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Reseña
2025 ha sido, sin duda, el año de Roc Bernadí y de Albert Salazar. Hace unos meses, uno triunfaba con El día de la marmota en el Coliseum y el otro con L'herència en el Lliure. A finales de año les ha tocado compartir escenario y ser, respectivamente, Eddie y Mickey, los hermanos de sangre que creó Willy Russell a principios de los años 80 del siglo pasado; una tragedia griega con todas las de la ley pasada por el tamiz contemporáneo de la diferencia de clases, muy británico y muy de aquella época, inicios del thatcherismo.
El letrista y compositor británico trasladó a la Inglaterra de su tiempo lo que podría haber escrito Esquilo hace 25 siglos. En gran medida, Germans de sang es una Orestíada, con dos hermanos gemelos separados al nacer, cuyo destino hace que, realmente, nunca vivan alejados el uno del otro. Russell fue muy moderno en su época narrando el final cronológico de la historia justo al principio, con la muerte de Eddie y Mickey. La función comienza con los hermanos tendidos en el suelo y su madre cantando ya el hit del musical, No pot ser veritat (Tell me it's not true).
Russell fue muy moderno en su época narrando el final cronológico de la historia justo al principio
Daniel Anglès, el director, tenía el reto de al menos igualar el montaje que capitaneó Ricard Reguant en el mismo Condal hace 30 años, con Àngels Gonyalons, Roger Pera y Sergi Zamora. Ahora cuenta con una excelente Mariona Castillo en el papel de la madre pobre, la Sra. Johnston, y con dos de las estrellas fulgurantes de la escena catalana, Bernadí y Salazar, más directos y mejores actores que sus predecesores. En lugar de Joan Crosas como narrador, tiene a Triquell, sin la presencia y la voz de tenor del primero, pero con la convicción de quien representa un papel más bien oscuro.
Además, Anglès ha levantado un montaje que rehúye el naturalismo de Reguant, ahora de corte postindustrial, más sencillo. Y podemos decir que ha salido airoso con nota. Sobre todo gracias a las coreografías de Ariadna Peya, que ya hizo un gran trabajo en L'alegria que passa (Dagoll Dagom), y que convierte este Germans de sang en un musical de primera. El movimiento continuo que se vive en escena dota a esta producción de un gran dinamismo porque los cuerpos muestran y experimentan, logrando que el relato clásico llene el espacio casi vacío del Condal con impresiones que van más allá de las palabras y la música.
Las coreografías de Ariadna Peya convierten este 'Germans de sang' en un musical de primera
Todo pasa, sin embargo, por la complejidad de Bernadí y Salazar. El segundo está realmente espléndido en este papel de chico pobre que intenta salir adelante a pesar de que todo vaya en su contra. No tiene suerte, Mickey, a diferencia de su hermano gemelo, Eddie, que siempre puede elegir. Castillo está en medio de los dos, víctima de una mala decisión. Su papel es el de una madre que quiere sobrevivir a toda costa. Al final, vuelve al No pot ser veritat y cierra una función excelente.
Cabe destacar la vigencia de la versión catalana del musical que hizo Albert Mas-Griera en 1995. Aguanta como lo hacen pocas traducciones pop.
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