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La cantante hace historia con un show apoteósico lleno de momentos memorables y con una divertida Yolanda Ramos en el confesionario

Barcelona ha tenido que esperar casi un mes para ver el LUX Tour de Rosalía desde que empezó el 16 de marzo en Lyon. Durante la espera se ha podido conocer al detalle el guion de un espectáculo monumental, en las antípodas del minimalismo de la gira anterior, la de Motomami. Rosalia Vila Tobella renace con un nuevo vestido en cada disco, en cada etapa: del flamenco, las músicas urbanas y la vanguardia electrónica a la estrella latina.
Ahora, con LUX, se presenta como una artista total, con una ambición artística aparentemente sin límites y con un show a la altura que se reviste de alta cultura. Y por fin ha llegado el momento en Barcelona: estamos en el primero de los cuatro conciertos que debe hacer en el Palau Sant Jordi los 13, 15, 17 y 18 de abril de 2026.
La acompaña The Heritage Orchestra, de 22 músicos, dirigida por Yudania Gómez Herredia –todo un descubrimiento– y el cuerpo de baile de trece miembros de La(Horde), el colectivo que dirige el Ballet Nacional de Marsella, además de coros y palmas. Utiliza por primera vez dos escenarios y, claro, símbolos religiosos: el B stage tiene forma de cruz cristiana, y hay un botafumeiro y un confesionario (el momento televisivo y de prensa rosa sobre el que más se ha especulado durante la gira).
La gran incógnita antes de los conciertos de Barcelona es a quién invitará a cantar con ella y a quién hará pasar por el confesionario, para dedicarle La perla a un o una ex. Esty Quesada (Soy una pringada) y Aitana pasaron por él en Madrid; la jugadora del Barça Kika Nazareth, en Lisboa. Otras posibles incógnitas: ¿cantará Milionària? ¿Los sobretítulos de las letras serán en catalán? ¿Estará –cosa logísticamente complicada– la Escolania de Montserrat?
Nervios casi como los de quienes llevan desde las ocho de la mañana haciendo cola para conseguir buenos sitios en el Sant Jordi, cuando empieza a sonar Angel de Jimi Hendrix y la orquesta emprende la obertura. Rosalía arranca el primer acto como una bailarina saliendo de una caja de música. El Palau Sant Jordi es un mar de móviles en alto y ella empieza a desgranar las primeras piezas de LUX, en el orden del álbum. Y sí, los sobretítulos de Sexo, violencia y llantas y Reliquia están en catalán. La voz suena de maravilla, en primer plano, perfectamente empastada con la orquesta y las bases retumban con contundencia.
En Divinize, canta en catalán aquello de “Fruita roja i rodona / qui l'endevina? / òbviament és la poma / que està prohibida” y, al terminar, se emociona al hablar de Barcelona y al recordar que el gran Peret le dijo que no debía ponerse nerviosa. "No quería llorar tan pronto..." dice, antes de recomponerse y atacar, con los ojos llorosos, Mio Christo piange diamanti, haciendo gala de un virtuosismo vocal apoteósico.
La balada en forma de aria deja paso a un segundo acto más oscuro y potente, con cambio de vestuario y la fuerza y el brutalismo barroco de Berghain como argumento principal; es el momento en que recrea El aquelarre de Goya, que culmina a ritmo de tecno (el remix de la canción) y también el que introduce piezas de Motomami como Saoko, La fama y La combi Versace (después, en De madrugá, ¿puede que haya unos pasos de baile que recuerden a la sardana?, más bien una sardana satánica, eso sí).
Prácticamente nada de los dos primeros álbumes, excepto un El redentor, de Los Ángeles, que suele interpretar con la orquesta (en lugar de la guitarra de Raül Fernández Refree, aunque ¿podría haber aparecido en Barcelona?).
Después, en el tercer acto, la ya conocida versión de Frankie Valli (Can’t take my eyes off you) dentro de un cuadro, como si fuera la Gioconda, con fans, y el confesionario donde dejar retratado a algún/a ex, esperado con morbo y algunas apuestas (al final, una divertida Yolanda Ramos, alternando el catalán y el castellano). Curiosamente, La perla, que ha acabado siendo el gran hit de LUX, es la canción que quizá va más por libre de todo el repertorio del álbum y una de las más celebradas del concierto: la plasticidad de la coreografía de Dimitris Papaioannou ha dado la vuelta al mundo.
"Mira, Barcelona, no tengo muchos vicios, pero una copa de vino, sí", dice antes de presentar a Llorenç Barceló, pianista menorquín, amigo de cuando estudiaban juntos en el Taller de Músics, hace quince años, que acompaña a la cantante en Sauvignon blanc con un Sant Jordi lleno de lucecitas de móviles encendidos.
Otro de los momentos más esperados por los fans –especialmente los que se encuentran cerca del pasillo que conecta los dos escenarios– es el intermezzo en que la cantante se traslada al stage B. Aquí es donde, en Lisboa, invitó a Carminho para interpretar Memória, pero no aparece Sílvia Pérez Cruz para hacer lo mismo con La rumba del perdón, como se había especulado. A cambio, Rosalía regala al público un "boti, boti, boti, fill de puta qui no boti", antes de atacar CUUUUuuuuuute mezclado con Sweet dreams, de Eurythmics.
En el acto cuarto, por fin, aparece con alas de ángel, para volver a Motomami (Bizcochito, Despechá) y las dos piezas que solo aparecen en la versión física de LUX (Novia robot, Focu’ranni), al final de las cuales se deja caer de espaldas desde las escaleras. Es en el bis, Magnolias, cuando asistimos a su funeral y una simbólica ascensión que nos hace pensar en qué techo artístico puede ponerse más alto que el que ha creado para LUX, es decir, ¿el celestial?
De momento, hará tres conciertos más en Barcelona, recorrerá Europa, Estados Unidos y Latinoamérica, y tanto el disco como la gira de LUX están situando a Rosalía en el Olimpo de las grandes estrellas internacionales, más allá del nicho –inmenso, sí– de la música latina.
Seguro que ella ya sabe la continuación, pero nosotros, incapaces de imaginarnos el siguiente paso, seguiremos expectantes y metidos en mil discusiones políticas y culturales (la última, la polémica por sumarse a la tendencia cada vez más preocupante de no dejar hacer fotos a la prensa en los conciertos). Esto es proporcional a la repercusión de la artista.
Nos entusiasmaremos con su arte, nos enfadaremos porque no lo hace todo como nos gustaría (porque le cuesta mojarse, porque hace cantar a la Escolania en castellano, etcétera), derramaremos ríos de tinta sobre su paso por nuestras vidas, pero ella siempre irá más deprisa, cien pasos por delante. Y solo podremos hacer que seguirla para documentar su permanente estado de gracia.
Seguirla, intentar explicarlo y poco más. Vamos a rebufo, siempre a rebufo.
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