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Llegar a lo más alto de Barcelona para comer en este restaurante más que centenario es un placer que se puede disfrutar a pie: cada día de la semana, decenas de excursionistas, jubilados y domingueros de Barcelona, Esplugues de Llobregat y Sant Cugat, llegaban a pie a Casa Trampa para disfrutar de un inmejorable menú de mediodía o de una carta de chup-chup de primera categoría.
¿Decía que llegaban? Llegaban. Sílvia Balldellou, propietaria de Casa Trampa, una casa de comidas fundada a finales del siglo XIX, me explica que "el cierre total de los caminos de Collserola por la peste porcina ha hecho que perdamos un 50 % de la clientela, que sobre todo eran caminantes y ciclistas de montaña que subían por la Carretera de las Aigües".
Balldellou explica que esta sangría de clientela es especialmente dramática entre semana, en la franja del menú de mediodía. "Hacíamos una media de 75 menús al día, 90 en momentos de locura, y ahora estamos haciendo entre 30 y 40. Y no puedo mantener seis empleados con un menú de una calidad de uno de 30 euros y que vendemos por 15,50", se lamenta.
Desde las medidas sanitarias por la peste porcina africana que afecta a los jabalíes, está prohibido el acceso al medio natural del Parque Natural de la Sierra de Collserola. Esto no incluye los centros educativos, ni negocios, siempre que se pueda acceder por transporte público o carretera pavimentada. "Pero me he dado cuenta de que tenía más clientela de caminantes de la que pensaba. Muchos eran jubilados que hacían rutas por Sant Cugat y Vallvidrera, paraban a desayunar, y todo eso se ha perdido por el cierre de caminos", prosigue.
Las restricciones empezaron a finales de noviembre en Collserola, y su finalización es incierta. "Estamos sin trabajar con normalidad desde el pasado diciembre, y no sabemos cuándo se acabará esto. Ya llevamos más de medio año así". Otros obstáculos disuasorios son controles policiales a los conductores –"si vienes a comerte un bocadillo de cinco euros y te amenazan con una multa de 500, no te apetece demasiado"– o las manadas de jabalíes. "La panadera que viene a traernos el pan, porque nosotros no hacemos nuestro pan, tenía que esconderse tras las furgonetas porque le daba miedo bajar a las seis de la mañana".
Balldellou ha hecho explícita esta situación en un post en las redes del restaurante. "No me gusta vender pena, porque llevo 40 años al frente de Casa Trampa, y mi familia 90, pero quiero recordar a la gente que puede venir aquí aunque los caminos estén cerrados. Pueden venir por transporte público o por carretera, en coche, moto o bicicleta". Y argumenta que le cuesta entender que otros restaurantes de la zona no sufran este impacto: "Pero yo miro por lo mío. Al final somos seis familias que dependemos de esto, que se dice pronto".
Quien escribe también hace un llamamiento al lector urbanita a llegar a Casa Trampa en transporte público. El trayecto es una maravilla; coges el ferrocarril en el centro de la ciudad y, después de un trayecto de media horita, emerges en pleno pulmón verde de Barcelona para encaminarte al restaurante en cinco minutos de paseo por el pueblo.
Y vale la pena subir, sobre todo entre semana, por su fantástico menú de mediodía –a 15,50 euros, lunes, martes, miércoles y viernes (los jueves cierra). Pero también es todo un lujo asequible fichar el fin de semana de carta: contra la gentrificación de platos como el fricandó y los macarrones –que de tan populares ya parecen el euríbor– aquí manda la abundancia bien guisada y los precios ajustados por encima de la sofisticación.

