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Apenas catorce meses después de plantar bandera en la plaza Letamendi y Sants, la cadena (que no franquicia) capitaneada por Samu Catalán, Valentín Ludwig, Oriol Herrero y Sergi Cots acaban de inaugurar su tercer Kevabrö (Sant Antoni Maria Claret, 220) frente al recinto modernista de Sant Pau. Las cifras de este fenómeno pop impresionan: catorce toneladas de carne servidas al mes, más de 350.000 unidades vendidas y una tasa de repetición del 80%. Hasta celebridades globales como Harry Styles, Charli XCX, Ibai Llanos o la plantilla del Barça han pasado a chorrearse las manos frente a sus espejos (y tienen en el padre de Lamine Yamal, el inefable Hustle Hard, a su mejor publicista).
La verdadera diferencia entre Kevabrö y el garito con letrero azul de toda la vida no es solo la estética de obseso de la moda urbana –sí, de los que pujan en internet por bambas carísimas– sino el rigor con el que tratan la comida. Su lema, Make Kebab Sucio Again, tiene esa ironía de meme que está en su ADN: de sucio tiene bien poco, en la preparación, pero las manos te quedarán pringadas. Aquí los trompos no son esa pasta prensada misteriosa, sino filetes enteros de ternera de Girona y contramuslo de pollo de proximidad marinado, ensartados a mano y sin grasas industriales de relleno. Eso sí.
La propuesta no se anda con rodeos. Eliges entre el OG Ahmed –de perfil libanés– o el Berlín, su 'best-seller' incontestable con 113.000 unidades despachadas. El pan dürum se amasa y hornea al momento en la cocina, las salsas se elaboran a diario y hasta cuentan con un pollo Tandoori de cosecha propia. Para rematar la faena, baklava artesanal de pistacho o una contundente 'cheesecake' con chocolate de Dubái.
Servidor se pasó por el de Sagrada Família, y se zampó el döner Berlin 1972 -pan de pita crujiente, un bocadillo buenísimo, que aprisiona ternera hecha en parrilla de brasa, verduras y salsa de yogur con hierbas– y un dürum Ahmed, pollo marinado con la mezcla libanesa de especias sumac, y se vio sorprendido por la ligereza y buen aposentamiento de la pitanza en la panza, y los sabores frescos y los matices de cada mordisco. Han mantenido los precios contenidos: entre 7 y 9 euros la pieza.
Uno entra en el universo Kevabrö por su extraordinario marketing digital: los tipos montan desternillantes peliculitas de dos minutos en las que unos ayatolás dan conferencias de prensa –con AK47 recubiertos de papel albal, como si fueran dürums– o un aficionado al kebab acaba convirtiendo su comida favorita en un fetiche guarrísimo, casi sexual. Pero al pegarle un mordisco a la mandanga, uno se da cuenta de que el postureo envuelve un muy buen producto.

