Malamén y La Marmota, gastrobares con un toque nórdico

Alta gastronomía en barra y buenos desayunos
La Marmota
©MariaDias La Marmota
Por Ricard Martín |
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Humberto Cruz alucina: "Nos dieron la última licencia de Poble-sec". Y ha valido la pena. El bar Malamén tiene tantas posibilidades como matices su nombre -brujo al que se encomiendan los actores, matiz travieso, final del padrenuestro- y a principios de 2015 abrió en la calle Blai. "Rompemos con los bares de pintxos en serie", sonríe este venezolano asociado con uno de Pamplona, "y los vecinos se alegran. Es un bar bonito donde se come muy bien". De lejos, está el peligro de confundir el Malamén con una coctelería de lujo -espejos, madera, taburetes- o el clásico lounge con más ínfulas que realidad. Cuando pruebas el primer plato del sueco David Elfstrand –cocina a la vista, show cinético– las dudas se evaporan.

Elfstrand, con mili en el Mutis y Michelins -"lo que es importante es la experiencia y no la estrella", dice-, como nativo del norte lejano, está acostumbrado "a vivir de la tierra, a aprovechar al máximo un producto que dura poco". Las coordenadas de su cocina son tradición catalana con un toque del producto del lugar de origen de cada uno y radicalismo: aquí hay platos pensados para carnívoros gourmet -extraordinarios canelones de pintada con trompetas de la muerte y un fondo con los huesos del ave, estofado de ciervo de alta cocina -y platos pensados directamente para veganos: una ensalada de hojas de temporada con semillas y vinagreta de cava que redime todas las crudités sosas que os han hecho comer como si fuerais rumiantes.

El plato principal vale lo que cuesta -producto del bueno- y es abundante. Y también podéis comer tapas, excelentes (croqueta de calamar: ¡un arroz negro rebozado!). Si la energía no decae, serán un referente en el barrio: ¡barra de caza con opción vegana!

Las rubias del bar
La peripecia del Malamén hace pensar en la de La Marmota: María Montero, sevillana, se juntó con María Kauppila -"abandonamos nuestras respectivas multinacionales", dice la primera- para montar un bar. Una rubia del norte, norte, y una del sur, sur, unidas con el ánimo "de ofrecer cosas de nuestra tierra y buen producto". La Marmota tiene una oferta más humilde que el Malamén, pero en su casilla, la del bar para desayunar, comer saludable o merendar, impecable.

Mandan los bocadillos hechos con pan de payés eco, pan negro traído de Finlandia o mollete andaluz (¡lomo con manteca colorá!) y recetas que justifican una comida, como la de salmón, aguacate, brie y Philadelphia, con una buena ensalada. La extensa oferta de dulce es casera y los paladares curiosos tenéis que probar el karjalanpiirakka, pastelito salado hecho con masa de arroz y servido caliente, con huevo duro y mantequilla. ¡Una bomba de pan negro! El sitio es precioso y hace barrio: una antigua mercería cubierta con el material del altillo.

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Malamén
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Malamén

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Malamén, producto de la asociación de un venezolano, un navarro y un chef sueco con experiencia en la alta cocina, es un bar-restaurante que rompe del todo con la hilera de pinchos pseudobascos en serie en que se ha convertido la calle Blai. En Malamén -con aspecto de coctelería pero con cocina a la vista- encontraréis una cocina de producto de temporada que presta atención tanto a veganos como a carnívoros. En el primer apartado, una ensalada de hojas con semillas y vinagreta de cava. En el segundo, unos canelones de pintada con trompetas de la muerte que son buena cocina de caza con todas las de la ley, y también algun plato contundente con pinceladas suecas o latinas, como el ciervo o el asado negro. Y si deseáis un ticket más económico, tapas de toda la vida con un toque innovador.

La Marmota
©MariaDias
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La Marmota

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