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Foto: Time Out Barcelona Agut

Cierra Agut, uno de los mejores restaurantes de cocina catalana de Barcelona

El local, ahora en traspaso, habría llegado al siglo de vida en el 2024

Por
Ricard Martin
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Un drama que se veía de venir: el restaurante Agut de la calle Gignàs ha cerrado definitivamente, después de 97 años de servicio. El pasado mes de enero Jordi Castellví, gerente del restaurante y descendiente de la familia Agut que lo abrió, me explicaba que "estamos valorando qué camino tomar. Porque las perspectivas son inciertas y no tenemos claro si podremos volver a reabrir".

Agut reabrió el mes de junio pasado y cerró en agosto por la falta de clientes. El restaurante, más que por la caída del turismo, se vio especialmente perjudicado por la merma de la clientela local: buena parte eran trabajadores de la administración y de la universidad Pompeu Fabra, y mucha clientela de comarcas que venía el fin de semana. Con la reanudación de la restauración el pasado enero, con aquel limitadísimo horario de dos horas por la mañana y dos y media para comer, Castellví se preguntaba si podrían hacer frente a una reapertura "con muchos empleados. Tenemos una plantilla grande, y esto crea un coste económico muy grande".

Pues la respuesta ha sido que no. Castellví explica que "hemos cerrado y hemos liquidado a los 13 trabajadores. Yo tengo 62 años, y la verdad es que he visto que era el momento de parar". Pero esto no significa que sea un punto y final para el local: "Queremos hacer un traspaso de negocio y buscamos alguien que continúe con el restaurante". Esto pasaría por "encontrar un perfil de inversor que continúe con la casa, que entienda y respete esta línea de cocina catalana bien hecha que en Barcelona es del todo vigente", razona (también me dice, sorprendido, que ninguno de los medios que han publicado la noticia de su cierre le han llamado para confirmarlo).

No es un adios definitivo. Buscamos a un inversor que quiera asumir el negocio"

A Castellví, tercera generación de un negocio que abrieron sus abuelos, le gustaría que fuera "uno de esos cocineros jóvenes que se dedican a renovar y mantener la cocina catalana". Alerta, chefs: la imagen de marca tiene cien años de solidez y la bolsa de clientes está: "Cuando cerramos, aquí venían a comer a los hijos y los nietos de los clientes de mi abuelo".

Agut abrió puertas en 1924 como fonda de trabajadores del puerto, y entró en el siglo XXI en plena forma: evitando las modernizaciones innecesarias (¡no se necesitan, si tienes cuadros de Ramon Casas en la pared!) pero con una cocina catalana excelente y de espíritu popular que te ponía el plato en la mesa con precisión de reloj suizo. En la carta abundaban platos de guiso y sofrito, como los pies de cerdo rellenos de butifarra negra y salsa de setas, y era de los pocos lugares de Barcelona donde todavía servían sesos a la romana.

Agut
Foto: Iván MorenoAdios a la excelente cocina tradicional de Agut

Vale la pena mencionar su menú de mediodía: si eras puntual y te sentabas en la barra, podías comer uno de los mejores de la ciudad a un precio reducido de 11,90 euros (pescado fresco, recetas trabajadas, buenas raciones, en la mesa valía 15 euros) siempre con buen vino (te rellenaban la copa sin cargo) y postres caseros. Un ratito de fiesta mayor por poco más de diez euros, en un rincón oculto de Gótico donde parecía que el tiempo se había detenido, pero los platos salían con una celeridad y técnica impecable.

Durante mucho tiempo fue conocido como el Agut de Gignàs, porque Ramon Cabau –que hacía de farmacéutico en la calle Gignàs– se casó con una de las hijas de Agustí Agut, el patriarca, y abrió el 'spin-off' Agut d'Avinyó, que en los años setenta se convirtió en un templo gastronómico, emblema de la modernidad transportada a la cocina catalana.

Comer en la barra de Gignàs era muy divertido, porque podías apreciar qué fauna desfilaba: fue punto de encuentro habitual del PSUC y el estamento progresista de la ciudad en épocas oscuras, y este trasfondo a menudo proporcionaba escenas curiosas. Como aquella vez en que se estaba gestando el segundo tripartito, y entró Josep-Lluís Carod-Rovira escondido bajo un kilo de bufandas. Susurrando, pidió por una mesa reservada. Y la jefa de sala le arruinó la discreción con un grito que retumbó por el comedor: "¡Sí, la mesa reservada a la una y media! ¡A nombre de Joan Herrera!".

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