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Xavier Cordomí: "A un festival vas con entrada, pero la fiesta popular tiene el potencial de la sorpresa"

Desde las fiestas de Gràcia y de Sants a la Mercè o Santa Eulàlia: en Barcelona siempre hay algo que celebrar. Entrevistamos al investigador y activista Xavier Cordomí, experto en cultura popular de raíz tradicional

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Xavier Cordomí
Eugènia Güell | Xavier Cordomí
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En verano, Barcelona hierve de fiestas mayores: de Sants a Gràcia, del Poblenou a Horta, cada barrio se engalana con sus mejores galas y saca a pasear mil expresiones de la cultura popular barcelonesa. Y justo cuando las banderolas y los entoldados todavía no se han descolgado del todo, ya estamos a las puertas de la Mercè, la gran cita festiva de la ciudad. Para hablar de gigantes, correfocs, castells y tradiciones, entrevistamos al exdirector de la Casa dels Entremesos y actual vocal de actos y actividades de esta institución que conserva y aviva la cultura popular barcelonesa. Xavier Cordomí es una voz de referencia en el mundo de la cultura popular y conoce en profundidad la tradición festiva de la ciudad que tanto queremos.

¿Cómo valorarías el estado de salud de la cultura popular en Barcelona? ¿Hay relevo generacional?

La cultura popular es una parte importante de nuestros barrios y ciudades, en Barcelona tiene múltiples expresiones y está viva. Pero su base radica en el movimiento asociativo y, por lo tanto, está alimentada por el asociacionismo. Tenemos que entender que la cultura popular se adapta a las necesidades del momento: siempre ha habido manifestaciones culturales y estas han ido cambiando. Querer fosilizar cualquier manifestación de cultura popular no es la manera de conservarla. Si hoy hay gigantes y diablos es porque la fiesta en la calle ha ido en este sentido, no porque los hayamos conservado estáticamente desde el origen de los tiempos. La cultura popular siempre lleva el adjetivo de “tradicional”. Pero la tradición se adapta al día a día.

¿Cómo se han adaptado nuestras tradiciones?

Un ejemplo son los gigantes, que antes formaban parte de los entremeses, pequeñas representaciones entre séquitos, pero que se independizaron y pasaron de ser figuras majestuosas y aterradoras a elementos centrales de la cultura popular de todos los pueblos y ciudades. O el nacimiento de los correfocs, que supone una ruptura natural de lo que entendemos como “diablo”, que ya no solo es un demonio sino un actor que hace una representación donde el público puede participar. O miremos los castellers: han pasado de ser una manifestación religiosa de las procesiones a generar toda una cultura deportiva.

"La cultura popular siempre lleva el adjetivo de 'tradicional'. Pero la tradición se adapta al día a día"

Tendemos a olvidar el origen religioso de nuestras fiestas. ¿Esto supone el riesgo de dejar de entender por qué las celebramos?

Ahora muchas de nuestras celebraciones son laicas, pero tienen un trasfondo religioso. Camuflar este origen tiene una intención política, no podemos obviar que la huella es importante: nuestras fiestas mayores son fiestas patronales, las celebraciones de los santos patronos de cada pueblo, ciudad o barrio. Las fiestas de Sant Roc, en el barrio de la Catedral, se celebran desde hace 436 años porque era el santo protector contra la peste. O las fiestas de la Mercè, también tienen un origen religioso, pero ahora solo queda el esqueleto. Es normal que la fiesta cambie, pero no debemos perder el porqué hacemos las cosas. Por ejemplo, el aspecto más conocido del Corpus es el Ou com balla, pero la festividad va mucho más allá y está vinculada a otras expresiones de cultura popular menos conocidas. Ahora, del Corpus se dice la Fiesta del Ou com Balla, pero también forman parte de ella los gigantes, las bestias y las danzas. De hecho, las manifestaciones más brillantes de cultura popular también provienen de la procesión de Corpus.

Un tema que está al orden del día es la “festivalización” de muchas fiestas de barrio, como las de Gràcia, que cada vez atraen a más gente.

Esto no pasa solo en Barcelona. Por un lado, tenemos que pensar que siempre se ha hecho así. Ha sido tradicional que la gente de una comarca se moviera por los pueblos de alrededor y en Barcelona también ha pasado. Pero por otro lado, sí que se ve una tendencia a “festivalizar” las fiestas que proviene de la turistificación de la sociedad. Y esto hace más de cien años que pasa. Ya en 1902, la Mercè se nombró “Fiesta Mayor de Barcelona”. Era una acción consciente con la que pretendía que la Mercè —una fiesta joven, con solo 30 años— se convirtiera en la muestra de la cultura popular de toda Cataluña, centralizando en Barcelona la actividad cultural, artística y audiovisual del país. Esto crea un precedente: la fiesta pasa a formar parte del turismo.

Y eso es motivo de conflicto.

Bueno, al final llegan a la fiesta personas que no son activos de la celebración y la desconocen, y esto puede generar incomodidad a los organizadores. Puede interesar que venga mucha gente y que la fiesta sea un éxito económicamente, pero esa misma gente tiene la capacidad de transformarla, cambiar los ritos, modificarlos y que no funcionen como es debido. Cualquier fiesta ritualizada tiene unas claves y unos actores que interactúan con el público participante, si participas como un elemento ajeno puedes contribuir a engrandecer la fiesta, pero también puedes diluir el sentido de la celebración.

Una fiesta puede morir de éxito.

Sí, el concepto de fiesta popular puede generar que el éxito sea lo que mate la misma fiesta. No que la mate del todo, pero sí que la transforme radicalmente… al final, las fiestas no las mata nadie, sino que mueren por diversos motivos. Cuando un pueblo se queda sin vecinos, por ejemplo, cuando el público de la fiesta envejece y no hay fuerza para continuar, etcétera. Y con fiestas más recientes, de corta tradición, también puede darse cuando la comunidad o los organizadores deciden dejarlo correr. A menudo, pasa que el mismo agente que antes era partícipe de la celebración se desentiende, porque aquella fiesta ya no lo representa. Pasa con fiestas grandes, pero también con fiestas tradicionales de raíz que acaban convirtiéndose en “festivales de tradición”, donde lo importante no es vivir la fiesta sino simplemente “ir” y poder decir que has estado.

Las fiestas no las mata nadie, sino que mueren por diversos motivos.

En Barcelona tenemos fiestas famosas y llenas a rebosar de gente, pero también muy desconocidas. ¿Cuáles son tus preferidas?

Tenemos fiestas pequeñas pero con gran valor. Un ejemplo son las fiestas de Sant Roc de la plaza Nova: son las más antiguas de Barcelona, al lado de la Catedral, y todavía bastante desconocidas. Posiblemente es por eso que han sobrevivido 436 años: son sencillas, íntimas y vulnerables. Se hacen en clave comunitaria: todo el mundo es bienvenido, pero si no hay “éxito masivo” tampoco pasa nada. Esta sería la definición de fiesta popular: una fiesta hecha por una comunidad, vivida y disfrutada por esa comunidad. En pleno barrio Gótico, rodeada de miles de turistas, todavía se puede mantener este espíritu de barrio y de esencia de ciudad. Quizás no tienen mucha difusión y eso ya está bien, porque permite descubrirlas desde la sorpresa, y no desde la convocatoria.

¿Qué quieres decir?

Descubrir una fiesta en Barcelona que todavía conserva esencia de pueblo es más interesante que una gran convocatoria, pero una parte de la magia es llegar sin esperártelo. A un festival vas con entrada y agenda; la fiesta, en cambio, tiene el potencial de la sorpresa. Esta capacidad de sorprender es su esencia.

"Barcelona ha sido una gran creadora, exportadora de modelos festivos, pero también una importante recicladora"

Durante años has dirigido la Casa dels Entremesos, entidad de la que aún formas parte. ¿Por qué es necesaria una institución así?

La Casa dels Entremesos no nace de una necesidad inmediata, sino de un proceso largo. A finales de los años 70 y principios de los 80, con el resurgir de la cultura festiva y la democracia, surgieron muchos colectivos y se creó mucha imaginería festiva (gigantes, bestiario…). En Ciutat Vella, sobre todo gente joven, se dedicó a recuperar y reinventar manifestaciones festivas antiguas, dotándolas de nuevas expresiones. El proceso generó un gran parque de figuras, difícil de guardar, y la necesidad de almacén acabó convirtiéndose en la creación de un espacio vivo: no solo para guardar, sino también para exponer, crear y ensayar. En 2010, después de 30 años de reivindicación, abrimos el actual edificio, que recupera el nombre de un antiguo espacio medieval. Hoy la Casa acoge más de 50 figuras (gigantes, bestiario, cabezudos, enanos…), pero también ofrece actividades culturales (libros, talleres, cursos, ensayos). Es, a la vez, museo y centro de actividad de las entidades de cultura popular.

¿Cuáles son las bestias más singulares que encontraremos allí? ¿Cuáles son tus preferidas?

¡Ostras, yo no me querría posicionar! Entre las piezas destacadas están los gigantes de Sant Roc, los más antiguos que se conservan en Barcelona; el Águila de la Ciudad; la Tarasca; el León; o la gigantona Laia, que solo sale por Santa Eulàlia. Cada una tiene su valor, su historia y su encanto, especialmente las vinculadas a los barrios de Ciutat Vella.

De entrada parecería que si quieres tradición tengas que ir a comarcas, pero ya has demostrado que no.

¡Claro! Barcelona, de hecho, ha sido una gran creadora, exportadora de modelos festivos, pero también una importante recicladora. ¿Y qué quiere decir esto? Pues que lo que vemos en las comarcas también ha pasado o pasará en Barcelona: se han creado fiestas, se han importado expresiones de cultura popular, las hemos adaptado o las hemos transformado. El caso de la Mercè es un ejemplo clarísimo.

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