Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro (del 2 al 26 de julio)


Llega a la conversación con la autoridad de quien no necesita aparentar grandeza porque la tiene en las paredes. Almagro posee algo que ningún departamento de comunicación puede fabricar: verdad escénica acumulada. El Corral de Comedias no es un decorado bonito, es una memoria con madera, balcones, sombra y respiración. Allí el Siglo de Oro pierde esa rigidez escolar que tantas veces lo ha alejado del público y vuelve a ser lo que fue, palabra dicha para gente viva, con sus risas, sus suspicacias, sus silencios y sus ganas de ser sorprendida.
El riesgo de Almagro, claro, siempre está en la reverencia excesiva. En cuidar tanto el jarrón que nadie se atreva a poner flores dentro. Pero cuando el festival acierta, y suele acertar con más frecuencia de la que se reconoce, el verso no suena arqueológico. Suena afilado. Suena popular. Suena incluso imprudente. La presencia de nuevas generaciones, las lecturas contemporáneas y esa convivencia entre compañías consagradas y apuestas más jóvenes le dan al certamen una temperatura interesante. Se percibe el deseo de no convertir el patrimonio en urna. A veces una puesta en escena puede equivocarse por exceso de aparato o por una voluntad de actualización demasiado visible, sí, pero incluso esos tropiezos forman parte de una búsqueda necesaria. Los clásicos no se salvan dejándolos quietos. Se salvan poniéndolos en peligro, con cuidado, con conocimiento y con pulso.












