No era fácil llevar Permagel a escena con una forma que fuese teatral. Victoria Szpunberg y Albert Pijuan podrían haber tirado por el camino más corto y hacer como la autora, Eva Baltasar, y empezar por el preludio del final y seguir la prosa hasta el capítulo de cierre. Pero afortunadamente se han complicado la vida y han deshecho la novela para rehacerla, para darle la vuelta, con añadidos de presentación de los personajes y una línea temporal clara. Para, en definitiva, transformar un artefacto literario en un artefacto teatral.
Maria Rodríguez Soto asume el reto de encarnar a esta mujer a punto de cumplir los 40, lesbiana, solitaria, con instintos suicidas, tía, hermana e hija. Tampoco es nada sencillo meterse en esta piel, dentro de este mundo, y salir victoriosa. ¿Cómo se interpreta a alguien que quiere matarse, que no soporta a la familia, que no encaja, pero que adora a la sobrina? ¿Cómo se mantiene la mirada, la respiración, cuando te pintas una raya en el brazo por donde querrías que pasara la cuchilla de afeitar? ¿Cuando escarneces a madre y hermana?
No estaría de más que otros teatros recogieran el guante y se pusieran a ello de una santa vez
Puedes caer en la parodia, en la oscuridad. Puedes pretender estar haciendo el 4.48 Psicosis de Sarah Kane. Pero Permagel es otra cosa. Entre espesas nubes de tiniebla, se adentra un rayo de luz. Y Rodríguez Soto sabe atraparlo.
Szpunberg, como directora, tenía delante otro desafío mayúsculo: un monólogo con el público a dos bandas. Esta disposición es muy agradable cuando hay diversos intérpretes en juego, pero con uno solo, quien lleva la batuta tiene que trabajar en ángulos imposibles. Situar la pieza en una habitación blanca de hospital, donde la protagonista cuida de la sobrina, es ya un acierto. La coreografía de la actriz, otro.
La función no es perfecta. Quizás le falta misterio, quizás le sobra ironía. Sin embargo, estamos ante un gran trabajo en todos los frentes, con una Rodríguez Soto que debuta con nota en un monólogo y unos dramaturgos que han hecho muy bien su trabajo a la hora de adaptar un gran éxito de la literatura catalana contemporánea. No estaría de más que otros teatros recogieran el guante y se pusieran a ello de una santa vez.

