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En Morreig, Matthieu Atzenhoffer y Alba Ruiz Ceamanos juegan en otra liga: bollería, pastelería y heladería conviven sin jerarquías en un mismo mostrador. La base mira a la tradición, sí, pero aquí se trabaja con una técnica pulida y una mirada contemporánea que deja espacio a la creatividad. Todo arranca en el producto: de temporada y proximidad y sin atajos industriales, sin conservantes ni colorantes que enturbien el resultado.
La vitrina mezcla clásicos bien ejecutados —croissant, pain au chocolat, chausson aux pommes, kouign-amann— con creaciones propias como el medio coco con cítricos o su ya icónico flan de vainilla. Pero la gracia está en ir un paso más allá: aquí no hay que elegir entre dulce y frío. Un brioche recién hecho relleno de helado es un sí sin matices, sobre todo si se remata con salsas de caramelo salado, pistacho o chocolate y toppings crujientes. Los helados, elaborados con fruta natural e infusiones en frío, comparten filosofía con los polos caseros. Y ojo al nivel: él es Meilleur Ouvrier de France en panadería; ella, gastrofísica y profesora de pastelería.
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