[title]
La autenticidad es una de las grandes estafas retóricas en el mundo de la gastronomía (y del mundo en general). Para quien escribe, por ejemplo, es mucho más importante que una pizza tenga un buen producto y una buena factura que unas credenciales de denominación de origen napolitana, con agua italiana y tomates de la Toscana (un ejemplo buenísimo lo tenemos en la reciente apertura de Pizza Bar, un restaurante de pizza con producto catalán y una masa de estilo propio).
En ese sentido, el trabajo del Grupo Nomo es modélico: este grupo de restauración de Barcelona, con 20 años a sus espaldas, ha cultivado la cocina japonesa de alta calidad, pero sin fundamentalismos, con el talento de su chef, Naoyuki Haginoya, poniendo un pie en el Mediterráneo y otro en el sol naciente sin complejos y con mucha inventiva; veamos platos como una tempura de verduras con huevo y foie de l'Empordà. Nomo se ha especializado en una franja de precios razonables que se corresponden con la excelencia: véase su menú brutal menú degustación a 50 euros, con poco que envidiar a propuestas que rozan el billete verde gordo.
Y mucho de esta personalidad hay en avabado de abrir Nimi Japanese Bar (Pau Claris, 107. De lu. a do. de 11 a 23 h. T. 613 09 79 82). Esta es su versión del bar de comida callejera de Japón: una propuesta de comida rápida japonesa de alta calidad, enfocada sobre todo en los sandos –los bocadillos nipones– junto con otros platos típicos de la cocina popular asiática. Todo por un precio medio de poco más de 20 euros.
"Nimi, como indica el nombre, es pequeño, pero para nosotros es un paso muy importante. "Después de 20 años de Nomo, sentimos que era el momento de acercar Japón al público de una nueva manera", explica Borja Molina-Martell, director y cofundador de Nomo. "La intención era traer un pedacito de Tokio a l'Eixample", prosigue.
Un lugar pequeño y exquisito
Y el lugar es muy pequeño, sí. Justo en la entrada, vemos una barra de bloques de hormigón y, detrás, una cocina a la vista de acero. Tiene un pie en la comida para llevar y comer in situ: tras la barra-cocina, me siento en un saloncito de techos altos, paredes industriales y suelo con grietas imperfectas, irregulares. El escaso mobiliario –dos bancos, cuatro mesitas, y el techo y la estructura del baño– son kigumi, es decir, carpintería sin clavos, ensamblada al milímetro. Minimalista, pero satisfactorio y muy bonito en su crudeza.
¿Y la comida? La carta, a cargo de Hisanori Matsuki, también es breve, pero altamente satisfactoria y pensada al mínimo detalle. Empezando por un sando de hamburguesa de wagyu con salsa teriyaki, lechuga, huevo duro y mayonesa japonesa. Un buen bocadillo siempre es mucho más que algo que se come rápido.
Un hitazo. El umami profundo de la salsa, con matices de ajo y jengibre presentes, abraza la suavísima ternera, y todo se funde en la boca, se desparrama goloso en el plato de cartón y no dejas ni una miga. 14,90 euros, el plato más caro de la carta. Otras opciones de sando son el katsu sando –lomo de cerdo rebozado con panko, col lombarda y salsa tonkatsu, la versión nipona de la salsa Worcestershire, o uno de langostinos en tempura con huevo duro y salsa rosa ligeramente picante.
Apartado tapas: bueno del carajo el 'karaage' (2,90 euros), si me permitís; su rebozado firme y escarpado esconde pollo frito a la japonesa, es decir, con cierto tono rosado y no del todo hecho que contrasta con el exterior, y lo sumergimos, gustoso, en mayonesa tirando a picante.
Y triunfan también las patatas fritas a la japonesa: con aderezo de nata agria y alga nori seca espolvoreada, combinación exótica y a la vez un ejemplo de contención ante la moda vulgar de sumergir las patatas fritas en quesos fundidos en los que nada un kilo de chorizo. ¡Mucho mejor que de vicio!
Otras opciones son okonomiyaki, la pizza japonesa, que además de ir con su salsa clásica lleva cerdo asado y desmechado y queso cheddar. También hay un apartado de panecillos japoneses para desayunar, y cinco postres, ninguno de los cuales pasa de cinco euros (el próximo dia caerá el bollo relleno de crema y macha). Nimi tiene un pie en el take away pero no se olvida del cliente presencial: es de los pocos sitios de Barcelona que tienen cerveza japonesa de barril, más ligera y refrescante que nuestra lager occidental. En definitiva, un billete de 20 más que bien empleado.

