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Con motivo del estreno de la serie ‘Ravalejar’, paseamos por el barrio y hablamos con la actriz de presente y futuro, de teatro y de audiovisual, de crear redes y de especulación inmobiliaria

En un momento de la mañana que compartimos paseando por el barrio del Raval, bromeamos con la cantinela de "actriz del momento" que, hace apenas un par de años, parecía inseparable de su nombre. “¿Quizá el momento se está haciendo demasiado largo, no?”, responde entre carcajadas. Ya te has instalado en el lugar donde estás, Maria, esto ya no es puntual, ni ninguna moda. “¡Ojalá! Es verdad que estoy currando mucho, pero quizá después vendrá una racha peor y no trabajaré tanto. O quizá sigo así, no lo sé... Todo esto también me ha llegado con suficiente bagaje como para ser previsora, y para ser consciente de que la vida no siempre te sonríe. Está muy bien que me haya llegado en un momento de seguridad y de conciencia plena”, remata la actriz.
La reflexión viene a cuento porque, en los últimos años, Maria Rodríguez Soto (Barcelona, 1986) se ha convertido en una de las actrices más solicitadas del país. Aquella carrera de hormiguita que vivió un punto de inflexión cuando protagonizó Els dies que vindran (Carlos Marques–Marcet, 2019), explotó definitivamente con los premios por Mamífera (Liliana Torres, 2024) y con el éxito arrollador de Casa en flames (Dani de la Orden, 2024), de la que pronto rodará una segunda parte. Si antes era un rostro conocido por los teatreros de Cataluña, el salto mediático ha sido más que evidente. Hace unos meses la veíamos en Frontera (Judith Colell, 2025) y, en el momento de protagonizar la portada de Time Out de este mes, coinciden la serie Ravalejar con las funciones de Permagel, la adaptación teatral de la novela de Eva Baltasar que representa en el Espai Texas hasta el 28 de junio. “Era mi primer monólogo y estaba un poco cagada, pero... ¡me lo estoy pasando increíble!”, confiesa.
En todo caso, es el estreno de Ravalejar (que llega a la plataforma HBOMax el 22 de mayo) la que nos hace proponerle un paseo por el barrio que sirve de escenario a la serie. Rodada en catalán, habla del drama de la especulación inmobiliaria, de pisos ocupados, de una ciudad entregada al turismo que pierde la identidad y de una gentrificación sin solución que se lleva por delante a los vecinos y locales tan emblemáticos como el restaurant Can Lluís. Recientemente reabierto con otros dueños, el original era propiedad de Ferran y Júlia, hasta que fueron desahuciados tras un inasumible aumento del alquiler por parte del fons de inversión que había comprado el edificio.
El destino ha querido que el hijo de Ferran y Júlia sea cineasta, y haya trasladado lo que vivió a una serie. Escrita y dirigida por Pol Rodríguez e Isaki Lacuesta, Ravalejar estira la realidad y la transforma: Can Lluís pasa a ser el Can Mosques en una ficción con tono de thriller trepidante y absorbente que pone el foco en la especulación inmobiliaria, mezclada con una red de ocupación de viejos pisos que esperan una reforma. Los dramas humanos y las traiciones combinan con persecuciones por las calles del Raval y escenas en la cocina que recuerdan a The Bear. Con un reparto de lujo (Enric Auquer, Sergi López, Quim Ávila y Francesc Orella, entre otros) y una atractiva apuesta visual que juega con elementos del documental, Ravalejar es una de las series del año.
Hablamos de ello con Maria Rodríguez Soto mientras hacemos un par de paradas en dos locales del Raval que, como el Can Mosques ficticio, se resisten a ser engullidos por esta Barcelona agresiva con los suyos. Por un lado, el bar La Masia, donde Montse continúa con un negocio familiar con décadas de historia, y donde, cosas de la vida, nuestra entrevistada vio el icónico gol de Andrés Iniesta en Stamford Bridge que clasificaba al Barça de Guardiola para la final de la Champions 2009. Y, por el otro, tomamos un bocado en el restaurante Ca l'Estevet, recibidos por dos excelentes anfitriones como Pepe y Carla, cuarta y quinta generación de restauradores.
¿Sobre el papel, Ravalejar ya parecía un proyecto tan atractivo como el resultado final?
¡Sí, mucho! Yo ya sabía que Enric Auquer formaba parte del proyecto, y me había hablado mucho de él. Así que cuando me propusieron participar, ya pensaba que molaba muchísimo. Además de rodar al lado de casa y poder ir caminando, que es un sueño [Ríe]. Tenía ganas de trabajar con Pol y con Isaki Lacuesta después de ver Segundo premio. Después flipé con los guiones y conocí a los padres de Pol... Trabajar desde este lugar tan preciso, tan único, me hacía pensar que también podríamos explicar una historia muy universal. Hablamos de Barcelona y de un conflicto que me afecta a mi, a ti, a mis amigos, que afecta a todo el mundo.
Más allá de los criterios artísticos, debe de haber algo de posicionamiento casi político cuando participas en una obra que señala el drama de la vivienda y la gentrificación. ¿Me equivoco?
Sí, es así. Seguramente sea la gran problemática social de ahora mismo. Y no estamos nada defendidos a escala gubernamental. De hecho, estamos vendidos. Pensé que si quien lideraba el proyecto era alguien que, desgraciadamente, lo había sufrido, el conflicto se explicaría desde el lugar que yo apoyo. Así que adelante, sentiré orgullo de formar parte de ello y de poder hablar desde este punto. El guion era muy redondo, y no hace falta investigar mucho porque, lamentablemente, este es un conflicto que nos afecta a todos. Creo que estamos cerca de los sindicatos de inquilinos y de su lucha constante, que es la nuestra.
La trama pone un debate sobre la mesa: la respuesta de los protagonistas no es muy legal...
Mientras ensayábamos, se abrían debates: ¿hasta qué punto tienes que respetar una ley que no te respeta a ti? Y es hacia aquí hacia donde va la serie. Es importante poner todas estas cosas sobre la mesa. A ver, no nos engañemos, con esta serie no cambiaremos nada, porque el problema es mucho más grande que hacer una serie o dejar de hacerla. Pero sí que podrán abrirse debates, y quizá habrá gente que se sentirá más acompañada en su pena, o que encontrará lugares donde poder explicarse. Y esto, como los movimientos vecinales, es lo último que nos queda. Porque el monstruo es tan grande... No parece que haya ninguna voluntad política para que esto cambie. Llevamos años y años con un bien esencial vendido al sector privado. ¿Cómo se revierte esto? No me explico cómo no hemos hecho todavía una huelga general.
Con la serie podrán abrirse debates, y quizá habrá gente que se sentirá más acompañada en su pena, o que encontrará lugares donde poder explicarse
En Ravalejar haces de pareja de Enric Auquer. ¿Habéis perdido la cuenta de las veces que habéis trabajado juntos?
[Ríe] Pues mira, aparte de Ravalejar, de Casa en flames y de Mamífera, nosotros nos conocimos hace doce o trece años, rodando una tv–movie para TV3 que se llamaba El cafè de la Marina, dirigida por Sílvia Munt. Teníamos papeles muy pequeños. Yo hacía de amiga de Marina Comas, la niña de Pa negre, y Enric era un chico del pueblo. Estuvimos una semana entera rodando en Calella de Palafrugell, y nos ponían un hotel, nos pagaban dietas... Era el primer rodaje para ambos y, como teníamos muy pocas frases, tuvimos tiempo para hacernos colegas. Después estuvimos mucho tiempo sin currar juntos, pero ahora ya no paramos [Ríe].
¿La amistad continuó, pues?
Sí, a ver, seguíamos siendo colegas, pero no amigos. Durante muchos años, Enric y yo hemos vivido muy cerca, en el Born. Después él se marchó del barrio, pero ahora ha vuelto. Siempre hemos tenido muy buen rollo, pero diría que la amistad de verdad surgió rodando Mamífera. Es que, claro, hemos hecho cosas muy heavies juntos, muy intensas y de vínculo muy fuerte. Hay una complicidad muy bonita y nos hemos acabado haciendo muy amigos. Y ahora también somos muy vecinos, porque vivimos en el mismo edificio, yo en el 3º 2ª y él en el 2º 2ª. Nuestras hijas se entienden muy bien y está siendo muy guay, porque ahora estamos un poco criando en comunidad. Es bastante divertido, tengo que decirlo.
En este sentido, en un momento muy relevante de la serie, tu personaje hace un alegato de la importancia de crear redes y hacer comunidad.
Sí, me gusta mucho esa escena. Marta, mi personaje, habla de una utopía absoluta. Una teoría que probablemente funcionaría, pero que es muy difícil de llevar a cabo, más que nada porque no nos dejan. Es difícil porque, como sociedad, necesitamos creer más en el colectivo. Y es normal que cueste, porque todo esto nos empuja a salvarnos el culo a nosotros mismos. Es tan complicado encontrar una vivienda donde poder estar tranquilo y que te garantice una estabilidad, estar unos años seguidos sin que te suban demasiado el alquiler... Quiero decir que, en el fondo, todos buscamos nuestra seguridad, y eso hace que la lucha colectiva sea más complicada. Seguramente sería el camino más rápido, nos sentiríamos más acompañados, pero el sistema no quiere que lo hagamos. Lo tenemos todo en contra.
Es tan complicado encontrar una vivienda donde poder estar tranquilo y que te garantice una estabilidad, estar unos años seguidos sin que te suban demasiado el alquiler
La última vez que hablamos me explicabas que necesitabas bajar el ritmo.
¡Necesito parar y me lo puedo permitir, que ya es algo! Estamos en el Espai Texas con Permagel hasta el 28 de junio y también rodaré Mare de sucre con Clàudia Cedó. Pero este verano podré hacer unas vacaciones largas. Y después, me lo tomaré con calma hasta noviembre, solo haciendo bolos de Permagel los fines de semana. Llevo un año y medio sin parar, y no puede ser, por salud y porque quiero estar cerca de la gente que quiero. Y porque... ¡hostia, es que te acabas vaciando! El mío es un trabajo que te expone mucho, y hay que cargar pilas. Cuando actuamos, lo hacemos con nuestro cuerpo, y si vas muy cansada, es muy difícil hacer bien el trabajo. Y también pasa que la gente se cansa de tu jeta [Ríe].
Estás triunfando con Permagel, una función dirigida por Victoria Szpunberg que dijo que solo la haría contigo como protagonista...
¡Eso es lo que me daba más susto! ¡Pensaba a ver si me había puesto en un pedestal que no me tocaba! [Ríe] La verdad es que nos hemos entendido muy bien, ¡y eso que es de estas directoras que no te pasa ni una! Sin Victoria no habría podido hacer la función que estamos haciendo, ni habría conseguido sentirme tan segura en un escenario. En Permagel estoy yo sola haciendo un monólogo de una hora y diez minutos, y te lo juro: cuando entro al escenario todavía voy un poquito cagada por la montaña que tengo que conquistar, pero cuando llevo dos minutos ya ni me entero. Se me pasa volando. ¡Lo disfruto a saco! Estoy muy feliz, y la reacción de la gente está siendo increíble. Cuando te paran por la calle por algo que han visto en teatro, eso me hace una ilusión especial. Tenint la relació que tinc amb els escenaris.
¿Cómo de importante ha sido pasar por la serie Com si fos ahir para memorizar un monólogo de 70 minutos?
Muchísimo [Ríe]. ¿Tú sabes el texto que tienes que aprenderte en una serie diaria? Y además, de hoy para hoy. Venga, ahora siete páginas, y mañana tengo seis, vamos allá, pum, pum, pum. Te lo digo de verdad: a mí, los tres años haciendo Com si fos ahir me enseñaron a estar delante de una cámara. Porque yo no sabía. Aquello es una escuela enorme. Los compañeros eran increíbles, gente del sector que llevaba mil años trabajando, puedes aprender mucho de ellos. De la cámara y del ritmo, y de resolver. ¡Es una gran escuela!
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