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Circular por Barcelona en día de ola de calor significa convertirse en una cucaracha sudorosa que se arrastra por el asfalto, con la espada de Damocles del sol, que cae a plomo, siempre a punto de cascarle a uno el caparazón (o darle un soponcio). No somos una ciudad que tenga especialmente ni mucha sombra ni muchos parques, o sea que una sorpresa umbría como la que os contaré se agradece como un vaso de agua fresca.
En el número 55 del Passeig Manuel Girona está el Portal Miralles, un cercado y puerta de acceso a la Casa Miralles, que construyó Antonio Gaudí por encargo del industrial Hermenegildo Miralles. La sinuosa pared –que parece una piel de serpiente secándose al sol– tiene un perfil ondulado, que se va estrechando en la parte superior, y está rematada en una red metálica con pinchos.
Pese a ser una de las obras menores de Gaudí, toparte con este elemento, en una zona tan ausente de encanto como son las inmediaciones de la Gran Via Carles III, impacta. A finales de los noventa pusieron una estatua de Gaudí en la entrada, por lo de la señalización turística.
Pasas del impacto al alivio cuando compruebas que, según traspasas el portal a la izquierda, te espera una terraza secreta y balsámica: es la del Menudo Ba-Bar (Benet Mateu, 24), una cafetería incrustada en los bajos de la finca esquinera. Mi única experiencia aquí fue tomar un café con leche ni bueno ni malo, con un croissant pequeño y algo seco (habría que ver qué tal es en otra franja; los platos de cocina italiana de su Instagram pintan bien).
Pero lo regular de la oferta de desayuno se ve compensado por la instantánea sombra de un árbol hercúleo que cubre todas las mesas de la terraza, con suelo de piedras calcáreas. Por si fuera poco, también hay sombrillas y tiestos de plantas por doquier. Entras cual guiri recalentado por la puerta, y la temperatura baja instantáneamente, porque sentarse en la terraza del Menudo Ba-Bar es como sentarse en un bosque, que ahoga entre sus hojas y frescor el tráfico de autopista. Una maravilla.
Volvamos a la arquitectura: el portal era la entrada a la Casa Miralles, un chalet inspirado en una barraca valenciana. Pero la finca se vio limitada por la construcción de unas cocheras de la compañía de tranvías. El conjunto fue demolido a finales de los años sesenta, por la construcción del grupo de viviendas de Las Cocheras de Sarrià, del arquitecto Coderch, finalizadas en 1973. Y también son espléndidas: una oda racionalista con un pie en el sueño de clase media-alta de tener una casita con jardín en la ciudad, y a la vez está adaptada a la forma urbana tradicional de una terraza continua que define la calle.
Por si fuera poco, el horario del bar es extensivo: cada día de 8 a 24 h (sábado y domingo a partir de las 9 h). Pequeña e ingenua reflexión de clase: Uno vive en Poblenou, y en los bajos goza de la asfáltica terraza de un bar humilde, eso sí, con birra muy bien tirada, cuyo propietario se las ve y desea para controlar y echar a los oficinistas expats que la sobreocupan, en grupos ruidosos de pie trasegando latas del súper de al lado, también alimentados por la parada del Bus Turístico que nos pusieron el otro día (a cambio de alejarnos los contenedores de reciclaje, gracias). Y los residentes de Sarrià tienen un bar que parece la Selva Negra, rodeado de patrimonio protegido por los cuatro costados.

