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En el Barrio Gótico hay un bar popular y de precios populares, dirigido a una clientela popular y local, con un producto sencillo pero de alta calidad. ¿De cuántos locales podemos decir eso? Y cuando hablo de precios populares quiero decir que, con un puñado de euros –pongamos 14 o 15–, entras con hambre y sales comido, bebido y satisfecho.
Más que un bar, es una leyenda. El Bar La Plata (Mercè, 28, en el corazón de la parte bodeguera del Gótico) ha logrado el hito de mantenerse vivo y en plena forma durante 80 años, sin traicionar su espíritu y sin traspasos ni modernizaciones cosméticas. Este otoño celebrará ocho décadas de vida, con una propiedad ininterrumpida dentro de la familia Marjanet-Pascual –un pequeño milagro que muy pocos lugares, como el Kentucky, pueden cumplir– y lo celebrarán con una fiesta grande y generosa.
“El sábado 1 de noviembre habrá barra libre de bebida y comida, de 13.30 a 15 h, porque 80 años no se cumplen cada día”, me explica Roger Pascual, periodista de los buenos e hijo de la dueña, Anna Marjanet. La Plata solo sirve cuatro tapas desde su fundación, en 1945: pescadito azul frito (no en vano, también se le conoce como Los Pescaditos), ensalada de tomate, cebolla y aceitunas, y montaditos de butifarra o de anchoas. Mi consejo es ir sí o sí: servidor tropezó por casualidad con la fiesta del 75 aniversario y aquello fue un sarao de barrio memorable, con grupos de vecinos y turistas disfrutando a lo grande.
(Hay que decir que el Bar La Plata tiene un carisma gastronómico sencillo, pero irresistible, máximo exponente del bar castizo catalán –si tal cosa existe–, que ha llevado a los mejores chefs del mundo a su barra: Ferran Adrià subiría a la mesita de café de Escoffier para decirle que es el mejor bar de vermut y pescadito frito del mundo; Anthony Bourdain o Jamie Oliver han grabado allí programas).
Situado en la trinchera turística del Gótico, una ración generosa de su pescadito frito cuesta tres euros y medio, y la calidad se ha mantenido inmutable. La tapa mas cara, unas anchoas limpiadas a mano, a siete. “La clave para mantener esta mezcla de público local, de jóvenes y mayores, es tener precios que la gente pueda pagar. Si subiéramos las tapas a 15 euros, echaríamos a los locales”, explica Pascual. El periodista y tabernero –se ocupa de las redes sociales y de parte de la gestión del bar– recuerda cómo durante la COVID todos los establecimientos del centro decían que querían hacer regresar a los al centro. "Caramba, ¡pues no los hubierais maltratado tanto tiempo con precios altos y comida mala!”, remata con sorna.
Si pusiéramos el pescadito frito a 15 euros, pasaríamos a trabajar para los turistas.
El encanto de La Plata también se basa en lo inmutable del escenario y del personal: allí trabaja, como jefe de sala, el carismático Pepe Gómez, que entró a trabajar en… ¡1972 con 14 años! “De aquí a Sancho de Ávila”, dice un camarero que no quiere jubilarse y que se ha convertido en un icono del Barrio Gótico (su otro lema es “hay que sembrar para recoger trigo”). “Esto no es una cadena de montaje, el ingrediente secreto del bar es Pepe y el cariño con el que trata a la gente”, dice orgulloso Pascual.
Aquí la historia de La Plata, resumida: lo abrieron en 1945 Josep Marjanet y Joaquima Planas, los abuelos de Pascual. “Mi abuelo trabajaba de camarero y recibió un préstamo de 30.000 pesetas para abrir el local”, explica. En sus primeros años lo frecuentaban estibadores y los inevitables marines estadounidenses de la Sexta Flota, y se especializó en pescadito frito.
En 1978 empezó a trabajar como cocinera Anna Marjanet. “Ella era secretaria de dirección y cuando dijo que estaba embarazada la echaron del trabajo”, cuenta el hijo. “Mis abuelos le propusieron entrar a ayudar en la cocina tres o cinco meses… y se quedó 33 años”: en 2011 le pasó la receta del pescadito frito a María José Alirangues, hoy al frente de los fogones.
Sí, el Bar La Plata es una pequeña joya en el centro de Barcelona, a la que los barceloneses deberíamos ir más a menudo. La psicología del cliente de barra y restaurante de Barcelona tiene un lado agradecido y fiel, y otro de queja y masoquismo. El 1 de noviembre, este último queda anulado: a La Plata se va llueva, nieve, granice o incluso el día que el pelmazo de Bono de U2 está en la barra (que, por cierto, un día pasó).

