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El pasado mes de junio, Barcelona llegó a los dos millones de turistas (según el estudio Travel Report, de MasterCard). Una cifra histórica –o insoportable, según el prisma con el que se mire– que concuerda con los últimos datos que ha ofrecido el Ayuntamiento de Barcelona: en el primer trimestre del 2026, Barcelona alcanzó una cifra récord: durante el mes de marzo, nuestra ciudad acogió a un millón de turistas, un 1,9% superior al marzo de hace un año y... ¡Un 6,8% superior al mes de marzo de antes de la pandemia!
A quien escribe, que vive en un cruce donde en cada chaflán hay un bar local monopolizado por expats, las piernas le tiemblan a la hora de pensar que por esta regla de tres en agosto quizás llegaremos a los tres millones de turistas diarios. Para el barcelonés que no vive en Horta o en Nou Barris, el turista se ha convertido, en el mejor de los casos, en un ciempiés enorme que va deslizándose por nuestra cotidianidad y que convierte en largas y tediosas las colas que antes eran normales (café, supermercado, horchata, pan...)
Pero hubo una época en la que los turistas no eran un elemento exótico, como durante el postfranquismo, sino una realidad con la que nos gustaba convivir. Estoy hablando de mitades, finales de los años noventa del siglo XX. Queda como testimonio, en una esquina de la Plaza Real, justo al lado del Jamboree, el hostal juvenil Kabul (que en su web se define con el sugerente subtítulo de Party Hostel + 18).
Quien escribe recuerda que por allá el 1997, cuando vino a estudiar a Barcelona, el Kabul, un hostal de turistas (hoy los llamaríamos guiris) era una parada noctámbula obligatoria para la juventud catalana. Tú picabas el timbre, farfullabas cualquier cosa, te abrían la puerta y subías las escaleras. Allí, te esperaba el centro neurálgico de la farra: era una máquina de vending con birra a 75 pesetas, después a 20 duros (la semana que la subieron de precio, fue un drama). Se podía pillar priba de batalla a precio de saldo (a los 18 años no tienes pasta para coctelerías finas) y, sobre todo, cultivar el palique con turistas jóvenes de todo el mundo.
Birras a 75 pesetas y toda la noche para hablar
"La cosa era muy sencilla. Recuerdo que había un par de bancos bajos de madera delante de la máquina de cerveza. Tú te sentabas a beber y charlar, e incluso dejaban cierta manga ancha a los que querían fumar cosas que no fueran tabaco", me explica Anun Jiménez, librera de La Ciutat Invisible. Ella frecuentó el Kabul del 93 al 95, y recuerda nítidamente que "éramos un grupo de chicas que íbamos allí a ver si conocíamos guiris, sobre todo holandeses".
No es que fueran a ligar, asegura, sino que la interacción social del Kabul tenía su atractivo en que "antes no tenías acceso a cierto tipo de música o de ropa si no venía de fuera", y las noches en el Kabul para ellas se convirtieron en un centro social y de intercambio –música y ropa, sobre todo– y de descubrimiento de nuevas tendencias: "Tú veías la ropa que llevaba la gente, y después íbamos a las galerías El Camello –cerradas en 2021– a buscar cosas similares".
A principios de los 90, recuerda Jiménez, "solo la gente de casa buena, como el DJ Sideral, se podía permitir ir a Londres a descubrir modas y tendencias; la gente que éramos de clase obrera nos teníamos que conformar con la socialización en el Kabul". Déjala ir, la socialización en el Kabul. Tan poderoso era el polo de atracción de las latas a 75 pelas y los bancos de madera, que la primera noche de marcha que recuerdo en Barcelona se basó en: birras en el Kabul y cubata en el añorado Karma (¿tomar un cubata por primera vez en una discoteca podríamos llamarlo un cubautizo?).
"Los que éramos de clase obrera no íbamos a Londres, sino a beber birras al Kabul"
Poco después, como estudiante de filología inglesa, me convertí en un habitual, sobre todo para practicar inglés con norteamericanas: la juerga que se montaba junto a la máquina era digna de un bar de moda ("muy pocas veces te pedían que bajaras la voz por el tema de la gente durmiendo", recuerda Anun, un hecho que corroboro) y era el calentamiento perfecto con los amigos antes de salir a quemar la noche. Y si ibas corto de pasta, pues te quedabas allí trasegando latas y te daban las 3 de la madrugada.
"El barcelonés ya no va a la Rambla, es un territorio perdido"
"Hace años que no paso por allí. Porque como barcelonesa me da un cierto vértigo ver que todo aquello ya no es nuestro, sino territorio perdido", dice la librera con melancolía. Pone el ejemplo del Viena de la parte alta de la Rambla, ya hace tiempo cerrado: "Mis padres son del Poble-sec, y en su primera cita quedaron allí", me explica divertida.
Por cierto, quien escribe debe de ser de los pocos barceloneses –al menos de adopción– que ha dormido en el Kabul. Fue en 1996; saliendo del atómico concierto de Marilyn Manson en Bikini, quizás la cosa más bestia que he visto nunca en un escenario, pagué la novatada de encontrarme los Ferrocarrils cerrados para volver a la Universidad Autónoma. O sea que alquilé un catre en el Kabul para descansar unas horas. ¿He dicho dormir? Perdón, allí se hacía de todo menos dormir, como todavía debe de pasar hoy. Aunque ya no haya gente de Barcelona para comprobarlo.

