Rafael Chirbes y su mundo de batalla y contienda

'En la orilla' completa el díptico que abrió 'Crematorio' y se posiciona como una de las mejores novelas del año

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©Maria Dias


Nadie es demasiado joven para morir hoy, ni tan viejo como para no poder vivir un año más. Lo dijo el bachiller Fernando de Rojas en 'La Celestina', en un de sus momentos de éxtasis petrarquiano. Rafael Chirbes me recuerda el sabio proverbio para darle a nuestra conversación sobre prosa lúbrica y carne magra un aire un poco más erudito. "Yo soy muy poco freudiano -se presenta-, pero cada vez estoy más seguro que los libros los escribe el subconsciente". No soy el primero que le escucha esta frase. Lo confesó hace unos tres años en un ilustre artículo titulado 'La estrategia del bumerang', prólogo de una especia de 'Per què llegir els clàssics' de la literatura hispánica -de Cervantes a Max Aub- llamado 'Por cuenta propia'.

La lección es esta: lo que hemos leído es una parte inseparable de lo que somos, oculta en algún rincón de la trastienda. "Yo, para ser honesto, me siento más a gusto hablando de mis escritores preferidos que de mis novelas -se encoge-. La novela te obliga a hacer el ridículo, como un saltimbanqui que le pide paso al riesgo". En este caso, hoy estamos en el centro de la carpa: la excusa de esta deliberación anárquica es la publicación de 'En la orilla', un libro brutal en todas las acepciones posibles del término. "Pero yo lo acabé con muchas dudas -dice Chirbes, rechazando mis elogios -. De hecho, estuve a punto de pedirle a Jorge Herralde que me lo devolviera". No quería verlo ni en pintura.

Nota sobre esta aversión: 'En la orilla' es un bodegón barroco, un estercolero de dregadación, fango y cuerpos castigados por el paso del tiempo alrededor de un pantano apestado por el olor del lodo y la carroña en descomposición. A nadie le sorprendería ver pasar sobre las aguas la barca de Caronte. "Pensaba en unos ciénagas que había cerca de del Tavernes de mi infancia -me explica-. Cuando era pequeño, una señora se refugió allí mucho tiempo después de haber asesinado a su marido". En este escenario crepuscular i tenebroso, agónico y desesperante, Chirbes sitúa una extraordinaria alegoría de la España del año 2010, devastada por la crisis.

Si 'La Celestina' es el padre, las glosas anatómicas de Lucrecio son la madre. "Hay putrefacción, hay carne y hay tierra -enumera, Chirbes, con un golpe de cabeza tras cada sustantivo -. Fíjate que la única piel que parece sucia es la de las prostitutas". Y ni siquiera acaba de serlo: cuando se bañan quedan cubiertas por unas algas verdosas como el efecto de las llagas de un leproso. Pero no por esto hay que omitir una visión procaz de esta vida marginal, que asegura que le viene de la lectura de los grandes del realismo. "Como Galdós, que era un cerdo -dice-. Sólo hay que ver la aparición de la chica de 'Fortunata y Jacinta', chupando la clara del huevo crudo".

Este es un mundo de batalla y contienda, de cambios, destrucción y renacimiento. También lo afirmaba el bachiller Rojas, y llega un momento en la vida en el que todos nos damos cuenta. "'En la orilla' es la novela de alguien que ha aprendido que esto de hacerse viejo no es una broma -se autocompadece-. A mi el organismo ya no me permite ciertos excesos, y sólo salgo de casa una vez cada ocho o diez días para hacer la compra". Pero algunas cosas no tiene que ver con los años: que en marzo del 2011, Canal+ estrenara una serie de Sánchez Cabezudo inspirada en la inmediatamente anterior 'Crematorio' no es más que una prueba irrefutable de inmortalidad.


EN LA ORILLA
Rafael Chirbes
Anagrama
440 pág. 19,90 €

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