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A un paso de L'Hospitalet, esta esquina de Les Corts es un delicioso secreto de barrio con seis taburetes

Todos hemos visto y sufrido la escena muchas veces: una cola de gente alineada ante un cordón dorado y alfombra roja para entrar a tomar un trago, como si sentar el culo en la barra y pedir un dry martini fuera acceder a los Oscars. A menudo tienes que ponerte en una cola virtual o reservar para entrar en coctelerías de alta gama. Ahora bien, para aposentar las nalgas en la deliciosa coctelería Can Bruixa –Joan Güell, 168, esquina Can Bruixa. T. 633 27 86 87– también hay que reservar: solo hay seis taburetes, y su propietario, bartender y único trabajador, Daniel Sevillano, ha decidido que esta es la mejor manera de funcionar.
"Lo llevo todo yo solo, siempre he preferido las cosas pequeñas a las grandes", me explica Sevillano, con estudios de cocina y hostelería por el CETT que asumió el bar Can Bruixa cuando él tenía 22, y este año cumplirá los 23 años (el bar, no el propietario, algo que casi lo convierte en un bar de toda la vida). "Tú reservas por WhatsApp, me dices cuánta gente seréis y de qué a qué hora estaréis. En fin de semana es imprescindible hacerlo", explica. Hay un aspecto genial: si vas con cinco o seis amigos y reserváis, ¡tendréis todo un bar para vosotros! Y os cerrará la entrada con un cordón.
¿Puede ser que Can Bruixa sea la coctelería más pequeña de Barcelona? "¡Hombre, son 18 m² y seis taburetes! Ahora que el 33 de Santi Ortiz cerró para irse a Madrid, que eran tres taburetes y una mesita, tengo números de serlo, sí", opina. En todo caso, asegura que tendría el récord de la coctelería más pequeña del mundo con más botellas: "¡En 18 m² hay 500 botellas!", exclama.
¡Can Bruixa tiene 18 m², seis plazas y 500 botellas!
Hay muchas más ventajas: los tragos, preparados con maestría y licores de calidad, son clásicos –nada de ensaladas eléctricas flotando o minidrakkars vikingos que os transportan el cubata– y cuestan todos diez euros: su dry martini es una bala de plata de primera categoría, fina, con el punto alcohólico justo y refrescante, y tiene todo el repertorio serio: negroni, old fashioned, whisky sour... "Me puedo permitir estos precios porque soy yo solo, y si venís por la tarde, os pondré un poco de pica-pica: patatas chips, fuet, aceitunas y salchichas de frankfurt", dice.
De noche, si no encontráis sitio en la barra sin reserva, algo más que probable, hay una microterraza de lo más simpática con dos mesas, y con los tragos os servirá cacahuetes recubiertos de chocolate y Mikados.
Cuando abrió Can Bruixa, en 2003, el bar era mucho más diurno, con desayunos y tapas, pero Sevillano, mixólogo autodidacta, decidió convertirlo en una coctelería de tardes después de la pandemia. Por cierto, hay una carta de tragos sin alcohol muy interesante: el propietario hace diez años que es abstemio, pero no por eso deja de visitar coctelerías creativas y probar cosas nuevas.
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