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Cervera de Buitrago. Vela
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Las playas de Madrid: 7 pueblos muy marineros para darse un baño

Una ruta por los pueblos de agua dulce que hay escondidos en la Comunidad

Escrito por
Noelia Santos
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La playa más próxima a Madrid está a cuatro horas y 45 minutos desde el centro de la ciudad. Una distancia mínima cuando se está de vacaciones, pero demasiada para darse un baño de ida y vuelta un domingo cualquiera. Así que hemos localizado un buen puñado de pueblos en la sierra norte de Madrid, a una distancia más que prudencial desde casa y hasta con Bandera Azul, en los que es posible darse un buen chapuzón de verano. El olor a yodo y los restos de sal sobre la piel no están garantizados, las bajas temperaturas del agua sí. Y eso también mola.  

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No hace falta salir de la comunidad para encontrar una encantadora villa marinera donde disfrutar de la naturaleza y también de un entorno espectacular. Se trata de Cervera de Buitrago, un idílico pueblecito a orillas el embalse de El Atazar, en plena sierra norte de la región y con apenas 162 habitantes. Situado a apenas una hora en coche de la ciudad y cerca de la archiconocida localidad de Patones, es la escapada perfecta para cualquier fin de semana. Podéis empezar el día paseando por sus callejuelas y descubriendo parte de su patrimonio histórico-cultural, como su iglesia de Santa María de los Remedios, el Lavadero o las viviendas tradicionales serranas. Aunque en verano, lo que triunfan son las actividades naúticas, desde dar un paseo en kayak hasta probar vuestra destreza con la vela ligera. Aunque también podéis apuntaros a rutas en quad o visitas guiadas por el pueblo y los alrededores, entre otras propuestas. Un par de restaurantes con vistas al embalse y unas casas rurales de ensueño donde alojarse completan la experiencia. Si vais,  seguro que disfrutaréis de un fin de semana increíble. 

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En este pueblo del noroeste de la Comunidad es un clásico de los veranos (y los domingos de todo el año) en Madrid. Su proximidad al embalse de San Juan lo convierten en un ir y venir constante durante los fines de semana, en busca de un sitio donde plantar la sombrilla en la única playa de interior de Madrid ¡con Bandera Azul!. Pocos son los padres y abuelos que no han llevado a su familia hasta aquí y se han refrescado en este pantano, en el lñimite de San Martín, El Tiemblo, Cebreros y Pelayos de la Presa. Con 14 kilómetros de playas, es el único embalse de Madrid donde está permitido el baño. Las zonas para practicar deportes acuáticos están bien delimitadas y separadas de los bañistas. Es importante seguir las recomendaciones de seguridad, ya que se pueden alcanzar los 70 metros de profundidad en algunas zonas del pantano. La afluencia suele ser masiva y los fines de semana entre junio y septiembre más te vale ir pronto o no encontrarás sitio para plantar tu toalla.

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Puentes Viejas
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3. Puentes Viejas

Los pueblos de Mangirón, Cinco Villas, Paredes de Buitrago y Serrada de la Fuente conforman Puentes Viejas, un municipio de la sierra norte de Madrid rodeado por los principaes embalses de la Comunidad: Puentes Viejas, El Villar y El Atazar, todos ellos construidos en el río Lozoya. Un entorno en el que es habitual ver embarcaciones de recreo como en Puerto Banús, pero de interior y con un poder adquisitivo bastante menos elevado que el de la lujosa Marbella. Si después de un paseo en barca os apetece descubrir los alrededores, os encontraréis con una zona cargada de historia y costumbrismo: aún se conservan restos de cercas, grupos de tinados, antiguos aterrazamientos destinados a cultivos y las peculiares eras con forma circular de pizarra y cuarcita. En Puentes Viejas, uno de los edificios más singulares es la Iglesia de Santa Catalina de mampostería de pizarra, en pie desde el siglo XVII.

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No os engañaremos, un domingo en las Presillas es como entrar en el merendero de una peli de Berlanga. Aún así, los colores de las toallas sobre la hierba, los juegos de naipes y el chapoteo del valiente que se atreve a zambullirse en el agua helada son de cuadro veraniego total. Pero lo mejor es que os alejéis de la zona común, toméis el camino a la cascada del Purgatorio, excursión de hora y media, y os acomodéis en sus orillas, que por más que diga el nombre son de calma edénica. Descansaréis a placer. Para completar la caminata, id después hasta el área recreativa de la Isla de Rascafría, donde os podréis premiar con un baño a bajas temperaturas que cura todos los males.

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Olvidaos de hacer largos en estas bucólicas piscinas de Las Berceas cercadas por varios arroyos. No solo porque el vaso principal tenga forma arriñonada sino porque, aunque hubiera calles, nadar mucho tiempo en estas aguas tan frías no está al alcance de cualquiera. Pero qué bien sientan si te dejas caer, como Burt Lancaster en el El nadador, después de una caminata matutina por el valle de la Fuenfría (o tras la visita al aledaño parque temático, uno de esos repletos de tirolinas y demás vértigos controlados entre ramas). Eso sí, las sombras están muy cotizadas pasado el mediodía. El complejo tiene todos los servicios imprescindibles (bar, vestuarios, merenderos…) para pasar el día yendo con lo puesto o con el táper casero (admiten comida, animales no). Merece la pena quedarse hasta la hora del cierre, cuando los últimos bañistas ya han plegado sus toallas y cerrado sus neveras portátiles, para disfrutar de la caída del sol entre los pinos silvestres. Porque el verano era esto.

Aldea del Fresno
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Antes incluso de que Madrid soñara con tener su propia playa algún día, ya estaba ahí el arenal de Aldea del Fresno, en la confluencia de los ríos Alberche y Perales (a menos de una hora desde el centro de la capital). Obviamente, la zona dista mucho de ser un paisaje costero, pero así somos los madrileños: nos basta un claro en medio de un paraje arbolado, con arena bañada por la corriente de un río para creerlo. Y aunque no todos los charcos son océanos, este tiene motivos para presumir, al menos por el cotizado aspecto playero que presenta los fines de semana, con sus toallas, sus sombrillas, sus cubos y sus palas, y hasta sus chiringuitos –que no beach club–, con opciones para comer y tomar algo. Buena alternativa si se te olvida llevar nevera.

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Estamos en Buitrago de Lozoya, pero parece que hayamos entrado en una explosión de fantasía pop tipo Zabriskie Point. Esto es un oasis con kiosko de helados, sombrillas de brezo y esas mesitas de pícnic atestadas de bañistas que comen sandía y emparedados de atún. Solo faltarían los Beach Boys cantando, por ejemplo, 'Cool, cool water', y el plan ya sería de idilio. Pero aquí lo que más sorprende es la longitud de la piscina, que se extiende por la orilla del río inclinándose hacia un lado, como si lo quisiera besar. La rodea una zona ajardinada, con el césped tan bien cortado que parece un campo de golf, robando terreno a un pinar que nos protege del mundanal ruido.

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