En Dinamarca, se vive tan bien y son tan felices que incluso se tienen que importar las malas noticias. Y lo peor és que se lo han creído. Nos podríamos imaginar que los dos personajes de la obra de título de país nórdico (y famoso teatralmente porque algo está podrido en él), escrita por Lluïsa Cunillé, son un Hamlet que no muere a manos de Laertes en la última escena de la tragedia de Shakespeare y su madre Gertrudis, ya mayores ambos, compartiendo techo y obligados a soportarse. Están cansados de vivir y todo les importa un bledo, pero no piensan renunciar a nada. Pere Arquillué e Imma Colomer son los encargados de darles vida. Dos intérpretes al servicio de una pieza que solo dos tótems podrían llevarse a su terreno.
I és que el trabajo de Arquillué y Colomer es de otro mundo. Cunillé necesita este tipo de actores y actrices que llevan la valentía tatuada en el brazo, suficientemente hábiles para encabezar repartos en montajes populares y a la vez meterse en jardines espinosos como este Dinamarca. Porque aquí estamos más cerca de un Fi de partida que de un Hamlet, aunque la autora catalana lo único que toma prestado de Beckett es la mala leche y su sentido del humor.
Cunillé necesita este tipo de actores y actrices que llevan la valentía tatuada en el brazo
Porque en Dinamarca tenemos a una madre y un hijo que viven con poco o nada, que ya se lo han dicho todo y que monologan más que dialogan. Intervienen en exabruptos, a través de acciones. Manda más el gesto que la palabra. Pero cuando tienen que decir algo miden el significado como Racine el alejandrino, con exactitud, con profundidad, con belleza.
Albert Arribas, en la dirección, vuelve a demostrar que no hay obra difícil para él. Ha conectado plenamente con el universo de Cunillé y ha tomado suficiente impulso para que un Arquillué se ponga a sus órdenes. Después de El gos y de Al contrari, después de El jardí, Dinamarca era un caramelo que requería ir un poco más allá. Y se ha salido de manera excelente.

