La obra nos sitúa en una casa de un valle pirenaico, en medio de una tormenta de nieve, mientras el patriarca de la familia está muriendo. Allí encontramos a los hijos, Ernest (Pau Roca) y Sandra (Nausicaa Bonnín), además del marido de esta última, Miki (Marc Rodríguez). Al poco tiempo, llega Sol (Anna Sahun), médica del CAP de Sort, que viene a visitar al moribundo. Evidentemente, el padre morirá y comenzarán a suceder cosas extrañas.
Para que una pieza de género funcione, es necesario que haya subtramas lo suficientemente buenas como para sostener el edificio de la convención. Estamos en un teatro y sabemos que si las luces se apagan o los muebles se mueven, nunca es de verdad. El susto por el susto no funciona. Y en La presència tenemos una pareja que quiere tener un hijo pero no lo consigue, un hombre maduro solitario y una historia familiar misteriosa, con una madre que se fue cuando los hijos eran pequeños y nunca supieron por qué. Al mismo tiempo, hay un personaje misterioso que no sabemos muy bien de dónde sale, como es el caso de Sol.
Con todos estos ingredientes, Alonso y Marfà demuestran que hay vida más allá de la Flyhard. En la pequeña sala de Sants, han podido crecer como autores con espléndidas comedias generacionales como Ovelles y La pell fina, además de una comedia negra titulada 'Instruccions per enterrar un pare'. En La presència encontramos dos de los temas que más han tratado: la maternidad y la herencia. Pero en un contexto nuevo y con unos mecanismos textuales que acercan mucho el texto al guion cinematográfico. De esta obra se podría hacer una buena película comercial.
Pau Carrió, por su parte, vuelve a demostrar que es un gran director más allá de Shakespeare. Que sabe tocar muchos registros y que no le hace ascos a una propuesta como esta. El año pasado ya nos lo demostró con Elling. Le sienta bien La Villarroel. Y aquí sabe dirigir a cuatro actores que, salvo Marc Rodríguez, un as de la comedia, se encuentran fuera de su ámbito habitual. Un gran acierto.