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Cierra esta mítica discoteca de la Plaza Real de Barcelona, después de casi medio siglo de rock y ligoteo

Todo un clásico de la noche barcelonesa, ha sido escenario de una película de Ventura Pons y libros de Casavella

Ricard Martín
Escrito por
Ricard Martín
Editor de Menjar i Beure, Time Out Barcelona
Karma
Foto: Scott Chasserot | Karma
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Los peores cierres son los que no se avisan. Porque, claro, no tienes tiempo para despedirte. Esto es lo que ha pasado con la discoteca Karma, sita en el número diez de la Plaza Real: ayer anunció en sus redes sociales el cierre definitivo: "Muchas gracias a todo el staff, miembros de seguridad, DJ, camareros y trabajadores que han pasado a lo largo de los años desde que se abrieron puertas en diciembre de 1978. Gracias infinitas a tod@s los Karmeros por apoyar y venir durante todos estos años", anuncia el mensaje. 

Servidor pasó por la Plaza Real de noche hace un mes y pico, y le sorprendió ver las colas habituales en las discotecas y bares musicales, pero las persianas de metal del Karma estaban bajadas. Y la rotundidad del mensaje no deja lugar a dudas: "Karma ha bajado la persiana y no la volverá a abrir", concluye el post de Instagram

Las persianas bajadas del Karma, ¿para siempre?
Foto: KarmaLas persianas bajadas del Karma, ¿para siempre?

Quien no haya pasado una noche de juerga en el Karma no sabe lo que se ha perdido: en sus mejores tiempos, este subterráneo roquero, entre los mejores bares de rock, era un amistoso antro tubular, con un púlpito de DJ al fondo, una barra a la izquierda y lugares estratégicos en los que aposentarse, cubata en mano, para echar la charleta con los amigos o desarrollar una estrategia de caza (es decir, otear a diestro y siniestro a ver si en las primeras horas de la noche había alguien dentro al alcance de sus posibilidades para tirar la caña).

Una noche cualquiera en el Karma
Foto: KarmaUna noche cualquiera en el Karma

A medida que transcurría la noche, la densidad de personal aumentaba –hasta ser irrespirable, alguna vez– y el tubo-pista de baile se convertía en una vibrante centrifugadora de carne en la que se bailaba y ligaba mucho y bien. Y siempre, desde 1978 a su cierre, tuvo los diversos géneros del rock como razón de ser, con solventes DJ dándole al rock duro, punk, grunge, brit-pop y cualquier género de guitarra bailongo.

La barra del Karma después de la polémica reforma que la cambio de lado del local
Foto: KarmaLa barra del Karma después de la polémica reforma que la cambio de lado del local

Los de seguridad eran majísimos: si eras habitual, te dejaban entrar gratis a la tercera– y también caía algún cubata gratis en la barra si el jefe estaba de buenas. Cerraba a las seis, y al son del Ladies Goodnight de Lou Reed se encendían las luces, que podían tener la brillantez del triunfo (si volvías a casa acompañado) o el sabor de la derrota, la mayoría de las veces. En este caso, siempre quedaba el descenso a los infiernos de Chez Popof, el after más infame de Barcelona

Un icono cultural de la noche de Barcelona 

Con casi medio siglo de vida, el Karma tiene calado de icono cultural de la ciudad: esta discoteca fue el escenario de La Rubia del Bar (1986) de Ventura Pons, en la que Enric Majó cae fascinado por el encanto de una magnética prostituta rubia, Núria Hosta, y se las tiene que ver con un muy creíble Ramoncín en el papel de chuloputas, y también aparece en la magna trilogía literaria de Casavella El día del Watusi, como localización de juergas psicodélicas y delirantes de Fernando Atienza (el escritor era otro habitual). 

Si me permitís, voy a recordar con bullet points cuatro batallitas vividas allí.  

  • Mi primera noche en el Karma fue siendo menor de edad: a los 17 años, vine a Barcelona con amigos del pueblo a hacer de público de Persones Humanes, pero no pensamos en el pequeño inconveniente de tener que pasar la noche en algún sitio. El Karma nos acogió hasta el primer tren.

  • En 1998, después de su memorable concierto en Garatge Club, Mark Lanegan y su banda, un all-star de roqueros grunge, se fueron al Karma de fiesta. Reconocimos ipso facto al bajista de Soundgarden, Ben Shepherd, y al batería de los Red Hot Chili Peppers, Jack Irons. Dos tipos de lo más majo, encantados de darles palique a los fans, que nos invitaron a birras y anécdotas durante un par de horas (Lanegan se quedó impertérrito en un rincón, oculto tras una gorra, echando miradas amenazadoras). 

  • La vez que un buen amigo echó la papilla en las mesitas altas de delante de la barra, y los bailongos aspirantes a ligón empezaron a resbalar en el inmundo mejunje, dándose de bruces en la pota. Parecía una escena sacada del John Waters más extremo, y tuvimos que salir por patas escaleras arriba. Estuvimos un mes sin dejarnos ver. 

  •  Otra noche, un tipo de mala catadura nos sacó una porra en un callejón cercano, con el fin de obligarnos a comprar SU droga. Mi amigo se quería liar a hostias, pero yo le agarré del cuello, mandamos al quinqui a tomar por culo y, por piernas, tomamos refugio en la seductora penumbra del Karma, bajando las escaleras cagando leches. Un cargadísimo gintónic nos estabilizó.  

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