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Bistrot Bilou
Foto: Maria Dias Bistrot Bilou

La pequeña Francia del Eixample de Barcelona resiste

Entre Roger de Llúria y Hospital Clínic se come y se habla mucho francés

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Hasta hace cuatro días, el Eixample era un enjambre de restaurantes franceses, si me perdonáis la homofonía: sobre todo en Roger de Llúria y Pau Claris, dos calles paralelas, y en sus cercanías. Desde pequeños bistrots clásicos (Au Port de la Lune) a arriesgada cocina de autor con un espíritu cien por cien francés (L'Escale) pasando por magos de la pastelería (Patachou). 

Estos tres locales han cerrado, pero el arraigo de la comunidad francesa en este barrio posibilita que abran nuevos. Como por ejemplo, el Bistrot Bilou (Pau Claris, 85), que abrió cinco minutos antes de que explotara el horror. Éric Basset, ex-jefe de cocina del Caelis de Romain Fornell, quería montar un bar de vinos pero se lio. Y en este delicioso local tanto hay tapas con mano de alta cocina –¡qué bravas!– como cocina clásica francesa: platos casi inéditos en Barcelona: como un 'pithivier', pasta de hojaldre en la que se sustituye el relleno dulce por un corazón de foie-gras meloso, envuelto con carne picada de cerdo. El espíritu es de proximidad: producto de temporada cocinado al momento. Hay para pensárselo, aprender y descubrir.  

Bistrot Bilou

 

Bistrot BilouFoto: Maria Dias

 

El arraigo de la comunidad francesa en la derecha del Eixample se hace patente con la librería Jaimes (o la librería francesa para los amigos), un espléndido punto de cultura francófono que sobrepasa los 75 años de existencia resistiendo al franquismo y las crisis inmobiliarias (cuando fue expulsada de Paseo de Gràcia, no hace mucho, buscó la protección del eje Llúria-València). Y una casualidad curiosa: el callejón que une Mallorca y València, a un paso de Roger de Llúria, se llama Passatge dels Camps Elisis. No es ningún homenaje a la gran avenida de París: recibe el nombre de unos grandes jardines con un parque de atracciones que, con este nombre, existió entre el 1853 y el 1873. Estos Campos Elisios barceloneses ocupaban tres islas del Eixample, de la Diagonal hasta la calle Aragó. 

Passatge dels Camps Elisis

 

Passatge dels Camps Elisis Foto: Ajuntament de Barcelona

 

¿No os queréis complicar la vida, comiendo? L'Entrecôte Barcelona es vuestro sitio. Sirven un plato único: un exquisito entrecot fileteado –pura carne, ni grasa ni hueso, bañado en la famosa salsa Café de París– con una ensalada de nueces y un plato gigante de patatas fritas. Un placer primario que remite directamente al país vecino; la familia propietaria hace más de medio siglo que se dedica a hacer entrecot y patatas fritas.

L'Entrecôt Barcelona

 

L'Entrecôt Barcelona FOTO: Maria Dias

 

¿Queréis algo más saludable? Pues la cafetería Épicerie del grande Romain Fornell –estrella Michelin en el Caelis– ofrece un abanico de opciones que van desde el hedonismo dulce (almuerzos a base de bollería artesana de alta gama hecha en su obrador) a las ensaladas y quiche de los más saludables, siempre con el extra del toque gustoso que presuponemos a la cocina francesa. 

Los cocineros franceses que se han instalado en Barcelona suelen tener siempre un gran nivel (no por nada vienen del país que revolucionó la cocina moderna del siglo XX). Y por eso es un placer disfrutar de un proyecto de proximidad de barrio y de alto nivel: Clara y Darius son dos parisinos con un amplio bagaje Michelin –tanto en Francia como aquí– que en 2018 abrieron el Clarius, el clásico local alargado del Eixample que ellos han convertido en un rincón encantador, donde convive la cocina de bistrot con toques asiáticos, y donde disponen de un menú de mediodía fenomenal. 

Una buena baguette –nada que ver con aquella inmundicia gomosa que nos vendían hace años– forma parte del orgullo nacional de Francia: ningún parisino al mediodía sin su barra larga y sabrosa. Lo podéis comprar a Le Pain d'Éric & Benjamin, donde Benjamin Brabant rinde homenaje a su maestro Éric Bonnet, un panadero artesano de Camélas (Pirineos Orientals, nada de tecnopop 'cañí'): fermentación lenta con levaduras naturales, harinas ecológicas, y dar forma a mano. No utiliza fuego de leña, pero tiene uno de esos preciosos hornos Matheu giratorios de pared del 1950. Y ya se sabe que el buen pan hace barrio: primero, porque por una buena panadería pasa todo el mundo. Segundo, porque los deliciosos olores de este horno ya te ponen de buen humor mientras esperas. 

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