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Desde la cocina más tradicional hasta las recetas más exóticas. Los mejores restaurantes de Barcelona seleccionados por nuestros críticos

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Macrorestaurantes de Barcelona

Macroespacios donde el tamaño juega a favor de comer bien, bueno y rápido

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Restaurantes recomendados

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La Dama

La Dama, un emblema de la burguesía de los ochenta y los noventa que quería comer moderno, ha reabierto bajo la dirección del trío formado por Josep Maria Parrado (Bar Cañete, en la sala), Mariana Isaza (a cargo de la cocina) y el artista plástico Peter Cauro, que lleva la dimensión social del local.Quieren convertir este espacio singular –ubicado en el principal de una espléndida finca modernista de Sayrach– en un local social nada diferente de las 'social houses' de Londres, con almuerzo, cena, noche, pero abierto todo el día con una barra de coctelería. Y para ello han hecho una reforma sobria que ha llenado las diversas estancias del restaurante de madera noble y obras de arte pop (¡hay cuadros de Joan Ponç! Y dibujos originales del NY Times)Con una base de cocina clásica afrancesada –pero con el barroquismo de José María Bullich aligerado–, el chef Bruno Zubek plantea platos de producto de primerísima calidad, tocados con técnica pero sin ocultar el poder de la materia prima: Chateaubriand con salsa bearnesa, cangrejo real o un arroz de conejo con huevas de sepia son algunos. No vengáis con prisas: este es un lugar para sentarse, comer y quedarse tres horas.

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Chicken Shop/ Dirty Burger

Así como hemos asistido a la única o solitaria rehabilitación del 'fish and chips' y a la de la hamburguesa, ¿por qué no se puede ofrecer un buen pollo? Por defecto, no nos fiamos del pollo barato. Pues eso no debería pasar en el Chicken Shop/ Dirty Burger, la primera franquicia que Soho House abre en España. Une bajo un mismo techo los dos restaurantes de la casa: pollos y hamburguesas. La gracia de todo esto es la sencillez y la calidad del producto. El pollero jefe, el cocinero Iñaki Moreno, explica que es "tan simple como pollo de corral del Empordà, marinado 24 horas, hecho al vapor, vuelto a marinar y asado con leña y carbón". Sencillo pero laborioso. Lo pruebo: por poca pasta, te traen un plato de medio pollo, tierno y sabroso, en el que incluso masticas con deleite las a menudo áridas pechugas (hecha al vapor, los jugos no se pierden y se gana gusto). Y el marinado aporta una marcha picantona parecida al 'jerky chicken' jamaicano. Aunque el chef no abre la boca sobre la receta, se intuyen pimientos dulces y ahumados. Ver como asan las aves es un 'show': en lugar de los omnipresentes hornos Josper, el director, Christian de Martino, presume de una barbacoa muy poco usual. Un pequeño foso donde quemadores de gas incendian leña y carbón, y con la llama natural encendida giran los pollos encima. "Sólo media hora: es el toque para que el pollo tenga la piel crujiente y un toque de brasa y de humo", dice Moreno. "Es muy importante que veas como cocinan lo que te comerás",

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Krèsios/Le Bouchon

El restaurante Krèsios de Giuseppe Iannotti en su primera encarnación, en Telese Terme, ostenta una estrella Michelin. Y aunque la condición de estrellado no debe condicionar la visita a un restaurante, sí que es destacable que con Iannotti crece en Cataluña la cocina creativa italiana.El chef tiene un perfil poco habitual: de formación ingeniero informático, es del todo autodidacta si exceptuamos un 'stage' de un mes en el Alinea de Chicago en 2014, el año que ganó la Michelin. Y se apresura a decir que Krèsios Barcelona -el gastronómico del Hotel Mercer, en sustitución del Mercer de Jean Luc Figueras- "no es una sucursal ni ninguna asesoría, sino una extensión de mi local: tiene el mismo tipo de menú gastronómico y capacidad para sólo 24 comensales". Expone su filosofía en dos menús largos y un menú ejecutivo de cuatro platos, "también de autor pero más clásico". Los 'snacks' son importantes para Iannotti: insiste en que lleguen a la mesa por separado, para no restar valor añadido a una oferta de creatividad miniaturizada -como unos tagliolini de calabacín con menta fresca y perlas de trufa negra, bocado crocante y fresco- que en muchos casos reclama a gritos pasar a ser 'antipasto'.La excelente cocina de Iannotti es ideal para los gourmets con ganas de comer pero no de marearse en la montaña rusa tecnoemocioal: platos como una lengua de buey a baja temperatura –beso tierno y salado, mojo con deleite en la salsa de pimientos con vinagreta– o unos raviolis de ragú brutales d

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La Costurera

Un jueves cualquiera, sentada en la barra de La Costurera, el chef me canta los cinco platos del día. Lo hace con una voz tranquila y abunda en los detalles. Escojo tres: una ensalada de arándanos con mayonesa de shiitake, una crema de calabaza y una quinoa cocinada como un risotto.Para beber, me sirve una copa de Montsant. Estamos él y yo solos: quizás es demasiado pronto, quizás es que sólo hace cuatro días exactos que ha abierto, quizá es que nadie imagina que en la entrada de una academia de costura de la Ribera se esconde un lugar tan auténtico. Yo tampoco lo esperaba. De hecho, la sensación que tengo es que me ha invitado a comer a su casa. Sonríe y me agradece el cumplimiento: "Esto es lo que busco porque no me gusta la palabra 'restaurante'. Mi propuesta es mucho más informal". Devoro la ensalada, servida en un cuenco precioso. "¿Quieres un poco de pan? Lo horneo". Acepto el ofrecimiento. Al terminar el primer plato, Felipe me planta la crema de calabaza dentro de un vaso de cerámica negra con una cucharilla a juego. ¿Pongo mousse de coco? "Sí. "¿Unas láminas de coco?" También. "¿Un poco de cebolla deshidratada?" Por favor. Cuando termina el ritual, la mezclo y la pruebo. Deliciosa.Me cuenta que su cocina es ecléctica y que le va la fusión. "Trabajé con un chef tailandés". El perfume de la crema lo delata. Llega el turno del 'quinotto'. Mientras friega platos en el fregadero, le pregunto por qué tiene ese punto entre picante y ahumado. Es por el 'merquén', una especie

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Últimas críticas

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Chilam Balam

Chilam Balam, que debe su nombre al libro sagrado de los mayas, es un homenaje a la cocina mexicana, una de las más variadas, coloristas y sabrosas del Nuevo Continente.Miguel cocina con un respeto escrupuloso a la cocina tradicional mexicana (nada de 'tex-mex' ni vanguardismos de moda) y sobre todo con una gran consideración con el comensal, que no acaba pagando cifras astronómicas. El local está frecuentado por un público joven, interesado en recibir explicaciones de platos de nombre, gusto y aspecto exótico. Son platos que difícilmente dejan indiferente. Y la combinación de sabores diferentes y el picante también brindan grandes momentos en el paladar del visitante. Un ejemplo que parece sacado de la novela 'Como agua para chocolate' es la enchilada de mole, con queso, con aquella maravilla de salsa verde, un toque de chocolate y especias.Es un festival de colores, aromas, sabores y texturas, tan exaltadas actualmente –y encarecidas– por los restaurantes de lujo y mediáticos, pero que existen desde un tiempo inmemorial en su recetario cotidiano. El guacamole, la versión tradicional del cebiche, tacos, burritos y guisos justifican una visita a este ya clásico restaurante. La cochinita pibil, otro de los grandes platos, es un lomo de cerdo cocinado al estilo místico de los mayas, con bija, aquella especie que da el característico tono rojo amarillento y un sabor que es casi como una religión para los amantes del picante. Los postres, caseros y exquisitos.

Time Out dice
  • 3 de 5 estrellas
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Can Joan

Sandra ha vuelto. Y ¿quién es Sandra? Quien dirigió con éxito durante casi veinte años La Noguera primero y el Alzina después, templos para los aficionados a los caracoles. Sandra y su padre Joan, leridanos, han vuelto a los orígenes, el pequeño y acogedor Can Joan. Allí empezó la familia que venía de Balaguer y allí cogieron fama por sus caracoles, y ampliaron más tarde el negocio con estos dos restaurantes que hicieron famosos mientras duraron. “Nos preguntamos: ¿por qué no volvemos donde empezamos?”.  Debido al limitado espacio del local y la cantidad de reservas diarias, sumado al hecho que “todo se hace al momento”, dice Sandra, “es aconsejable en el momento de hacer la reserva decir qué se comerá, porque imaginemos que de golpe diez personas piden caracoles; a alguien le tendremos que decir que no y eso no puede ser”, recomienda. Más en la carta, imposible; de más proximidad, tampoco. La especialidad además de los caracoles son los arroces. Este día ofrecían arroz con conejo y caracoles. Soberbio. No se puede dejar de probar el que puede ser el mejor alioli de Barcelona. Y cada día la casa ofrece arroz, si uno está bien hecho y es sabroso, el otro todavía más. “Hay clientes que vienen desde Mallorca a comer nuestros caracoles y después el arroz del día”, presume Sandra, que recibe en el local para que el comensal tenga la sensación “que entra en su casa, sabiendo lo que comerá y casi cómo ha sido preparado”.

Time Out dice
  • 4 de 5 estrellas
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DOP Restaurant

El otro día huí de la vía Augusta y ahora vuelvo para ocupar una de las mesas del DOP Restaurant. La verdad es que me reconcilio con la zona alta. El DOP es un restaurante afable, muy al gusto de la burguesía acomodada, y aunque la carta no es innovadora –algunos a esto lo llaman cocina de mercado sofisticada–, la comida acaba resultando muy agradable. Por cierto, el trato es exquisito. En las mesas, el bilingüismo es inexistente, ninguna novedad, y se nota que en el DOP se reúnen amigos para hablar de veteranas batallas o jóvenes parejas con batallitas ya demasiado vividas a pesar de la juventud perdida. Y la verdad es que el restaurante da para que te expliquen buenas historias. En la carta hay platos que me gustan bastante, como por ejemplo un rabo de buey con vino tinto y puré de manzanas al horno, pero decido hacer la Ruta del Bacalao. Eso sí, sin mescalina. Entre un Parmentier ahumado con huevo cocido a baja temperatura, fuagrás a la sartén y aceite de trufa, o unos tagliolini con colmenillas con vino de Porto y polvo de fuagrás, escojo el segundo. Y entre un taco de bacalao con romesco de pimentón de la Vera y salsa de calçots, y un bacalao confitado, alioli de ajo negro y patata gratinada, escojo el primer plato. Por cierto, escribo esta crónica desde Lyon, invitado en el marco del magnífico festival de ficción criminal Quai du Polar, y paseando esta mañana por el mercado he visto unas colmenillas fantásticas. Francia y sus mercados son espléndidos, y mientras esc

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  • 4 de 5 estrellas
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Obe

Reconozco que hace tiempo que conozco bien Italia y sé del maltrato que suele sufrir la cocina italiana fuera de las fronteras transalpinas, y que era muy escéptico respecto a los restaurantes italianos de Barcelona. Pero primero el Xemei, y después el más modesto Piccola Cucina Italiana y ahora el Obe, me han hecho cambiar de idea. El Obe es un pequeño restaurante situado en la plaza de Santa Caterina, y la situación, en plena Barcelona del turismo a gran escala, hace pensar que este es un restaurante para turistas sin escrúpulos. Nada más lejos de la realidad. El Obe –que, por cierto, tiene un nombre que lleva a confusiones con la cocina japonesa– es un pequeño honesto restaurante italiano. En el Obe hay respeto hacia la cocina que representan. Y la berenjena a la parmesana, un deseo de mi acompañante, tiene el sabor de la melanzane siciliana, la del comisario Montalbano y la del escritor Leonardo Sciascia. De segundo, decidimos pedir dos platos que, por su talento –los platos tienen talento–, nos obligan a hacer un baile de tenedores. Yo pido unas orecchiette con salsa cremosa de alcachofas y speck; ella, unos ñoquis caseros con salsa de setas y trufa negra. Los ñoquis son magníficos –tuve suerte que me los dejara probar– pero las orecchiette son mejores, y me recuerdan a aquellas orecchiette que comí la Navidad del 2006 en Bari. Aquel año el Barça fue campeón de Europa, y las mujeres que preparaban las orecchiette con su dedo pulgar sentadas en las calles de la Puglia

Time Out dice
  • 4 de 5 estrellas
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La Volàtil: echar raíces

Víctor Company ama el vino y por ese amor dejó atrás la vida de ingeniero tras siete años enredados con el textil. Su tío, “el tío molón”, el hermano pequeño de la madre, es Joan València y en su Bar Brutal fue donde Víctor decidió cambiar la maquinaria para hilar por el sacacorchos. A diferencia de él, la hermana pequeña, Susanna, se ganaba la vida como sumiller y escuchando a uno y a otra parece que quien vive la profesión de manera más visceral es el mayor. Ambos fundaron hace un año La Volàtil, nombre efímero para un proyecto con raíz. Es un bar, es un restaurante, es una enoteca con extensión cervecera. Es todo eso, pero también es un lugar donde se cuida a los vinófilos, bebedores o elaboradores. Víctor siembra una filosofía que podría ser afectada aunque habla con franqueza: “Interesan los viticultores sin miedo, los que no quieren rectificar, los que están a gusto con su tierra. Nos interesa conocer la historia de la persona, sus reflexiones, su energía. Y también querríamos llevar esa idea a la cocina”. La cocina –el espacio físico– está bien defendida por Emilio Álvarez, que tras una vida en cocinas quemadoras tiene la posibilidad de usar su voz. La ensaladilla con salmón es sorprendente: macera las espinas en aceite, que se impregnan con el ahumado. Estanis Carenzo, patrón de Sudestada en Madrid, se sorprendió al abrir en Barcelona los restaurantes de Casa Bonay que los vinos naturales y biodinámicos hubieran arraigado en la ciudad. Es así: los sumilleres han enc

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La Bellvitja: el chef que estudia

Cuando conocí a Carles Ramon, barra cerrada de rabino, y conversamos sobre libros antiguos y una primera edición de La cuynera catalana (1835) que anhelaba, y para la que ahorraba, estuve seguro de lo que los platos habían anticipado: no estaba en la cocina para ganarse la vida, sino que la cocina se había cobrado otra vida. Al anunciar el dulce de leche de rossinyol con pastelito de boniato, le comenté lo infrecuente de usar setas en los postres y que recordaba un final pletórico entorno a ese hongo. Y él dijo: “Hisop”. ¿Cómo lo sabía? La crema catalana de rossinyols de Oriol Ivern del 2008. “Intento informarme”. Apuntad, jóvenes chefs y gastrónomos imberbes. Comí muy bien en La Bellvitja un mediodía en el que el chef titular, Carles, compartía fuegos con Josep Carbonell, el responsable de los restaurantes de Brindisa, cinco en Londres y este de Barcelona. Josep vive entre ambas metrópolis con esa rara nostálgica del que ha vuelto a casa sin volver del todo: “Los mercados conectan los establecimientos. Hay un puente entre La Boqueria, aquí al lado, y el Borough Market, vecino del cual abrimos el primer restaurante, London Bridge”. La Bellvitja santifica una antigua capilla, aunque la catedral –toma tópico– es el mercado. Un cartel anuncia “la mejor carne de la Boqueria”, con precios oscilantes como si fuera la bolsa. Empecé con un cáliz de Oriol dels Aspres 2013, para seguir con Titella 2011. A la coca de setas con cecina de El Capricho y huevo poché de codorniz le fall

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La Panxa del Bisbe: desde la cocina veo el cielo

Diría que he escrito dos crónicas sobre La Panxa del Bisbe y la cocina rumbera de Xavi Codina y el motivo de esta tercera es el traslado, sin moverse del territorio rumboso de Gràcia, a un nuevo emplazamiento, espacioso y con terraza. Es como pasar del 600 al Mercedes, o de la maceta a un parque. La Panxa es un bistronómic animoso junto a los sólidos y ya clásicos Gresca, Coure, Caldeni, Embat, Blau o Mil921. La bistronomía es un movimiento que camina poco, insuficientemente refrescado por Mont Bar, Capet, Mano Rota o Casa Xica. Por fortuna, no hay uniformidad en el colectivo: tampoco en los precios ni en el apartado decorativo. ¿Por qué Barcelona, pudiendo ser un referente mundial de la alta cocina pequeña, incorpora pocos fichajes a la gastronomía excepcional? Porque los nuevos cocineros prefieren el éxito inmediato y algo zafio de la tapa a la complejidad y paciencia que requiere elaborar un plato con fondo. Incluso esas cuatro (excelentes) incorporaciones, se inclinan por la ración para compartir. La tapa sin voluntad, la tapa por la tapa, tiraniza la ciudad. Junto a la crisis apocalíptica ha cabalgado la peste de la salsa brava. Reviso textos y libros y jamás antes había contado a La Panxa entre la elite bistronomiquera. He visto la luz (literalmente miraba al patio) con esta visita: al músculo de escalador, Xavi incorpora bíceps de chef. El cambio permite mirar con amplitud. El redondo de pollo con curry thai combina lo lejano y lo cercano, modificando la percepción d

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Santa Clara: elegante contundencia

Ana López de Lamadrid ha vuelto a Neichel, sin Neichel. “Fue el primer restaurante en el que trabajé”. Con el cocinero Gonzalo Galbete, con el que comparte la propiedad de Igueldo, se han hecho cargo de la dirección de Santa Clara, en referencia a la isleta frente a San Sebastián, que ocupa lo que fuera el reino de Jean Louis Neichel. Durante años, a Gonzalo y a Ana les han pedido que repliquen en varios sitios el modelo de Igueldo, un asador moderno, y se han negado. Pero, ay, llegó la familia Trenor, dueña del hotel en el que habita este novísimo Santa Clara, y aceptaron. En algún momento del pasado, el padre y el tío de Ana compartieron mesa y proyectos con los Trenor, que también poseen los hoteles Praktik. El buen pan de Baluard, en el bajo de uno de los Praktik, tiene aquí su rincón. Entrar en Santa Clara es oler hogazas con masa madre. En la sala encuentro a un viejo conocido, a Reza Azimian, que fue el cocinero de la casa de comidas Nuvola y trabajó en restaurantes con Jean Luc Figueras y después se endulzó con una pastelería. Reza es muy amable y diligente: esta clientela de Upper Diagonal lo agradece. La vecindad se ha entregado: ocupan mesas con la gravedad del dinero sólido. La sala recuerda un club británico –con mucha luz y sin aristócratas mortecinos– y la terraza será, en temporada, espacio de deseo y tumulto. Ana habla del humo: “Queremos dar mucha importancia a la brasa”. Humo civilizado: si aún se pudiera fumar, sería un lugar de pipa. La jefa sabe de vin

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