Restaurantes

Desde la cocina más tradicional hasta las recetas más exóticas. Los mejores restaurantes de Barcelona seleccionados por nuestros críticos

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Trópico

¡'Brunch' tropical en el Raval!

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Restaurantes recomendados

Bares y pubs

Pastrami Bar / El Paradiso

¿Recordáis la moda de los clandestinos? En realidad sólo había tres. Aparte de la calidad de la cocina, se escondían detrás de una fachada irrelevante. Esto no ocurre con el Pastrami Bar. Abierto en el Born, cuando entras no tropiezas con una tienda de flamencas de plástico. La fachada 'no funciona como': es un bar de bocadillos que, de hecho, representa la primera vez que Rooftop Smokehouse -colectivo gastronómada encabezado por el cocinero Buster Turnofski, que pasea piezas de pescado y carne ahumadas artesanalmente en barriles de roble- dispone de un local estable abierto al público. La oferta del Pastrami Bar es limitada pero excelente: se puede comer el bocadillo de pastrami -el único producido artesanalmente en Barcelona- y también cosas como un bocadillo de queso artesano ahumado y a la plancha con chalotas confitadas. Los jueves cuelgan todo un cerdo asado a la parrilla y que se irá vendiendo bocado a bocado. El fumador es un chef de principios: no hay cola ni vino, sólo cerveza artesana que hace Buster cada semana. Y atención, abre hasta las tres de la madrugada. Tiras de la puerta de una nevera de madera –traicionada por los goznes- que ocupa media pared y se abre una puerta hacia una coctelería. Es un 'speakeasy' de puerta blanda (sólo tenéis que estirar) pero no una coctelería cualquiera: donde antes estaba el Coppelia -que era como un sofá Chester gigante– ahora está El Paradiso, una elegante cueva delineada por lamas de madera donde manda Giacomo Gianotti, mej

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La Taverna dels 11

Es mucho mejor hacer pocas cosas bien que no estropear muchas. Y a fe que en la Taberna de los 11 se aplica esta norma de sentido común (aunque si se mira bien, no está nada mal todas las cosas que hacen bien para ser un 'one man bar'. 'And a woman', porque son Rubén Ruíz y su mujer, Cristina Coromí).Están en una calle escondida (Tavern) en un barrio poco amable: San Gervasi Galvany. Es un bar sin misterios: una barra rectangular de madera, una mesita y poco más. Pero diablos, qué bar. "Bares con un cocinero al frente hay pocos", precisa Ruíz. Él era el chef del entrañable, kitsch y difunto Bar Nou y antes fue jefe de cocina del hotel Derby, entre otros. "Es un bar, pero lo que marca la diferencia es la calidad del producto", dice.Ruíz pertenece a una generación de cocineros formados después de la burbuja, que saben que no serán Adrià (ni falta que hace) y que optan por el guiso y lo cotidiano. ¿Por vocación o necesidad? "No soy de cocina molecular, soy de mojar pan. Y supongo que muchos cocineros como yo montamos lugares pequeños porque en la hostelería hay mucho intrusismo".El caballo de batalla de su bar es un menú de mediodía muy bien de precio con dos primeros y dos segundos (siempre pescado fresco de Santa Caterina menos los lunes, que toca bacalao Perelló y carne escogida) donde se puede comer, un día cualquiera: lentejas a la cordobesa y una ensalada de quinoa con nectarina, cilantro, jugo de lima y un toque de tabasco que es una delicia fría en invierno. De segundo,

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L'Estupendu

La mejor playa de Barcelona está... ¡en Badalona! Sobre todo porque el agua no parece atómica, y aunque sea el Barcelonès, allí comienza el encanto de pueblo con paseo de costa del Maresme. También piensan así tres tipos que saben mucho de bares, de tapas y de arroz: Juan Carlos Ninou (El Xampanyet, La Puntual), José Varela (Grupo Varela, socio en La Puntual) y Santi Hoyos (Bar Ángel, Bar Mudanzas) han abierto El Estupendu, junto a la Renfe badalonesa. Es la reconversión en restaurante / chiringuito arrocero de los Baños Pleamar, unas casetas de baño de finales de los 60. A veinte minutos de Plaza Cataluña, El Estupendu está en las antípodas del lujo pseudoibizenco. Han reconvertido un espacio antes ruinoso, okupado y tapiado de una manera discreta, sencilla y acogedora. Pintura blanca y azul y ni rastro de los acabados de madera cruda y metal que dicen: 'prepara la Visa'. En la terraza hay mucho espacio, estás muy a gusto, y puedes comer de cara al mar. El comedor también es de lo más espacioso, y la barra libre para hacer el vermut también da mucho juego.El cocinero, José David Turón, "no es cocinero, ¡es arrocero!", Hoyos dixit. Nacido y formado en el delta del Ebro, ha cocinado en restaurantes y en barcas de pescadores. Se trata de tener cuatro arroces pero que sean muy reconocibles, dice Varela (de una saga familiar que en buena parte se ha dedicado a la gramínea). El de verduras y bacalao y el de pulpo con galeras son fenomenales.Además: ¿en qué lugar de Barcelona puede

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Ultramarinos

El Ultramarinos no es un restaurante pequeño y carismático en el que un ilustrado chef, cuando no está en la cocina, relee Bauman y recupera recetas de su bisabuela, adaptadas, con precisión y sensibilidad, a su filosofía. El Ultramarinos es un macrolocal de diseño en medio de la Rambla, y juega en otra liga: la de El Nacional, la liga de los macroproyectos que, nos gusten o no, también construyen la personalidad de una ciudad poliédrica. El local debe su nombre a las pequeñas tiendas donde se compraba antes, espacios que más que desaparecer se han transformado (ahora son pakis) y que tanto gustan al propietario de este Ultramarinos de interiorismo espectacular firmado por el hombre de moda, Lázaro Rosa Violán. "Siempre me han gustado dos cosas: pasear por la Rambla y las tiendas de ultramarinos", explica José Lombardero, propietario del Grupo Lombardo, que ha dado vida al local y es un self-made man sin discusiones, procedente de una familia de agricultores de Galicia. Este restaurante inmenso, industrial y acogedor, con mobiliario de madera i un DJ poniendo música cada día, tiene un espacio de coctelería creativa donde Cristina, maestra coctelera, ha diseñado una carta con trece cócteles inspirados en la vuelta al mundo. La cocina del Ultramarinos, supervisada por Kate Preston, esposa de José, es funcional y de raíces mediterráneas, pero con pinceladas internacionales como corresponde a un local ubicado en el centro de todo: pizzas, hamburguesas, tártars y ensaladas conv

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Últimas críticas

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Los Caracoles

Café, copa y puro. Estas son las palabras que deberían cerrar la crónica de la visita a un restaurante de los llamados clásicos. Me refiero a la antigüedad del mismo restaurante. Y sé que la visita a Los Caracoles despertará más de un 'buf' entre algunos críticos culinarios. Creo que la función del que explica cosas de cocina es estar al tanto de las novedades pero también reivindicar lugares que cuando desaparecen todos se lamentan.Fundado por la familia Bufarull en el siglo XIX, es aconsejable llegar al restaurante con tiempo para ver toda una serie de retratos que resumen la historia de Barcelona y de sus ilustres, visitantes y autóctonos. Una vez en la mesa, la carta que te dan es tan clásica que parece una novedad. 'Esqueixada', canelones, costillas de conejo rebozadas, habas a la catalana, suquet... Y, claro, caracoles, que es el plato emblema de la casa.Como a mí los caracoles me gustan en el campo y no en la parrilla, pido unos corazones de alcachofas con jamón y un bacalao a la llauna, acompañado por media botella de Viña Sol. Hay que decir, y lo digo bien fuerte, que las alcachofas son magníficas, un plato sencillo pero que me hace viajar a tiempos pretéritos. Y en cuanto al bacalao, este es un clásico que me hace recordar las cenas que hacíamos en un restaurante ya desaparecido de la Bisbal al que apodaban Cal Podrit. En los pueblos, ya se sabe, no están para hostias.He viajado en el tiempo y pienso que podría pedir un pijama Los Caracoles. No lo hago y me decanto

Time Out dice
  • 3 de 5 estrellas
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El Canalla

Buen local, El Canalla. Situado a dos pasos de la plaza de Sarrià, donde de vez en cuando suenan las campanas y los cuartos de la iglesia, el restaurante tiene una apariencia a la antigua aunque no huela a carcoma. Ni de largo. El Canalla es un magnífico restaurante-bar de tapas donde saben tirar la cerveza como en Madrid. Con maestría y con una espuma de las que te dibujan un bigote blanco en los labios.Lástima que en la mesa de al lado haya un grupo de pijos que gritan demasiado cuando hablan de las vacaciones pasadas en Llavaneres. De manual. Con un grito de atención bajan la guardia y nos dejan disfrutar, a Laura, futura agente literaria, y a mí, de una serie de raciones fantásticas.De las bravas me han hablado muy bien y son muy buenas, sin llegar a la categoría de las bravas madre del Tomás. Y luego seguimos con unas sardinillas en aceite con tomates italianos y con unas alcachofas confitadas excelentes.Una receta maravillosa es el carpaccio de setas, yema de huevo y piñones. Con la base de la yema cremoso y los piñones rompiendo la textura, la mezcla es un hallazgo. Y también es magnífica pero menos sorprendente la minihamburguesa ecológica Canalla con trufa y foie gras. Todos estos platos los disfrutamos con dos copas de Bozeto de Exopto, un vino tinto de la Rioja joven y perfumado.No tomamos postre, aunque un 'recuit de drap' o el pastel de limón marca de la casa serían dos buenas elecciones y un buen epílogo, pero estamos demasiado llenos.En El Canalla hay más de tr

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  • 4 de 5 estrellas
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L'Havana

Quedan pocos restaurantes en Barcelona que hayan sido inaugurados en 1897. En 1945, otra familia se hizo cargo de uno de ellos, L'Havana, manteniendo su nombre y el compromiso con la cocina casera y catalana. Ahora, dos hermanas y su descendencia llevan cuidadosamente esta casa de comidas, con una clientela fiel y cotidiana y un calor familiar que seduce a primera vista: luz cálida, una vieja cabina de teléfonos, una cocina casi a la vista y una barra tras la que se mueven las dos sabias hermanas."Aquí cocinamos todos", dice una de las hijas, que dejan que el hermano se dedique a los postres con mucho acierto. Un flan casero y una crema catalana son el cierre ideal de una comida, que se imponen como primer tema en un comentario gastronómico: un hecho que no devalúa el resto de la comida. El clásico variado (bacalao 'esqueixat', ensaladilla, buñuelo de bacalao, escalibada) es un entrante a compartir ideal y muy bien preparado y presentado.Las alcachofas y berenjenas rebozadas son soberbias, así como los calamares a la romana, difíciles de encontrar buenos en la vasta oferta de la ciudad. Los callos, las albóndigas con sepia y los calamares rellenos son especialidades que atraen a una clientela local (ni un turista) y exigente. Hay que tener en cuenta los canelones, con buena bechamel y excelente relleno. Y sobre todo una dosis racional de queso. Tres piezas presentadas en un plato llano y no en la gastada cazoleta de barro, muy suaves y con un buen equilibrio entre sus compone

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  • 4 de 5 estrellas
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Woki Organic Market Sarrià

En el Pasaje de Marimon, en la planta superior del Celerí, –no en vano, el local está asesorado por Xavier Pellicer–, hay uno de los locales de la Tribu Woki. La nomenclatura de este tipo de restaurantes que se han esparcido por el mundo de acuerdo con los criterios estéticos y éticos del nuevo milenio (aires de mobiliario nórdico y carta que quiere parecerse a los anuncios vintage) sugiere que se les catalogue como restaurante 'eco friendly'. Y sí, es eco y 'friendly'.La carta de este amigable local satisfará los gustos de todos, un abanico sociológico que va desde un comensal seguidor del ecologismo y la sostenibilidad, hasta el negacionista más negacionista del cambio climático, a pesar de que todo tenga un deje verde y alternativo. Bocadillos artesanales, ensaladas, una carta de picoteo que va desde un hummus bio a un tabulé bio, pasando por una pasta fresca condimentada con varios ingredientes frescos, unas carnes ecológicas, unas sopas y cremas hechas sin química y un surtido de postres bio, naturalmente.Como buen restaurante Woki, uno de los platos estrellas son los woks y yo me decidí por uno. El wok es algo peligroso porque puedes añadir todo tipo de ingredientes. Y al final, el plato puede acabar pareciendo uno de esos relojes Casio de los 80 en los que se podía encontrar de todo menos la hora. Yo pedí un wok con una base de fideos de arroz, con pollo, brócoli y sésamo negro como ingredientes, y una salsa thai de leche de coco y curry rojo para gobernarlos a todos,

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  • 3 de 5 estrellas
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La Panxa del Bisbe: desde la cocina veo el cielo

Diría que he escrito dos crónicas sobre La Panxa del Bisbe y la cocina rumbera de Xavi Codina y el motivo de esta tercera es el traslado, sin moverse del territorio rumboso de Gràcia, a un nuevo emplazamiento, espacioso y con terraza. Es como pasar del 600 al Mercedes, o de la maceta a un parque. La Panxa es un bistronómic animoso junto a los sólidos y ya clásicos Gresca, Coure, Caldeni, Embat, Blau o Mil921. La bistronomía es un movimiento que camina poco, insuficientemente refrescado por Mont Bar, Capet, Mano Rota o Casa Xica. Por fortuna, no hay uniformidad en el colectivo: tampoco en los precios ni en el apartado decorativo. ¿Por qué Barcelona, pudiendo ser un referente mundial de la alta cocina pequeña, incorpora pocos fichajes a la gastronomía excepcional? Porque los nuevos cocineros prefieren el éxito inmediato y algo zafio de la tapa a la complejidad y paciencia que requiere elaborar un plato con fondo. Incluso esas cuatro (excelentes) incorporaciones, se inclinan por la ración para compartir. La tapa sin voluntad, la tapa por la tapa, tiraniza la ciudad. Junto a la crisis apocalíptica ha cabalgado la peste de la salsa brava. Reviso textos y libros y jamás antes había contado a La Panxa entre la elite bistronomiquera. He visto la luz (literalmente miraba al patio) con esta visita: al músculo de escalador, Xavi incorpora bíceps de chef. El cambio permite mirar con amplitud. El redondo de pollo con curry thai combina lo lejano y lo cercano, modificando la percepción d

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Santa Clara: elegante contundencia

Ana López de Lamadrid ha vuelto a Neichel, sin Neichel. “Fue el primer restaurante en el que trabajé”. Con el cocinero Gonzalo Galbete, con el que comparte la propiedad de Igueldo, se han hecho cargo de la dirección de Santa Clara, en referencia a la isleta frente a San Sebastián, que ocupa lo que fuera el reino de Jean Louis Neichel. Durante años, a Gonzalo y a Ana les han pedido que repliquen en varios sitios el modelo de Igueldo, un asador moderno, y se han negado. Pero, ay, llegó la familia Trenor, dueña del hotel en el que habita este novísimo Santa Clara, y aceptaron. En algún momento del pasado, el padre y el tío de Ana compartieron mesa y proyectos con los Trenor, que también poseen los hoteles Praktik. El buen pan de Baluard, en el bajo de uno de los Praktik, tiene aquí su rincón. Entrar en Santa Clara es oler hogazas con masa madre. En la sala encuentro a un viejo conocido, a Reza Azimian, que fue el cocinero de la casa de comidas Nuvola y trabajó en restaurantes con Jean Luc Figueras y después se endulzó con una pastelería. Reza es muy amable y diligente: esta clientela de Upper Diagonal lo agradece. La vecindad se ha entregado: ocupan mesas con la gravedad del dinero sólido. La sala recuerda un club británico –con mucha luz y sin aristócratas mortecinos– y la terraza será, en temporada, espacio de deseo y tumulto. Ana habla del humo: “Queremos dar mucha importancia a la brasa”. Humo civilizado: si aún se pudiera fumar, sería un lugar de pipa. La jefa sabe de vin

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Louis 1856: Fiesta Mayor

La noticia ha pasado desapercibida en la ciudad estomagada: Jordi Vilà ha matado Alkimia, después de 13 años en la calle Indústria, y lo resucitará con buenas artes en el 2016 en la Moritz. La visita de marzo, contada en la crónica Lo mejor de, ya narraba ese trasunto inmobiliario. Mientras llega el momento de dar con la piedra filosofal en el piso noble de la fábrica Moritz, donde ubicará el gabinete alquímico, continúa conquistando espacios en la ronda de Sant Antoni. Lo que se pensó como brasserie es definitivamente restaurante, Louis 1856, con el bistrot de vinos trasladado desde la entrada a este subterráneo. En todo cocinero adelantado hay un conservador que sueña con platos de otros tiempos adecuadamente actualizados. Louis 1856 responde a ese deseo, que a Jordi le cuesta verbalizar porque en tiempos hipsters lo bourgeoisie es más anacrónico que una cabina de teléfonos. “Platos de fiesta mayor, cocina europea con servicio burgués”. La vajilla, delicadísima (y cara), arcilla manipulada por Mathilde Carron, contiene el espíritu de lo que cuenta. Una araña en el techo ayudaría a la ambientación. Entre tanques de cerveza, una bodega atractiva, con botellas como la manzanilla San León o el Tentenublo Xérico, un rioja que no parece un rioja. “Un restaurante festivo, sin gesticulaciones gratuitas”. Porque hay mucho trabajo de sala sin manierismo. “Recuperamos un oficio”. Ver trabajar a otros tiene algo de hipnótico: es una forma de relax. Está bien la galleta de macadamia c

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La Caputxeta: Bocatas lobunos

A Marc Cuenca le gustan los cuentos con lobo. Será porque es el único que come. La taberna Els Tres Porquets acaba de cumplir seis años (el tiempo corre más que Killian Jornet) y ha abierto la bocadillería La Caputxeta, cuyos vinos con ideología, es decir, naturales, los pone su compadre Joan València. He elogiado otras veces esa rama salvaje de la agricultura que promueve líquidos sin Photoshop y, para descanso del hígado, con menor graduación. Que en Poblenou alguien se la juegue con un negocio de bocatas finos y botellas poco convencionales es merecedor de atención. Conocí este local en su primera vida como Be Sushi y ha renacido con otra especialidad. Buen trabajo gráfico por parte de Lo Siento Studio, cuyas etiquetas y embalajes son claros y fantasiosos. Hace años que el bocadillo gurmet, y su deriva hamburguesil, tiene buenas representaciones en Barcelona con dos aperturas importantes este año: Entrepanes Días, de Kim Díaz, y La Caputxeta. Ambos despachos comparten los panes del Forn Sant Josep. El pan, como el arroz del sushi, es el vehículo, pero, principalmente, el corazón de ese cuerpo. Si falla, un engendro. El vermut de la casa, con su punto justo de amargor, lo comercializarán y acompaña las patatas de Coromines (de Badalona, un tardío descubrimiento), las anchoas y las aceitunas de El Xillu (#fan) y la secallona del Pallars. Joan València ha organizado la hoja vinófila por colores: blanco, rosado, tinto, rojo y anaranjado. La primera botella es un blanco, un

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