La pandemia no nos hizo mejores, pero sí que hizo madurar el teatro de Josep Maria Miró (El principio de Arquímedes, La majordoma). De la ciudad al pueblo, su escritura ganó músculo y mediante estructuras menos previsibles arraigó con fuerza en la tradición. El cadell es su texto más ambicioso y, por extensión, de todo nuestro panorama escénico actual.
La obra explora el ocaso de una masía durante el siglo XX, tal como hizo Rodoreda con los burgueses de Mirall trencat. Hay una oscuridad en el retrato que remite a Víctor Català, jerarquías y violencias con el sabor del mejor drama rural de Guimerà. La oralidad viva del catalán huye de la folclorización para generar una pieza de estructura literaria muy compleja y, al mismo tiempo, de una teatralidad que galopa. Todo un acontecimiento.
Dirigido también por Miró, el montaje se aferra al negro como tono dominante. Como en una pintura de Caravaggio, la acción se enmarca en un rectángulo lleno de claroscuros, iluminación tenebrista de Toni Ubach que inyecta misterio al ambiente viciado. Los “artefactos de teatralidad” de Alejandro Andújar sugieren la casa sin representarla, volúmenes móviles por los que la acción avanza fragmentada entre saltos de narrador y tiempo. Puntea el ambiente lúgubre la música de Xavier Albertí, que maneja la cobla para lograr inquietantes resonancias contemporáneas.
Sobresale Mercè Arànega con un punzante monólogo disparado con puntería desde el presente
Y a pesar del marco siniestro, la obra no se estanca. La casa de Bernarda Alba en versión catalana se ventila gracias a unos personajes femeninos igualmente oprimidos, pero rebeldes a su manera contra la costumbre que reserva al cadell (l'hereu) el poder y el derecho a perpetuarlo. En un animado reparto que rompe con los clichés de edad, sobresale Mercè Arànega con un punzante monólogo disparado con puntería desde el presente. Contrasta la abnegación de la Tieta de Rosa Renom y el deseo salvaje de la Fura de Àurea Márquez.
Todo el mundo brilla al servicio de una historia lúcida sobre la violencia que esconde la tradición. Si tal como dicen “una casa es como un país”, El Cadell tiene la virtud de ponernos ante nuestras vergüenzas, que no son pocas. Será un hit de la temporada, escrito para dejar huella.

