Restaurantes

Desde la cocina más tradicional hasta las recetas más exóticas. Los mejores restaurantes de Barcelona seleccionados por nuestros críticos

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Restaurantes recomendados

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Krèsios/Le Bouchon

El restaurante Krèsios de Giuseppe Iannotti en su primera encarnación, en Telese Terme, ostenta una estrella Michelin. Y aunque la condición de estrellado no debe condicionar la visita a un restaurante, sí que es destacable que con Iannotti crece en Cataluña la cocina creativa italiana.El chef tiene un perfil poco habitual: de formación ingeniero informático, es del todo autodidacta si exceptuamos un 'stage' de un mes en el Alinea de Chicago en 2014, el año que ganó la Michelin. Y se apresura a decir que Krèsios Barcelona -el gastronómico del Hotel Mercer, en sustitución del Mercer de Jean Luc Figueras- "no es una sucursal ni ninguna asesoría, sino una extensión de mi local: tiene el mismo tipo de menú gastronómico y capacidad para sólo 24 comensales". Expone su filosofía en dos menús largos y un menú ejecutivo de cuatro platos, "también de autor pero más clásico". Los 'snacks' son importantes para Iannotti: insiste en que lleguen a la mesa por separado, para no restar valor añadido a una oferta de creatividad miniaturizada -como unos tagliolini de calabacín con menta fresca y perlas de trufa negra, bocado crocante y fresco- que en muchos casos reclama a gritos pasar a ser 'antipasto'.La excelente cocina de Iannotti es ideal para los gourmets con ganas de comer pero no de marearse en la montaña rusa tecnoemocioal: platos como una lengua de buey a baja temperatura –beso tierno y salado, mojo con deleite en la salsa de pimientos con vinagreta– o unos raviolis de ragú brutales d

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Trópico

Parecía un crimen que Trópico abriera sólo de noche: a la luz del día es bonito hasta decir basta. Al final de los cien metros más sórdidos del Raval, se abren unos bajos inundados de luz que remiten más bien a una cafetería fina de estilo nórdico que a una taberna de Barranquilla. Rafael Tristancho, colombiano, explica que con su socio, Rodrigo Marco (brasileño), que cada vez que va "a un puesto de compatriotas, la estética étnica y folclórica domina". "Mucha gente no se acerca a este tipo de gastronomía por la estética", dice.De hecho, es consecuente la bonita indefinición estética: el Trópico se llama así porque su carta coge recetas del llamado cinturón del café, la franja tropical que va de Sumatra a Guatemala. "La yuca, el plátano, el limón, todo son productos presentes en esta franja –dice Tristancho–. Queríamos que la gente encontrara cosas que ya hubiera probado en otros lugares y se acordara ", añade Marco.Eso sí, manteniendo la receta como más cercana a la original mejor, puntualizan. De hecho, en el Trópico uno de los caballos de batalla es el 'brunch' contundente, y en el horario diurno, de 10 a 18 h, tienen, ininterrumpidamente, una carta donde conviven unos huevos benedict impecables y panqueques –concesión anglosajona– con desayunos de todo el trópico como los huevos rancheros, la 'msemmen' –la crepe originaria de Magreb con huevos revueltos– o el 'açaí na tigela', cuenco brasileño con helado de palmito de Brasil (singular fruta de palmera del Amazonas, de sab

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Bares y pubs

Pastrami Bar / El Paradiso

¿Recordáis la moda de los clandestinos? En realidad sólo había tres. Aparte de la calidad de la cocina, se escondían detrás de una fachada irrelevante. Esto no ocurre con el Pastrami Bar. Abierto en el Born, cuando entras no tropiezas con una tienda de flamencas de plástico. La fachada 'no funciona como': es un bar de bocadillos que, de hecho, representa la primera vez que Rooftop Smokehouse -colectivo gastronómada encabezado por el cocinero Buster Turnofski, que pasea piezas de pescado y carne ahumadas artesanalmente en barriles de roble- dispone de un local estable abierto al público. La oferta del Pastrami Bar es limitada pero excelente: se puede comer el bocadillo de pastrami -el único producido artesanalmente en Barcelona- y también cosas como un bocadillo de queso artesano ahumado y a la plancha con chalotas confitadas. Los jueves cuelgan todo un cerdo asado a la parrilla y que se irá vendiendo bocado a bocado. El fumador es un chef de principios: no hay cola ni vino, sólo cerveza artesana que hace Buster cada semana. Y atención, abre hasta las tres de la madrugada. Tiras de la puerta de una nevera de madera –traicionada por los goznes- que ocupa media pared y se abre una puerta hacia una coctelería. Es un 'speakeasy' de puerta blanda (sólo tenéis que estirar) pero no una coctelería cualquiera: donde antes estaba el Coppelia -que era como un sofá Chester gigante– ahora está El Paradiso, una elegante cueva delineada por lamas de madera donde manda Giacomo Gianotti, mej

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La Taverna dels 11

Es mucho mejor hacer pocas cosas bien que no estropear muchas. Y a fe que en la Taberna de los 11 se aplica esta norma de sentido común (aunque si se mira bien, no está nada mal todas las cosas que hacen bien para ser un 'one man bar'. 'And a woman', porque son Rubén Ruíz y su mujer, Cristina Coromí).Están en una calle escondida (Tavern) en un barrio poco amable: San Gervasi Galvany. Es un bar sin misterios: una barra rectangular de madera, una mesita y poco más. Pero diablos, qué bar. "Bares con un cocinero al frente hay pocos", precisa Ruíz. Él era el chef del entrañable, kitsch y difunto Bar Nou y antes fue jefe de cocina del hotel Derby, entre otros. "Es un bar, pero lo que marca la diferencia es la calidad del producto", dice.Ruíz pertenece a una generación de cocineros formados después de la burbuja, que saben que no serán Adrià (ni falta que hace) y que optan por el guiso y lo cotidiano. ¿Por vocación o necesidad? "No soy de cocina molecular, soy de mojar pan. Y supongo que muchos cocineros como yo montamos lugares pequeños porque en la hostelería hay mucho intrusismo".El caballo de batalla de su bar es un menú de mediodía muy bien de precio con dos primeros y dos segundos (siempre pescado fresco de Santa Caterina menos los lunes, que toca bacalao Perelló y carne escogida) donde se puede comer, un día cualquiera: lentejas a la cordobesa y una ensalada de quinoa con nectarina, cilantro, jugo de lima y un toque de tabasco que es una delicia fría en invierno. De segundo,

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Restaurant La Estrella

La historia de la Estrella viene de lejos, antes de que se construyera la estación de Francia, cuando allí casi llegaba el mar y las barcas cargadas de pesca. Las estrellas son compañeras y guías de pescadores, y la estrella que ilumina el restaurante de Jordi y Pepi también atrae, pero en este caso a los paladares exigentes.Cataluña tiene una gran riqueza y variedad de productos de mar y montaña que esta pareja convierten en auténticas exquisiteces, con sencillez y un trato perfecto. Es imposible de explicar por qué se dedica tan poco espacio a las mejores cocinas de la ciudad, inversamente proporcional a como están de llenas. Incluso si son caras. Jordi explica con sabiduría paciente la oferta del día que ha cocinado Pepi.Y además de una carta corta e inteligente, propone unos importantes platos que culminan en sublimes postres. Iniciamos la comida con unos 'canyuts', unas pequeñas navajas del Delta, sabrosísimas, de textura superior a las habituales. Una especialidad es el bacalao, excelente en cualquiera de sus cuatro versiones. Llamativo y de óptimo resultado es el que preparan con verduritas y tallarines de calamar.Esta cuarta generación del restaurante ha sabido ajustar el tema de los vinos: una muy buena selección, claramente presentada y con precios no excesivamente inflados. Consultad los postres, porque varían y son exquisitos, sobre todo el crocante de avellanas. Precios acordes con la excelente atención y cocina.

Time Out dice
  • 4 de 5 estrellas
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Massimo

Massimo es un restaurante italiano situado en las alturas de la ciudad. Siempre que pasaba por la vía Augusta y lo veía, pensaba de ir. En la vida, las deudas pendientes son como un plato duro de digerir durante la digestión y finalmente decidí ir un mediodía dominical. Había oído que el Massimo es un restaurante muy apreciado por cierta burguesía catalana, más del sector constitucionalista que del sector soberanista. Y después de probar algunos platos de la carta, confirmé lo que siempre he pensado: el éxito económico no va ligado a la exigencia del paladar.En Massimo no se come mal, pero tampoco se come mejor que en casa y el precio es excesivo comparado con otros lugares italianos. A la cabeza me viene el gran Piccola Cucina Italiana, en Sant Cugat del Vallès. Lo mejor de todo fue la mortadela que tomé, que en algunos hogares es considerado un embutido de pobres. En cuanto a mi selección, primero pedí un carpaccio de alcachofas que no tenía ningún misterio. Esperaba no sé qué, tal vez unas alcachofas marinadas como las hacen en Italia, y me llevaron unos corazones de alcachofas crudos con parmesano y rúcula. Las alcachofas, eso sí, eran de lo más tiernas. Y después de una eternidad, me sirvieron unos 'spaghetti ricci', el nombre que recibe una pasta con erizos en que, lamentablemente, el gusto del invertebrado marino quedaba reprimido por el excesivo sabor a tomate.Todos sabemos de las magníficas propiedades del tomate, pero en el caso de la receta actuaba de asesino de un

Time Out dice
  • 3 de 5 estrellas
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La Taquería

En el barrio de la Sagrada Familia está el pasaje de Font, que es como un pequeño México instalado en Barcelona. En esta calle de aromas de cilantro está La Taquería, un restaurante especializado en tacos que es tan auténticamente mexicano como Chavela Vargas cantando "en estas noches de frío, de duro cierzo invernal, llegan hasta el cuarto mío, las quejas del arrabal".Pintada de colores rojo, verde y azul, La Taquería tiene una web que dice: "para comer chingón". La mayoría de los clientes son mexicanos. Y si no fuera porque tengo demasiado presentes las sagradas torres iluminadas para los turistas nocturnos, diría que estoy en uno de los barrios populares de D.F., quizá en Coyoacán, muy cerca de la casa de Trotsky.La carta se divide en entrantes, cazuelas, sopas, quesos fundidos, tacos, alambres, quecas, gringas y postres, y antes de decidir, pedimos la bebida. Voy acompañado de una persona que sabe y pide una michelada, que es una bebida tradicional mezcla de cerveza, zumo de limón, sal y una salsa que puede ser Worcestershire. Yo pido una Negra Modelo. Calmada la sed, para comer pedimos unos pastor, los tradicionales tacos con la carne marinada con zumo de naranja, piña, vinagre, tomate y especias; un alambre arrachera, mezcla de carnes con una base de cebolla, pimiento y tocino servidos con tortillas de maíz; y unas quecas de flor de calabaza, unas quesadillas crujientes con las flores carnosas perfectamente maridadas con el queso.En La Taquería, las cantidades son ejemp

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  • 3 de 5 estrellas
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Mi Gracia

La cocina argentina es conocida por sus carnes a la brasaa, pero hay muchos platos que no se conocen y que son producto de la variada geografía y también idiosincrasia dispar de los descendientes de un crisol de razas. Hasta ahora pocos se han dedicado a regionalizar la oferta y casi todos los locales argentinos, la mayoría buenos, siguen tirando del éxito de sus excelentes carnes a la brasa.No es así en Mi Gracia, un pequeño pero cálido restaurante en el que Laura y Lalo consiguen con éxito "combinar costumbres culinarias de dos países, con mucha relación e historia familiar, donde incorporamos a la tradición argentina la exquisita cultura gastronómica de la Península", explican. Abierto sólo por las noches, es un lugar muy concurrido por los buenos paladares, pero también por aquellos a quienes les gusta investigar y conocer nuevos y variados vinos, ya que la pareja, originaria de Mendoza, ha dado principal protagonismo al vino. Sobre todo al exquisito que se produce en su tierra –principalmente malbec– y a otros tan inesperados como australianos, franceses, italianos y sudafricanos.En cuanto a la tradición, ofrecen el plato de los grandes acontecimientos de su país, nada conocido aquí y muy sabroso: el 'locro', una especie de fabada –que puede ser con alubia o maíz blanco– que nació en la cordillera de los Andes y que se extendió luego por todo el país.Seguimos después con un variado de empanadas –de carne picante, de carne cortada a cuchillo, de mollejas y setas y maíz– d

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  • 3 de 5 estrellas
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La Volàtil: echar raíces

Víctor Company ama el vino y por ese amor dejó atrás la vida de ingeniero tras siete años enredados con el textil. Su tío, “el tío molón”, el hermano pequeño de la madre, es Joan València y en su Bar Brutal fue donde Víctor decidió cambiar la maquinaria para hilar por el sacacorchos. A diferencia de él, la hermana pequeña, Susanna, se ganaba la vida como sumiller y escuchando a uno y a otra parece que quien vive la profesión de manera más visceral es el mayor. Ambos fundaron hace un año La Volàtil, nombre efímero para un proyecto con raíz. Es un bar, es un restaurante, es una enoteca con extensión cervecera. Es todo eso, pero también es un lugar donde se cuida a los vinófilos, bebedores o elaboradores. Víctor siembra una filosofía que podría ser afectada aunque habla con franqueza: “Interesan los viticultores sin miedo, los que no quieren rectificar, los que están a gusto con su tierra. Nos interesa conocer la historia de la persona, sus reflexiones, su energía. Y también querríamos llevar esa idea a la cocina”. La cocina –el espacio físico– está bien defendida por Emilio Álvarez, que tras una vida en cocinas quemadoras tiene la posibilidad de usar su voz. La ensaladilla con salmón es sorprendente: macera las espinas en aceite, que se impregnan con el ahumado. Estanis Carenzo, patrón de Sudestada en Madrid, se sorprendió al abrir en Barcelona los restaurantes de Casa Bonay que los vinos naturales y biodinámicos hubieran arraigado en la ciudad. Es así: los sumilleres han enc

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La Bellvitja: el chef que estudia

Cuando conocí a Carles Ramon, barra cerrada de rabino, y conversamos sobre libros antiguos y una primera edición de La cuynera catalana (1835) que anhelaba, y para la que ahorraba, estuve seguro de lo que los platos habían anticipado: no estaba en la cocina para ganarse la vida, sino que la cocina se había cobrado otra vida. Al anunciar el dulce de leche de rossinyol con pastelito de boniato, le comenté lo infrecuente de usar setas en los postres y que recordaba un final pletórico entorno a ese hongo. Y él dijo: “Hisop”. ¿Cómo lo sabía? La crema catalana de rossinyols de Oriol Ivern del 2008. “Intento informarme”. Apuntad, jóvenes chefs y gastrónomos imberbes. Comí muy bien en La Bellvitja un mediodía en el que el chef titular, Carles, compartía fuegos con Josep Carbonell, el responsable de los restaurantes de Brindisa, cinco en Londres y este de Barcelona. Josep vive entre ambas metrópolis con esa rara nostálgica del que ha vuelto a casa sin volver del todo: “Los mercados conectan los establecimientos. Hay un puente entre La Boqueria, aquí al lado, y el Borough Market, vecino del cual abrimos el primer restaurante, London Bridge”. La Bellvitja santifica una antigua capilla, aunque la catedral –toma tópico– es el mercado. Un cartel anuncia “la mejor carne de la Boqueria”, con precios oscilantes como si fuera la bolsa. Empecé con un cáliz de Oriol dels Aspres 2013, para seguir con Titella 2011. A la coca de setas con cecina de El Capricho y huevo poché de codorniz le fall

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La Panxa del Bisbe: desde la cocina veo el cielo

Diría que he escrito dos crónicas sobre La Panxa del Bisbe y la cocina rumbera de Xavi Codina y el motivo de esta tercera es el traslado, sin moverse del territorio rumboso de Gràcia, a un nuevo emplazamiento, espacioso y con terraza. Es como pasar del 600 al Mercedes, o de la maceta a un parque. La Panxa es un bistronómic animoso junto a los sólidos y ya clásicos Gresca, Coure, Caldeni, Embat, Blau o Mil921. La bistronomía es un movimiento que camina poco, insuficientemente refrescado por Mont Bar, Capet, Mano Rota o Casa Xica. Por fortuna, no hay uniformidad en el colectivo: tampoco en los precios ni en el apartado decorativo. ¿Por qué Barcelona, pudiendo ser un referente mundial de la alta cocina pequeña, incorpora pocos fichajes a la gastronomía excepcional? Porque los nuevos cocineros prefieren el éxito inmediato y algo zafio de la tapa a la complejidad y paciencia que requiere elaborar un plato con fondo. Incluso esas cuatro (excelentes) incorporaciones, se inclinan por la ración para compartir. La tapa sin voluntad, la tapa por la tapa, tiraniza la ciudad. Junto a la crisis apocalíptica ha cabalgado la peste de la salsa brava. Reviso textos y libros y jamás antes había contado a La Panxa entre la elite bistronomiquera. He visto la luz (literalmente miraba al patio) con esta visita: al músculo de escalador, Xavi incorpora bíceps de chef. El cambio permite mirar con amplitud. El redondo de pollo con curry thai combina lo lejano y lo cercano, modificando la percepción d

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Santa Clara: elegante contundencia

Ana López de Lamadrid ha vuelto a Neichel, sin Neichel. “Fue el primer restaurante en el que trabajé”. Con el cocinero Gonzalo Galbete, con el que comparte la propiedad de Igueldo, se han hecho cargo de la dirección de Santa Clara, en referencia a la isleta frente a San Sebastián, que ocupa lo que fuera el reino de Jean Louis Neichel. Durante años, a Gonzalo y a Ana les han pedido que repliquen en varios sitios el modelo de Igueldo, un asador moderno, y se han negado. Pero, ay, llegó la familia Trenor, dueña del hotel en el que habita este novísimo Santa Clara, y aceptaron. En algún momento del pasado, el padre y el tío de Ana compartieron mesa y proyectos con los Trenor, que también poseen los hoteles Praktik. El buen pan de Baluard, en el bajo de uno de los Praktik, tiene aquí su rincón. Entrar en Santa Clara es oler hogazas con masa madre. En la sala encuentro a un viejo conocido, a Reza Azimian, que fue el cocinero de la casa de comidas Nuvola y trabajó en restaurantes con Jean Luc Figueras y después se endulzó con una pastelería. Reza es muy amable y diligente: esta clientela de Upper Diagonal lo agradece. La vecindad se ha entregado: ocupan mesas con la gravedad del dinero sólido. La sala recuerda un club británico –con mucha luz y sin aristócratas mortecinos– y la terraza será, en temporada, espacio de deseo y tumulto. Ana habla del humo: “Queremos dar mucha importancia a la brasa”. Humo civilizado: si aún se pudiera fumar, sería un lugar de pipa. La jefa sabe de vin

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