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Hay lugares que solo por su emplazamiento ya son telúricos o poderosos. Que, por alguna especie de psicogeografía urbana –es decir, el efecto que ejerce la localización concreta de un rincón de la ciudad en los sentimientos y comportamiento de un ser humano– tienen un atractivo que permanece dentro de ti mucho tiempo después de que hayan desaparecido.
El bar-terraza Kasparo, situado en la esquina noreste de la Plaza Vicenç Martorell, es uno de ellos. Cobijado bajo porches de piedra, permite una visión total de la plaza, con todo el espectáculo humano del antiguo Barrio Chino, al tiempo que un cierto grado de intimidad y recogimiento (que se convierte en burbuja de jolgorio en sus momentos álgidos de clientela). El Kasparo, a tocar del embrollo turístico y turistificado de la Rambla, representaba uno de los últimos reductos de bar frecuentado por clientela local que quedaba en el Raval Norte, junto con el Bar La Masia o el Bar Castells.
El Kasparo tuvo que cerrar la primavera del año pasado. La pareja formada por Elizabeth Triadó —australiana de origen catalán— y Marcel·lí Carrera, tuvo que bajar la persiana tras 30 años al frente del negocio, por no haber podido hacer frente al incremento de los precios del alquiler comercial en Barcelona, como ha ocurrido con tantos otros bares y restaurantes de pura identidad barcelonesa y de pequeños empresarios.
No hablemos en pasado. La buena noticia es que el Kasparo ha reabierto y recupera un concepto muy similar al de su cierre: el de un bar-restaurante de espacio interior nimio y terraza magnífica, con una oferta en condiciones para desayunar, comer y cenar a precios contenidos. Pues vamos allá. Me instalo y pido el infalible binomio caña-bravas. Ya no son aquellas patatas asadas con forma de gajo de naranja, piel y alioli picante y crema agria, pero están la mar de buenas. Y la copa de cerveza, a 2,50 euros a un paso de la Rambla y muy bien tirada, lo convierte en punto de birra total.
El nuevo propietario del Kasparo es Fran Fernández, ingeniero de Santa Coloma de Gramenet, emprendedor en proyectos de hostelería y vinculado a la cerveza artesana Almogàvers. El primer paso ha sido hacer faena burocrática para que el Ayuntamiento le permitiese ampliar la terraza hasta 18 mesas con 36 sillas, una gestión que ha retrasado la reapertura casi un año: "porque abrir con las 9 mesas, como en la época anterior, no tendría sentido", explica.
La carta mantiene la estructura anterior, con desayunos y tapas disponibles durante todo el día. El cambio de propiedad ha desplazado el plato del día y los sabores mediterráneos orientales, como la quiche de verduras con ensalada o el mutabal con pan de pita, en favor de tapas de toda la vida: calamares a la andaluza, ensaladilla rusa, bravas y las inevitables smash burgers, por ejemplo. Y para desayunar, café de especialidad y bocadillos de longaniza y jamón por delante de la tostada de aguacate y los huevos revueltos con lo mismo (que también hay).
¿Por qué el Bar Kasparo se llama así?
El Kasparo ha mantenido su vocación de bar de guardia abierto todos los días del año: en breve comenzarán a abrir por la mañana, con desayunos de tenedor, en lugar de hacerlo al mediodía. "Tengo que ir con mucho cuidado de no equivocarme, porque aquí detrás no hay un grupo de inversión, soy un pequeño empresario", explica, "e iremos mejorando las cosas poco a poco y perfeccionándolas; la intención es que perdure 40 años más, siga siendo un punto de referencia para el local y el turista y cambie lo mínimo", me cuenta Fernández.
Por cierto, desvelamos el origen del nombre del Kasparo. No tiene nada que ver con el ajedrez ni con Europa del Este. El fundador del bar en 1985, Benito, vino de Prioro, un pueblo de León, y su calle se llamaba Casparo.
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Este artículo se ha publicado el 4 de noviembre a las 10 h

