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En una maniobra arriesgada, decidieron reducir comensales y acortar la carta para afinar una propuesta de autor y de puro km 0

Se conocieron en 2014 y tuvieron que pasar cinco años para que aquella semilla germinara en forma de restaurante. Marta Rombouts y Germán Cipriano habían coincidido trabajando en el Alkimia de la calle Indústria y, en 2019, huyendo de la burbuja gastronómica barcelonesa, encontraron un local en Badalona, de donde es la familia materna de Marta. Así nació Almarge (Lleó, 79. 93 824 71 90).
El nombre, propuesto por el estudio Pino, es toda una síntesis: por un lado, recuerda los lugares donde se habían formado (Alkímia y Alkostat); por otro, reivindica la vida fuera de la capital, los pequeños viticultores y otra manera de hacer dentro de la escena badalonina; y, para rematarlo, une sus dos nombres (Marge: Marta y Germán).
En una pared del local hay un gran retrato mural de Emily Flöge, compañera del pintor Gustav Klimt, realizado por Andrea Btoy. El interiorismo es de Giovanna Pacilio y Sofia Gidlööf, la nueva imagen es de Íngrid Picanyol, y la tipografía y el logo son obra de Laura Massagué. En el corazón del restaurante, un lucernario lleno de plantas y cactus hace que respire verde.
El espacio es acogedor y la selección musical acompaña —suena, por ejemplo, Nick Drake o Miles Davis. Todo está muy pensado y hecho con cuidado. Es esta reflexión constante la que define el proyecto, que huye de las modas absurdas y de los automatismos funestos de la profesión. Hace poco más de un año, yendo en contra de la tendencia generalizada y casi obligatoria, decidieron decrecer para hacerlo mejor: con el corazón y con sus propias manos.
Redujeron a la mitad el restaurante, pusieron sillas más cómodas, mejoraron la iluminación y los materiales y afinaron y sofisticaron la carta. Y esta valentía honesta tuvo recompensa: es el único restaurante de Badalona —la tercera ciudad de Cataluña— recomendado por la Michelin. Aunque ahora cierran tres días, trabajan más horas, pero están más contentos y todo tiene más sentido: "si sabes hacer una liebre à la royale, es mejor que no hacer las enésimas patatas bravas, aunque tardes más".
Cuando te sientas a la mesa, constatas todo esto con deleite, bien sea en forma de huevo mimosa (relleno de anguila ahumada, 5 euros), de cordero asado (con espinacas, calabaza y piñones, espectacular, 24 euros) o de pelota de faisán (con setas y col, el otoño emplatado, 24 euros). La carta está llena de hallazgos fantásticos como la alcachofa con lengua y salsa gribiche, o la raya con jugo de pollo y toffee de zanahoria (su particular versión del mar y montaña).
Hay que decir que, si se ponen a hacer croquetas, no se quedan mancos: de asado de ternera, con col y rábano picante, que desengrasan y contraponen perfectamente el relleno meloso. La carta de vinos es larga y minuciosa, con referencias de pequeñas bodegas de aquí y de Italia, Austria, Francia… Muchos son de mínima intervención, como el Lambretta del Priorat, buenísimo, que sirven en unas copas de tallo finísimo, como si fuera el reguero capturado de una diosa de montaña.
Almarge es eso: un lugar hecho a conciencia donde cada detalle cuenta y evidencia la dedicación de sus factótums, que en lugar de subirse al carro de reventarlo todo desde el crecimiento y la codicia desmesurados, decidieron bajar el ritmo, prestar atención y podar para ofrecernos maravillas. Celebrémoslo.
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