tapaba su voz, pero la verdad es que daba igual, lo importante era que asistíamos, en primera persona, a un fenómeno pop de primera magnitud. Quien escribe estas líneas ya hace tiempo que dejó atrás la adolescencia, y aún así no recordaba una multitud tan absolutamente entusiasta durante TODO un concierto. Bueno, tal vez sí, en una única ocasión, cuando el público de Sepultura, botando todos a la vez sobre la hierba de un prado de Escalarre, puso a temblar las montañas del Pirineo leridano. Y de eso hace más de 20 años.

Sería falaz, también, atribuir la respuesta a las canciones de Billie Eilish sólo a un fenómeno adolescente. No hay muchas 'teen bands' que puedan poner de acuerdo padres e hijos. La música de Eilish entusiasma a chicos y chicas de a partir de 10 años, pero también apela a todos los que hemos seguido de cerca la música alternativa de los últimos 20 o 30 años. Porque Eilish es melódica y tiene hits incontestables, pero nunca presenta la canción de la manera más obvia. Los ritmos rotos, que beben del hip-hop y, los arreglos, que recogen los hallazgos de la electrónica más experimental, la hacen infinitamente más interesante de lo que podría ser sin este envoltorio.

No es una diva

Este dislocamiento de la música, además, liga perfectamente con el carácter de Eilish, una chica que no estaba destinada a ser la más popular del instituto y, mira por dónde, ha acabado siendo la chica del momento en el 'mainstream' internacional. Con ropa ancha y el pelo de color verde, no se parece a ninguna estrella del pop actual, pero consigue que millones de jóvenes se identifiquen con ella. Lady Gaga también celebra la diferencia, pero con un glamour que la convierte en otra diva del pop. Eilish no es una diva: sale a cantar como si se acabara de levantar, casi en pijama, recién salida de su habitación.

Más allá de si la voz se escuchaba bastante o no, la energía que se pudo sentir en el Palau Sant Jordi será digna de recordar y más teniendo en cuenta que la californiana ya había estado en Barcelona unos meses antes –en el Sant Jordi Club, en aquella ocasión, después de tener que cambiar de sala por la gran demanda de entradas–. La música se alimenta también de la electricidad del público y en este caso, Eilish, que iba solo acompañada de su hermano Finneas a los teclados, el bajo y la guitarra, y de un batería, se retroalimentó de esta fuerza descomunal. No parece, sin embargo, que fuera algo único en Barcelona, ​​sino que asistimos a parte de un fenómeno global.

Material inflamable

A favor: la conexión de Eilish con los fans y el hecho de que el concierto no decayera en ningún momento; las proyecciones con su imaginario malsano, de terror, pero con un punto naíf; y el número de la cama voladora, sencillo pero efectivo. En contra: quizás un repertorio aún demasiado corto, ya que Eilish sólo tiene un álbum, 'When we all fall Asleep, where do we go?' (2.019), publicado apenas hace unos meses. Sin embargo, la inicial 'Bad guy' y la celebrada 'Bury a friend' están hechas de material lo suficientemente inflamable como para apuntalar un 'setlist' mucho más que digno.

Quizás algunos se preguntarán cuál es el techo de Billie Eilish. No tenemos ni idea, pero si el pop trata de vivir el momento, a fe que los 16.000 que estábamos ahí lo vivimos a tope.

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